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Diálogo y Misión

Perspectiva cristiana *

 

[…]

 

I. Misión

El amor de Dios

Dios es amor (1 Jn 4,8.16). Su amor salvífico ha sido revelado a los seres humanos en Cristo y se hace presente y activo en el mundo a través del Espíritu Santo. La Iglesia debe ser signo de este amor hasta el punto de hacerlo norma de vida para todos. Esta misión, que es la de Cristo, es una misión de amor, porque en él encuentra la fuente, el fin y el modelo (cf. AG, nn. 2.5.12; EN, n. 26). Así, cada aspecto y cada actividad de la misión de la Iglesia debe estar impregnado del espíritu de amor si debe ser fiel a Cristo, quien ha dispuesto la misión y continua haciéndola posible en la historia.

 

da a la Iglesia

La Iglesia, como lo ha subrayado el Concilio, es pueblo mesiánico, asamblea visible y comunidad espiritual, pueblo peregrino que camina con toda la humanidad, compartiendo con ella la experiencia. Debe ser levadura y “alma” de la sociedad para renovarla en Cristo y transformarla en la familia de Dios (cf. LG, n. 9; GS, nn. 9.40). Este pueblo mesiánico tiene como ley “el nuevo mandamiento de amar como Cristo nos ha amado y tiene como fin el reino de Dios ya comenzado por él” (LG, n. 9). La Iglesia peregrina es, por tanto, “misionera por su naturaleza” (AG, n. 2; cf. también nn. 6.35.36). Para cada cristiano, el deber de la misión es la expresión normal de su fe vivida.

 

una misión,

“La misión, pues, de la Iglesia se realiza mediante la actividad por la cual, obediente al mandato de Cristo y movida por la gracia y el amor del Espíritu Santo, se hace plena y actualmente presente a todos los hombres y pueblos…” (AG, n. 5). Esta tarea es única, pero se ejerce de diversos modos, según sean las condiciones en que se desarrolla la misión. “Dichas condiciones dependen a veces de la Iglesia, a veces de los pueblos, grupos u hombres a quienes va dirigida la misión… A cada circunstancia deben corresponder actividades adecuadas o medios apropiados… El fin propio de esta actividad misionera es la evangelización y la implantación de la Iglesia en los pueblos o grupos humanos en los cuales no ha arraigado todavía” (AG, n. 6). Otros pasajes del mismo Concilio subrayan que la misión de la Iglesia es también trabajar por la extensión del Reino y sus valores entre todos los seres humanos (cf. LG, nn. 5.9.35; GS, nn. 39.40-45.91.92; UR, n. 2; DH, n. 14; AA, n. 5).

 

continuamente profundizada

Las diversas formas y aspectos de la misión han sido ampliamente delineadas por el Concilio Vaticano II. Las actas y los documentos del magisterio eclesiástico posterior, como el Sínodo de los Obispos sobre la justicia social (1971) y los dedicados a la evangelización (1974) y a la catequesis (1977), las numerosas intervenciones de Pablo VI y de Juan Pablo II y de las Conferencias episcopales de Asia, África y Latinoamérica, han desarrollado los varios aspectos de la enseñanza conciliar, añadiendo, por ejemplo, “como un elemento esencial de la misión de la Iglesia e indisolublemente conectado con él” (RH, n. 15) el compromiso con la humanidad, la justicia social, la libertad y los derechos humanos, y la reforma de las estructuras sociales injustas.

 

y expresándose de muchos modos.

La misión se presenta en la conciencia de la Iglesia como una realidad unitaria pero compleja y articulada a la vez. Es posible señalar los elementos principales. La misión se constituye ya por la simple presencia y por el testimonio vivo de la vida cristiana (cf. EN, n. 21), aunque debe reconocerse que “llevamos este tesoro en vasijas de barro” (2 Cor 4,7), y, por ello, la diferencia entre cómo aparece existencialmente el cristiano y lo que afirma ser, es siempre insatisfactoria. Luego, está el empeño concreto por el servicio a los hombres y toda la actividad de promoción social y de lucha contra la pobreza y las estructuras que la provocan. Está la vida litúrgica, la oración y la contemplación, testimonios elocuentes de una relación viva y liberadora con el Dios activo y verdadero que nos llama a su Reino y a su gloria (cf. Hch 2,42). Está, también, el diálogo en el cual los cristianos encuentran seguidores de otras tradiciones religiosas para caminar juntos hacia la verdad y colaborar en obras de interés común. Finalmente, está el anuncio y la catequesis en los que se proclama la buena nueva del Evangelio y se profundiza en sus consecuencias para la vida y la cultura. La totalidad de la misión cristiana abarca todos estos elementos.

 

Es el deber de todos,

Cada Iglesia particular es responsable de toda la misión. Incluso cada cristiano, en virtud de su fe y del bautismo, está llamado a llevarla a cabo en alguna medida. Las exigencias derivadas de la situación, la posición particular del pueblo de Dios y el carisma personal, habilitan al cristiano para dirigir sus esfuerzos principalmente a uno u otro aspecto de la misión.

 

según el ejemplo de Jesús,

La vida de Jesús contiene todos los elementos de la misión. En los Evangelios, Jesús aparece en silencio, en acción, en oración, en diálogo y enseñando. Su mensaje es inseparable de sus acciones; él anuncia a Dios y su Reino no solo con la palabra sino con los hechos y las obras que completan su predicación. Acepta la contradicción, el fracaso y la muerte; su victoria pasa a través del don de la vida. Todo en él es vía y medio de revelación y salvación (cf. EN, nn. 6-12); todo es expresión de su amor (cf. Jn 3,16; 13,1; 1 Jn 4,7-19). Así deben hacer los cristianos: “En esto reconocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros”.

 

como es expresado en la Iglesia primitiva,

Además, el Nuevo Testamento da una imagen compuesta y diferenciada de la misión. Hay una pluralidad de servicios y funciones que derivan de una variedad de carismas (cf. 1 Cor 12,28-30; Ef 4,11-12; Rom 12,6.8). El mismo san Pablo advierte la particularidad de su vocación misionera cuando declara que no fue enviado por Cristo a bautizar sino a anunciar el evangelio (1 Cor 1,17). Por esto, junto a los “apóstoles”, los “profetas” y los “evangelistas”, encontramos a los llamados a realizar obras para la comunidad y a asistir a quienes sufren. Hay tareas familiares, de los maridos, de las esposas y de los hijos. Hay deberes de dueños y sirvientes. Cada uno posee una tarea de testimonio particular en la sociedad. La primera carta de Pedro da a los cristianos que viven en situación de diáspora unas indicaciones que no dejan de sorprender por su actualidad. Juan Pablo II indicaba un pasaje de la misma a la comunidad católica de Ankara, en 1979, como “la regla de oro en las relaciones de los cristianos con sus conciudadanos de diversa fe: ‘Adorad a Cristo el Señor en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar razón de la esperanza que hay en vosotros, pero con amabilidad, respeto y buena conciencia’” (1 Pe 3,15-16).

 

y en la vida de los santos

Entre los muchos ejemplos en la historia de la misión cristiana, son significativas las normas dadas por san Francisco en la “Regla no bulada” (1221), a los hermanos que “por divina inspiración quisieran andar entre los sarracenos…: Pueden organizar las relaciones espirituales en medio de ellos de dos maneras. Una, no creando desórdenes o disputas, sino mostrándose dóciles a toda criatura humana por amor a Dios y confesando ser cristianos. Y la otra, que, cuando vean que agrada al Espíritu, anuncien la palabra de Dios”. Nuestro siglo ha presenciado el surgimiento y la afirmación, especialmente en el mundo islámico, de la experiencia de Carlos de Foucauld, quien ejerció la misión en actitud humilde y silenciosa de unión con Dios, en comunión con los pobres y en fraternidad universal.

 

con respeto a la libertad de conciencia

La misión se dirige siempre al hombre respetando plenamente su libertad. Por eso, el Concilio Vaticano II a la vez que ha afirmado la necesidad y la urgencia de anunciar a Cristo, “la luz de la vida”, con toda confianza y fortaleza apostólica, incluso hasta el derramamiento de sangre, si fuera necesario (DH, n. 14), ha recalcado la necesidad de promover y respetar en cada interlocutor una verdadera libertad, exenta de cualquier coacción, especialmente en el ámbito religioso. “Ahora bien, la verdad debe buscarse de modo apropiado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza social, es decir, mediante una libre investigación, sirviéndose del magisterio o de la educación, de la comunicación y del diálogo, por medio de los cuales unos exponen a otros la verdad que han encontrado o creen haber encontrado, para ayudarse mutuamente en la búsqueda de la verdad; y una vez conocida ésta, hay que aceptarla firmemente con asentimiento personal” (DH, n. 3). Por lo tanto, “en la divulgación de la fe religiosa y en la introducción de costumbres hay que abstenerse siempre de cualquier clase de actos que puedan tener sabor a coacción o a persuasión inhonesta o menos recta, sobre todo cuando se trata de personas rudas o necesitadas. Tal comportamiento debe considerarse como abuso del derecho propio y lesión del derecho ajeno” (DH, n. 4).

 

y de la persona.

En el mundo de hoy, la actividad misionera debe caracterizarse por el respeto a cada persona (cf. ES, n. 77; AAS 1964, pp. 642-643; EN, nn. 79-80; RH, n. 12). “El hombre es el primer camino que la Iglesia debe recorrer en el cumplimiento de su misión” (RH, n.14). Estos valores, que la Iglesia continua aprendiendo de Cristo, su Maestro, deben conducir al cristiano a amar y a respetar todo lo que hay de bueno en la cultura y en el comportamiento religioso del otro. “Se trata del respeto por todo lo que en cada hombre ha realizado el Espíritu, que sopla donde quiere” (RH, n. 12; cf. EN, n. 79). La misión cristiana no puede separarse nunca del amor y del respeto por los otros, y esto evidencia para nosotros, los cristianos, la importancia del diálogo en la misión.

 

 

II. Diálogo

 

A) FUNDAMENTOS

El diálogo no surge por oportunismos tácticos actuales, sino por razones que la experiencia, la reflexión y las mismas dificultades han profundizado.

 

Basado en necesidades personales y sociales

La Iglesia se abre al diálogo por fidelidad al hombre. En cada persona y en cada grupo humano se dan la aspiración y la exigencia de ser considerados y de poder actuar como sujetos responsables, bien cuando se advierte la necesidad de recibir o, sobre todo, cuando son conscientes de poseer algo que comunicar.

Las ciencias humanas subrayan que, en el diálogo interpersonal, el hombre experimenta sus propios límites, pero también descubre la posibilidad de superarlos; comprende que no posee la verdad de forma completa y total, pero puede caminar confiado hacia ella junto a los otros. La mutua verificación, la corrección recíproca, el intercambio fraterno de los respectivos dones favorecen una madurez cada vez mayor que genera la comunión interpersonal. Las mismas experiencias y puntos de vista religiosos pueden ser purificados y enriquecidos mediante ese proceso de confrontación.

Esta dinámica de la confrontación nos conduce a los cristianos a escuchar y a esforzarnos por comprender lo que los demás creyentes pueden transmitirnos, a fin de sacar provecho de los dones que Dios concede tan generosamente. Los cambios socio-culturales, con las tensiones y dificultades que comportan, la interdependencia acrecentada en todos los sectores de la coexistencia y promoción humana, y en particular las exigencias por la paz, hacen hoy más urgente un estilo de relaciones caracterizado por el diálogo.

 

y enraizado en la fe en Dios Padre,

Además, la Iglesia se siente interesada en el diálogo sobre todo en razón de su fe. En el misterio trinitario, la revelación nos hace entrever en Dios una vida de comunión y mutua relación.

En Dios Padre, contemplamos un amor penetrante sin límites de espacio y tiempo. El universo y la historia están colmados de sus dones. Cada realidad y cada acontecimiento están envueltos en su amor. A pesar de que alguna vez el mal se manifiesta violentamente, en el proceso de cada hombre y de cada pueblo está presente la fuerza de la gracia que eleva y redime.

La Iglesia tiene el deber de descubrir, iluminar y hacer madurar la riqueza que el Padre ha depositado en la creación y en la historia, no solo para celebrar la gloria de Dios en su liturgia, sino también para promover entre todos los hombres la difusión de los dones del Padre.

 

en el Hijo, que se une a cada persona,

La Palabra y la Sabiduría están dadas en Dios Hijo, en quien todo estaba ya contenido y subsistente antes de los tiempos. Cristo es la Palabra que ilumina a cada persona, porque en él se manifiesta al mismo tiempo el misterio de Dios y el misterio de la humanidad (cf. RH, nn. 8.10.11.13). Es el Redentor presente con gracia en cada encuentro humano, para librarnos del egoísmo y hacer que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado. “Cada hombre –escribe Juan Pablo II– sin excepción alguna, ha sido redimido por Cristo, y con el hombre, con cada hombre sin excepción, Cristo está de alguna manera unido, aunque ese hombre no sea consciente de ello. Cristo, muerto y resucitado por todos, da siempre al hombre –a cada hombre y a todos los hombres– luz y fuerza para estar a la altura de su suprema vocación” (RH, n. 13).

 

y en el Espíritu, que actúa

En Dios Espíritu Santo, la fe nos hace entrever aquella fuerza de vida, de movimiento y de regeneración constante (cf. LG, n. 4), que actúa en la profundidad de las conciencias y las acompaña en el sendero secreto de los corazones hacia la verdad (cf. GS, n. 22). El Espíritu también actúa “fuera de los confines visibles del Cuerpo Místico” (RH, n. 6; cf. LG, n. 16; GS, n. 22; AG, n. 15). El Espíritu anticipa y acompaña el camino de la Iglesia, que, no obstante, se siente impelida a discernir los signos de su presencia, a seguirle donde él la conduzca y a servirle como humilde y discreta colaboradora.

 

para lograr el Reino,

El reino de Dios es la meta final de todas las personas. La Iglesia, que debe ser “su semilla e inicio” (LG, nn. 5.9), está llamada desde el principio a emprender este camino hacia el reino, y, junto con el resto de la humanidad, avanzar hacia esa meta.

Este deber incluye la lucha y la victoria contra el mal y el pecado, comenzando consigo misma y abrazando el misterio de la cruz. Así, la Iglesia está orientada hacia el reino de Dios hasta su cumplimiento en la comunión perfecta de todos los hombres como hermanos en Dios.

Cristo supone la garantía para la Iglesia y para el mundo de que los “últimos tiempos” ya han comenzado, que la edad final de la historia está ya fijada (LG, n. 49), y que, por ellos, la Iglesia está capacitada y encargada de trabajar de modo que se realice el progresivo cumplimiento de todas las cosas en Cristo.

 

cuyas semillas están sembradas

Esta visión llevó a los Padres del Concilio Vaticano II a afirmar que en las tradiciones religiosas no cristianas existen “elementos verdaderos y buenos” (OT, n. 16), “cosas preciosas, religiosas y humanas” (GS, n. 92); “semillas de contemplación” (AG, n. 18), "elementos de verdad y gracia” (AG, n. 9), “semillas del Verbo” (AG, nn. 11.15), y “rayos de la verdad que ilumina a la humanidad” (NA, n. 2). Según explícitas indicaciones conciliares, estos valores se encuentran preservados en las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Por ello, merecen la atención y la estima de los cristianos, y su patrimonio spiritual es un auténtica invitación al diálogo (cf. NA, nn. 2.3; AG, n. 11), no solo en aquellas cosas que nos unen, sino también en nuestras diferencias.

 

de un sincero diálogo

El Concilio Vaticano II ha podido extraer las consecuencias de una obligación concreta que expresa en los siguientes términos:

“Para que los fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, únanse con aquellos hombres de su tiempo por la estima y el amor, siéntanse miembros del grupo de personas entre quienes viven y tomen parte en la vida cultural y social mediante las diversas relaciones y asuntos de la vida humana; familiarícense con las tradiciones culturales y religiosas de los otros, felices de descubrir y dispuestos a respetar las semillas de la Palabra que están ocultas en ellas... Como el mismo Cristo… así sus discípulos conozcan a los hombres entre quienes viven y establezcan un contacto con ellos para aprender, mediante un diálogo sincero y paciente, qué tesoros ha distribuido el Dios generoso entre las naciones de la tierra. Al mismo tiempo, han de intentar iluminar estos tesoros con la luz del evangelio, para liberarlos y y conducirlos bajo la autoridad de Dios su Salvador” (AG, n. 11; cf. AA, nn. 14.29).

 

B) FORMAS DE DIÁLOGO

La experiencia de estos años ha puesto de manifiesto la multiplicidad de formas en las que se expresa el diálogo. Las principales y típicas aquí recogidas, se practican bien por separado o conjuntamente.

 

El diálogo de la vida

El diálogo es, antes que nada, un estilo de acción, una actitud y un espíritu que guía la propia conducta. Implica atención, respeto y acogida al otro, a quien se le deja espacio para su identidad personal, para sus modos de expresión y sus valores. Este diálogo constituye la norma y el estilo necesarios en toda misión cristiana y en cada uno de sus aspectos, ya se trate de la simple presencia y testimonio, del servicio o del mismo anuncio directo (CIC 787, n. 1). Una misión que no esté impregnada de este espíritu dialogante irá en contra de las exigencias de la verdadera humanidad y contra las enseñanzas del Evangelio.

 

para todos,

Cada seguidor de Cristo, en virtud de su vocación humana y cristiana, está llamado a vivir el diálogo en su vida cotidiana, ya se encuentre en situación de mayoría o en condición de minoría. Debe infundir el espíritu del Evangelio en cada ambiente donde vive y trabaja: el familiar, social, educativo, artístico, económico o político. De esta manera, el diálogo encuentra su lugar en el gran dinamismo de la misión eclesial.

 

el diálogo de las obras

Otro nivel de diálogo es el de las obras y la colaboración con otros para conseguir metas de naturaleza humanitaria, social, económica y política, que tiendan a la liberación y el desarrollo de la humanidad. Este tipo de diálogo se da actualmente con frecuencia en el seno de las organizaciones internacionales, en las que los cristianos y creyentes de otras religiones afrontan conjuntamente los problemas del mundo.

 

para trabajar conjuntamente,

El campo de la colaboración puede ser amplísimo. El Concilio Vaticano II, refiriéndose concretamente a los musulmanes, exhorta a ambas partes a “olvidar el pasado” y a “defender y promover juntos la justicia social, los valores morales, la paz y la libertad” (NA, n. 3; cf. AG, nn. 11.12.15.21). Pablo VI, especialmente en Ecclesiam suam (AAS 56, 1964, p. 655), y Juan Pablo II, en sus numerosos encuentros con los jefes y los representantes de diversas religiones, se han pronunciado en el mismo sentido. Dados los grandes problemas que afligen a la humanidad, los cristianos se sienten llamados a colaborar con los otros creyentes en virtud de sus respectivas religiones. ¬

 

el diálogo de los especialistas

El diálogo a nivel de especialistas es de particular interés. Por un lado, confrontan, profundizan y enriquecen sus respectivas herencias religiosas; por otro, aplican sus recursos a los problemas que, a lo largo de la historia, se presentan a la humanidad.

Normalmente, este diálogo se produce cuando el interlocutor posee ya una visión propia del mundo y se adhiere a una religión que le impulsa a la acción. Además, se realiza más fácilmente en las sociedades pluralistas donde tradiciones e ideologías diversas coexisten y, a veces, entran en contacto.

 

para comprender,

A través de esta confrontación, los interlocutores conocen y aprecian recíprocamente los valores espirituales y las categorías culturales, promoviendo así la comunión y la fraternidad entre los hombres (cf. NA, n. 1). De esta manera, el cristiano colabora luego en la transformación evangélica de la cultura (cf. EN, nn. 18-20.63).

 

y el diálogo de la experiencia religiosa.

A un nivel más profundo, los hombres arraigados en sus propias tradiciones religiosas pueden compartir sus experiencias de oración, de contemplación, de fe y de deberes, como también sus expresiones y modos de búsqueda del Absoluto. Este tipo de diálogo puede ser un enriquecimiento mutuo y una cooperación fructífera para promover y preservar los valores y los ideales espirituales más elevados del hombre. Esta disposición conduce de manera espontánea a la intercomunicación de las razones de la propia fe, sin que la detengan las diferencias, a veces profundas; sino que la sitúan, con humildad y confianza, ante Dios, que “es más grande que nuestro corazón” (1 Jn 3,20). Es así como el cristiano tiene la ocasión de ofrecer al otro la posibilidad de experimentar, de forma existencial, los valores del Evangelio.

 

 

 

III. DIÁLOGO Y MISIÓN

 

 

Las relaciones entre diálogo y misión son múltiples. Dados los desafíos y problemas que plantean, y las actitudes exigidas, nos detenemos aquí en algunos aspectos que actualmente poseen una mayor relevancia.

 

A) MISIÓN Y CONVERSIÓN

 

La llamada a la conversión

Para el Concilio Vaticano II, el anuncio misionero tiene como fin la conversión: “Solo así los no cristianos, a quienes el Espíritu abrirá el corazón, creerán, se convertirán libremente al Señor y sinceramente se adherirán a él” (AG, n. 13; CIC 787, n. 2). En el contexto del diálogo entre creyentes de diferentes religiones, la reflexión sobre el proceso espiritual de conversión es inevitable.

En el lenguaje bíblico y en el de la tradición cristiana, la conversión es el retorno humilde y contrito del corazón a Dios con el deseo de someterle con mayor generosidad la propia vida. (cf. AG, n. 13). Todos están constantemente llamados a esta conversión. En este proceso puede surgir la decisión de abandonar la propia situación religiosa o espiritual anterior para dirigirse hacia otra. Así, por ejemplo, el corazón puede abrirse de un amor particular a otro que es más universal.

Toda verdadera llamada de Dios conlleva siempre una autosuperación. No hay vida nueva sin muerte, tal como lo manifiesta la dinámica del misterio pascual (cf. GS, n. 22). Además, “toda conversión es obra de la gracia, en la que el hombre debe reencontrarse plenamente consigo mismo” (RH, n. 12).

 

en el respeto a la conciencia

En este proceso de conversión prevalece la ley suprema de la conciencia, porque “nadie debe ser obligado a obrar contra su conciencia. Ni tampoco se le puede impedir que obre según ella, principalmente en material religiosa” (DH, n. 3).

 

y en el Espíritu vivificador

En la óptica cristiana, el agente principal de la conversión no es el hombre, sino el Espíritu Santo. “Es él quien impulsa a anunciar el Evangelio y quien, en lo íntimo de la conciencia, hace acoger y comprender la palabra de la salvación” (EN, n. 75). Es él quien determina el movimiento de los corazones y hace brotar el acto de fe en Jesús, el Señor (cf. 1 Cor 2,4). El cristiano solo es un simple instrumento y colaborador de Dios (cf. 1 Cor 3,9).

 

procede del mutuo deseo de crecimiento.

También en el diálogo, normalmente el cristiano nutre en su corazón el deseo de compartir su experiencia de Cristo con su hermano de otra religión (cf. Hch 26,29; EN, n. 46). Por otra parte, es natural que el otro creyente, de igual modo, desee compartir su fe.

 

B) DIÁLOGO PARA LA CONSTRUCCIÓN DEL REINO DE DIOS

 

Las personas que dialogan colaboran en el plan de Dios

Dios continúa reconciliándose con los hombres por obra de su Espíritu. La Iglesia confía en la promesa hecha por Cristo de que el Espíritu la guiará en la historia hacia la plenitud de la verdad (Jn 16,13). Por esto, consciente de que cada comunidad humana posee semillas de bien y de verdad, y de que Dios tiene un designio de amor para cada pueblo suyo (Hch 17,26-27), sale al encuentro de los hombres, de los pueblos y de sus culturas. La Iglesia, por lo tanto, quiere colaborar con todos para la realización de este designio, valorando así todas las riquezas de la sabiduría infinita y multiforme de Dios, y contribuyendo a la evangelización de las culturas (cf. ES, nn. 18-20).

 

para promover la paz universal

“Nos dirigimos también por la misma razón a todos los que creen en Dios y conservan en el legado de sus tradiciones preciados elementos religiosos y humanos, deseando que el coloquio abierto nos mueva a todos a recibir fielmente los impulsos del Espíritu y a ejecutarlos con ánimo alacre.

El deseo de este coloquio, que se siente movido hacia la verdad por impulso exclusivo de la caridad, salvando siempre la necesaria prudencia, no excluye a nadie por parte nuestra, ni siquiera a los que cultivan los bienes esclarecidos del espíritu humano, pero no reconocen todavía al Autor de todos ellos. Ni tampoco excluye a aquellos que se oponen a la Iglesia y la persiguen de varias maneras. Dios Padre es el principio y el fin de todos. Por ello, todos estamos llamados a ser hermanos. En consecuencia, con esta común vocación humana y divina, podemos y debemos cooperar, sin violencias, sin engaños, en verdadera paz, a la edificación del mundo” (GS, n. 92; cf. Mensajes para la Jornada Mundial de la Paz de Pablo VI y Juan Pablo II).

 

en esperanza

De esta manera, el diálogo se convierte en fuente de esperanza y en factor de comunión en la recíproca transformación. Es el Espíritu Santo quien conduce la realización del plan de Dios en la historia de los individuos y de toda la humanidad hasta que los hijos de Dios dispersos por el pecado sean reunidos en la unidad (cf. Jn 11,52).

 

en conformidad con la paciencia de Dios.

Solo Dios conoce los tiempos, nada es imposible para él, su misterioso y silencioso Espíritu abre a las personas y a los pueblos las vías del diálogo, a fin de que las diferencias raciales, sociales y religiosas queden superadas y mutuamente se enriquezcan. He aquí, pues, el tiempo de la paciencia de Dios. En él actúa la Iglesia y cada comunidad cristiana, ya que nadie puede obligar a Dios a actuar con mayor prisa que la designada por él.

Que ante la nueva humanidad del tercer milenio, la Iglesia pueda irradiar un cristianismo abierto para esperar con paciencia que broten las semillas plantadas entre lágrimas y confianza (cf. Sant 5,7-8; Mc 4,26-30).

 

 

*(Documento del SECRETARIADO PARA LOS NO CRISTIANOS, La actitud de la Iglesia frente a los seguidores de otras religiones. Reflexiones y orientaciones sobre diálogo y misión, Pentecostés de 1984, pp. 9-22).

 

Perspectiva musulmana **

 

 

Islam y diálogo

 

Nuestro siglo ha visto la fisión nuclear y también ha sido testigo de la desintegración de todas las formas de ideologías monolíticas. El pluralismo de las culturas parece ser innegable, un movimiento que no tiene marcha atrás. […] El islam, no más que cualquier otro sistema de pensamiento, no puede permitirse el lujo de mantenerse como simple espectador, corriendo el riesgo de una condena que, esta vez, podría resultar definitiva y sin apelación. […]

 

 

REVELACIÓN Y DIÁLOGO

 

[...]

La revelación invita al Profeta y al musulmán a discutir y a dialogar con los hombres en general y, especialmente, con los fieles de las religiones bíblicas. Advirtamos también el deber de apostolado, al que implícitamente se alude aquí y al que no debemos intentar faltar, pero sobre el que habrá que discutir más, concuerda perfectamente con el respeto a los demás y a otras creencias, pues pertenece a Dios, y solamente a él, en última instancia, el reconocimiento de los suyos: “Con toda certeza, tu Señor conoce muy bien a los que se han apartado de su camino, y conoce muy bien a los que son guiados”.

 

 

OBSTÁCULOS PARA EL DIÁLOGO

 

El difícil legado del pasado

 

¿Por qué entonces –podrá decir alguien– ocurrió lo que ocurrió? ¿Por qué estamos tan gravemente incapacitados por nuestro pasado? ¿Por qué ha habido tal grado de oposición y de tergiversación, tantos insultos y tanto abuso? ¿Por qué la fuerza ha prevalecido, de hecho, sobre la cortesía? La respuesta es que nada es simple en la vida de los hombres y que tenemos que examinar meticulosamente el triste pasado que hemos heredado para evitar cometer los mismos errores en el futuro. Es un hecho que hoy día hay gente que piensa que el islam es una religión de violencia, no de diálogo, así que tenemos que explicar este punto brevemente.

En primer lugar, permitidme que resalte que aunque algunos países fueron abiertos (fath) por la fuerza, es prácticamente insólito que aquel islam se impusiera a la gente en cualquier otro lugar. También es acertado que examinemos la situación mundial en la época en la que el islam entró en escena. Las dos superpotencias de entonces, los imperios bizantino y sasánida, estaban en guerra para imponer su supremacía sobre las demás naciones. Nadie pensaba que estuviera mal expandir el imperio por la fuerza. O tenías que perseguir a los otros o sufrir la persecución. Hoy día sabemos también que todas las guerras son justas o pueden justificarse. El espíritu marcial era –y, desgraciadamente, tal vez lo sigue siendo– el camino más noble para la gloria. Y ¿qué pensar de los movimientos revolucionarios modernos que se suponen que consiguen la felicidad para distintas razas y desechan todo lo pudiera obstaculizar el progreso?

El islam, que es revelado en un tiempo determinado y en un país concreto, entra en la historia, y es vivido por hombres y llega a someterse a la ley de la contingencia. Guste o no, el islam pudo no ayudar, pero encaja en su época. El tren estaba ya en marcha y el islam solo tenía que cogerlo. No extraña, por consiguiente, que más de un versículo del Corán incite a combatir y prometa la palma del martirio y el paraíso a todo el que cayera luchando en el camino de Dios. Ahora bien, el combate se propone siempre como instancia segunda, como último recurso, que debe estar en conformidad con todas las restricciones materiales y morales para que sea aceptable. Es de suma importancia destacar con claridad que los versículos que incitan a la guerra tienen una aplicación esencialmente circunstancial, relacionada con unas contingencias específicas que hoy esperamos que sean definitivamente algo del pasado. Estos versículos no nos presentan el espíritu profundo y permanente del mensaje, que es el de tender una mano respetuosa y cortés a nuestro prójimo, como ya hemos recalcado. Tal es el espíritu profundo y permanente que debemos redescubrir hoy para despejar el camino hacia el diálogo de todos los malentendidos que lo han bloqueado en el pasado y que de nuevo están en peligro de bloquearlo en combinación con otras dificultades del presente.

 

Dificultades actuales

 

Aunque la hipoteca del pasado se haya saldado, aún sigue habiendo problemas que requieren solución. Aun contando con la buena voluntad, otras dificultades siguen existiendo. Comenzamos destacando la principal: la enorme diferencia entre quienes participan en el diálogo como también el diferente nivel de estudios en las respectivas tradiciones. No cabe la menor duda de que es el obstáculo más difícil de superar en un futuro inmediato, puesto que, incluso con las excelentes disposiciones y la mejor buena voluntad del mundo, no pueden surgir instantáneamente, como por arte de magia, personas totalmente cualificadas y capaces de tomar parte en el diálogo. Huelga decir que la mayor parte del islam moderno se encuentra en las zonas desheredadas y subdesarrolladas, un subdesarrollo que no es solo material, sino sobre todo intelectual. El hecho de que podamos citar los nombres de uno o dos pensadores eminentes, no afecta a la situación en su conjunto: la excepción solo confirma la regla. Así pues, podemos decir (pidiendo disculpas a Corneille) que no solo existe el riesgo de que se ponga fin al diálogo, sino de nunca comience por falta de “dialogantes”. Es este hecho, mucho más que cualesquiera dificultades sobre los principios o métodos de enfoque, el que explica la duda, la reticencia, la falta de confianza incluso, y, hablando en general, la esterilidad actual, a pesar de los numerosos esfuerzos realizados, como solo cabe esperar, por iniciativa de los cristianos.

También hay que contar con el hecho del desigual desarrollo teológico. La teología cristiana ha sido capaz de sacar provecho de la confrontación con otros sistemas intelectuales. El más peligroso de estos finalmente ha sido el más saludable para su desarrollo, al someterla, bajo la presión de la contestación y de la crítica, a una tensión fructífera. De este modo, ha sido capaz de entender sus propios valores, elaborar respuestas, emprender, a veces, revisiones angustiosas, a lo largo de las cuales, y tal vez sea esto lo más importante, se ha visto enriquecida con elementos que habían probado ser compatibles con su propio dinamismo interno.

El pensamiento cristiano se ha revitalizado constantemente, y, al tiempo que salvaguardaba e incluso reforzaba su adhesión a lo más puro y auténtico de su tradición, se ha adaptado a cada época y sigue progresando diariamente en esta dirección. Este esfuerzo, que es perceptible a partir del siglo XIX, desembocó en el amanecer del reciente Concilio. Es evidente que no aconteció sin dramatismos, angustias e incluso crisis. Pero después, toda la Iglesia se siente más comprometida, mejor equipada y más dispuesta al diálogo. En cada dominio y en cada disciplina científica, la Iglesia puede producir personas cualificadas para entrar en diálogo, y muchos de ellos son verdaderos especialistas. [...]

¿Y qué está hacienda el islam frente a este esfuerzo sin precedentes realizado por la Iglesia? Nos ofrece una teología cuya evolución terminó prácticamente en el siglo XII. Progresivamente, la teología musulmana llegó a perder así el contacto con el mundo. Durante siglos no surgieron nuevos problemas que lo desafiaran y forzaran a investigar más a fondo el misterio del mundo y de Dios. De ahí que se vea como algo congelado, como algo meramente de interés histórico. Es verdad que se produjo la Nahda, el renacimiento del siglo XIX, pero, lejos de ser negativo, no ha logrado aún restablecer al islam en el movimiento de la historia. La distancia cubierta puede parecer pequeña en comparación con el recorrido que aún le queda por delante. [...] Si queremos vencer esta dificultad, que suscita reservas mentales y desconfianza, tenemos que exponerla en público con toda franqueza y serenidad. Ninguna finalidad útil para intentar abrir el diálogo puede sacarse mientras una parte sufra de un complejo de superioridad y la otra de un complejo de inferioridad.

 

 

EL ISLAM TIENE QUE SUPERAR SUS DIFICULTADES

 

Para evitar cualquier malentendido, digamos, antes que nada, que si actualmente los cristianos y los musulmanes están desigualmente preparados para el diálogo, como acabamos de subrayar enérgicamente, el islam en sí mismo no tiene por qué mantener ningún tipo de complejo con respecto al cristianismo. [...] Las fronteras hoy día están llenas de brechas; no logran parar los contactos entre seres humanos, la atracción seductora de ejemplos, libros, películas, y aún menos las transmisiones radiofónicas, seguidas por las emisiones de televisión. El aislamiento se va convirtiendo cada vez más en una quimera en un mundo en efervescencia y sumergido en la contestación. Es como si la humanidad estuviera pasando actualmente por una nueva crisis adolescente.

No hay ningún modo de escapar a la revuelta. La democratización de la enseñanza, la posibilidad de ir a la escuela o incluso a la universidad, el aumento del nivel de vida y pensamiento, con todas las exigencias que crea, cambios todos que a veces acontecen sin ninguna transición, podrían resultar fatales para los musulmanes que nunca se han visto expuestos a esta infección ni han sido vacunados contra ella. Las religiones están dejando de ser cada vez más un factor social y cada vez más se convierten en un compromiso consciente y personal. Así pues, si el islam contemporáneo no logra, mediante el diálogo con todos los sistemas de pensamiento sin excepción ni exclusión, renovar la espiritualidad de sus seguidores y asimilar, como en el pasado, todos los valores que no se oponen a su testimonio, se hallará, ciertamente, en el camino de fracasar en su misión en la tierra. Esta des-islamización puede detectarse ya en las universidades, entre los jóvenes en general y entre los miembros de las clases más desarrolladas, que, a menudo, en el mejor de los casos, mantienen un vago afecto por el islam como herencia cultural venerable. Finalmente, por consiguiente, la aventura del diálogo con creyentes y no creyentes, cualesquiera que sean las diferencias y la desigualdades de formación en el presente y tomando todo el conjunto en consideración, es menos peligroso que endurecer las propias actitudes y defender las fronteras en un mundo en el que estas se están convirtiendo cada vez más en un anacronismo. [...]

 

 

CONDICIONES PRELIMINARES PARA EL DIÁLOGO

 

Por supuesto, es evidente que no resulta fácil llevar a cabo el diálogo, no obstante sus posibilidades. Debemos, por consiguiente, establecer claramente las condiciones requeridas que permitan la máxima posibilidad de éxito y que sea igualmente fructífero para todos los participantes. [...] Para conseguir este fin tenemos que evitar dos actitudes que podrían resultar fuentes fecundas de malentendidos, decepciones y amarguras. Se trata del espíritu de controversia y del espíritu del compromiso y la complacencia.

 

Tenemos que evitar la controversia

 

El espíritu de la polémica causó un daño incalculable en la Edad Media, no solo en lo material, sino también en las esferas moral e intelectual, suscitando caricaturas y falsificaciones, y extendiendo mentiras en el nombre de la verdad. [...] W. Montgomery Watt tiene totalmente razón cuando dice: “Si un cristiano y un musulmán buscan meramente enfrentarse entre sí, fácilmente encontrarán muchas razones, pero esto no les conducirá a dialogar” (Islamic Revelation in the Modern World. Edinburgh 1969, p. 121). Por tanto, tenemos que tener mucho cuidado en exterminar a la hidra de las polémicas. El medio más seguro para hacer imposible que nunca jamás se renueve el inmenso daño hecho en el pasado y los pecados cometidos contra la razón, es renunciar a la idea de usar el diálogo, explícitamente o intencionadamente, como un medio para convertir a la persona con quien hablamos. Si, en efecto, se concibe el diálogo como una nueva forma de proselitismo, un medio para socavar las convicciones y de provocar la derrota o la renuncia, volveremos a encontrarnos, más tarde o más temprano, en la misma antigua situación que en la Edad Media. Habrá sido meramente un cambio de táctica. [...]

 

Las fronteras han cambiado

 

[...] Todos los creyentes, abstracción hecha de los grupos sectarios, deben entender que el mundo ha cambiado enormemente desde la Edad Media. Las líneas divisorias entre las diferentes religiones ya no corren en la misma dirección que antes. La oposición hoy no se encuentra tanto entre las diferentes concepciones de Dios y del modo en el que servirle. Ha acontecido una división más profunda entre quienes luchan por conseguir un destino humano sin Dios y quienes solo pueden concebir el futuro del hombre en Dios y a través de él; entre quienes relegan indiscriminadamente al cajón de sastre de los mitos todas las formas de religión y quienes siguen creyendo en su infinita verdad insondable. [...]

 

Las conversiones ya no se producen por medio de argumentaciones

 

Además, en el caso de las grandes religiones que se han desarrollado en igual medida, las conversiones ya no se logran mediante el proselitismo y la polémica. Ni la de Carlo Coccioli, el autor de Tourment de Dieu, que se pasó del cristianismo al judaísmo, ni la de Edith Stein, que tomó el camino opuesto, pero que, no obstante, fue enviada a los hornos de Auschwitz por ser fundamentalmente una judía, ni tampoco la de Isabelle Eberhardt, que se refugió en L’ombre chaude de l’Islam, se produjeron de este modo. Fueron el destino final de una odisea espiritual más exigente y compleja, el fruto de un intenso drama psicológico interior, mediante el que adquirieron un valor más elevado y una mayor profundidad.

 

El deber del apostolado

 

Ahora bien, si una religión renuncia a uno de sus objetivos como es la conversión de quienes no se encuentran aún bajo su influencia, ¿no implica abandonar su vocación universalista, negar su pasado y fracasar en llevar a cabo su deber de apostolado? Este es precisamente el momento en el que debemos deshacernos de todo equívoco y señalar, para ser completamente sinceros y tener un éxito total, el segundo peligro que hay que evitar, a saber, el de los excesos en la complacencia y la cesión o el compromiso. Nadie, sea creyente o ateo, debería hacer jamás concesiones sobre sus convicciones o ideas. Esta es la ley incuestionable del progreso y del progreso asintomático hacia la verdad. Además, las convicciones verdaderas que han llegado a formar parte de la propia vida son innegociables. Por lo que no se trata, entonces, de ir de un extremo al otro, buscando a toda costa, con puro espíritu de conciliación y sin un cambio real de corazón, soluciones acomodaticias que solo resultan en sincretismo y confusión del pensamiento. El tipo de diálogo que nos interesa no es cuestión de política, un ejercicio del arte del compromiso. Es algo mucho más importante. Supone una sinceridad total y, para ser fructífero, exige que cada uno sea completamente él mismo, sin agresividad o concesiones.

De este modo regresamos a las plenas exigencias del apostolado, pero esta vez purificados de la escoria de la polémica y del proselitismo que conduce a la ceguera. Considerado desde este punto de vista, el apostolado se convierte esencialmente en una apertura solícita hacia nuestro prójimo, en una búsqueda incesante de la verdad y en una continua profundización y asimilación de los valores de la fe, y, en última instancia, en puro testimonio. A este tipo de apostolado se le llama en árabe yihad. Esta afirmación puede sorprender a aquellos para quienes esta palabra evoca el conflicto de las guerras santas del pasado y del presente. Permítanme que les explique que la yihad no tiene nada que ver con la guerra, ni etimológicamente ni esencialmente. La lengua árabe no carece de palabras para describir todo tipo de guerras. Si el Corán hubiera querido realmente hablar de guerra habría tenido a su disposición una embarazosa elección de palabras que encontraría en el rico y colorido vocabulario de la poesía preislámica, que está totalmente entregada a la exaltación de los “grandes días” de la raza árabe (ayyam al-Arab), cuando este pueblo estaba dedicado a su favorito pasatiempo de destriparse los unos a los otros. Por consiguiente, la yihad debe ser algo diferente. Esencial y radicalmente, es un esfuerzo extremo y total en el camino de Diosd (fi sabil Allah). La tradición clarifica que su forma más pura, dramática y fructífera es al-jihad al-akbar, el combate que tiene lugar en el secreto de la propia conciencia.

Lo anterior significa que la mejor forma de apostolado es el testimonio de una vida en la que ha triunfado la perfección moral. Esta forma de apostolado mediante el testimonio es la única que da resultados, y además está de acuerdo con el pensamiento moderno. No necesita el proselitismo. ¿No recuerda el mismo Corán al Profeta personalmente que él no podía guiar a los hombres hacia Dios como le gustaría, sino que es realmente Dios quien guía hacia sí a aquellos que él elige? (Innaka la tahdi man ahbabta wa lakinna Allaha yahdi man yashau wa huwa alamu bi-l-muhtadin) “Tú no puedes guiar a quien quieras. Dios es, más bien, quien dirige a quien él quiere. ¡Él conoce muy bien a los que son guiados!” (28,56). De hecho, por cuanto respecta al apostolado, nuestro deber es dar testimonio, y es a Dios a quien le corresponde convertir a los hombres. “Hemos hecho así de vosotros una comunidad moderada, para que seáis testigos de los hombres y para que el Mensajero sea testigo de vosotros” (wa kadhalika ja’alnakum ummatan wasatan li-takunu shuhada’a ‘ala al-nas wa yakuna al-rasulu alaykum shahidan, 2,143). Por consiguiente, es completamente posible desarrollar una teología musulmana del apostolado que respete escrupulosamente los derechos de los demás. Es evidente, por supuesto, que esto es posible también para el cristianismo –una religión del testimonio mediante el martirio– como también para otras religiones. En consecuencia, la coexistencia, o mejor aún, la cooperación, sin negación alguna del yo o renuncia a las propias convicciones, no solo es posible, sino muy fructífera. Así pues, cuando se evitan los dos extremos del proselitismo polémico y del compromiso complaciente, el deber del apostolado no acaba con ellos. Más bien, asume su forma más noble y más difícil, a saber, la de una yihad interior, y abre el camino a un saludable espíritu de emulación en la persecución del bien. Sin embargo, esta yihad interior no debería degenerar en una egoísta concentración mística, o, más bien, estática, sobre el yo, o en una muy fácil autosatisfacción, o incluso en la tranquila indiferencia. Tiene que mantenerse al mismo tiempo como testimonio y dar pruebas de un espíritu de búsqueda marcado por la apertura y por un sentido de inquietud. Es en este nivel en el que el diálogo puede ser determinante, creando un clima saludable de intercambio reciproco y de tensión intelectual y espiritual. Puede ayudar a una comprensión continua y recíprocamente más profunda de los valores de la fe. El movimiento sustituirá a la inercia.

 

Pluralidad de los caminos de la salvación

 

Esta actitud implica, sin embargo, si hay que evitar la ambigüedad, que admitamos que hay varios caminos para la salvación. Ahora bien, este problema no es el más fácil de resolver. La influencia del pasado se deja sentir aquí más que en cualquier otra parte. Con muy pocas excepciones, los sistemas teológicos de todas las confesiones religiosas se han basado en el axioma, expresado de diferentes formas, de que “fuera de la Iglesia no hay salvación”. En el seno de cada religión, el grupo de fieles que se benefician de la salvación se ha restringido aún más por el rechazo de las diversas herejías cuyos seguidores han sido relegados a la condenación eterna. Esto conduce a la conclusión de que a excepción de ciertos elegidos, la inmensa mayoría de los seres humanos está destinada a la perdición.

Y, sin embargo, todas las religiones proclaman que Dios es justicia, misericordia y amor. Es precisamente en esta área en la que necesitamos una renovación teológica y un cambio radical de mentalidad. ¿Pues qué oportunidad hay de un diálogo abierto, exento de desconfianza, si desde el comienzo establecemos el principio absoluto de que aquellos de la otra parte estarán inevitablemente condenados al infierno solamente por sus convicciones?

Por parte de la Iglesia ha habido una evidente evolución desde el Vaticano II, que se dirige particularmente a los musulmanes en estos términos: “La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el alma como se sometió a Dios Abraham, a quien la fe islámica mira con complacencia. Veneran a Jesús como profeta, aunque no lo reconocen como Dios; honran a María, su Madre virginal, y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además, el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por ello, aprecian además el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres resucitados. Por tanto, aprecian la vida moral, y honran a Dios sobre todo con la oración, las limosnas y el ayuno. Si en el transcurso de los siglos surgieron no pocas desavenencias y enemistades entre cristianos y musulmanes, el Sagrado Concilio exhorta a todos a que, olvidando lo pasado, procuren y promuevan unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres” (NA, n. 3).

En el mismo espíritu, G.C. Anawati afirma que con respecto a la salvación se ha admitido hace tiempo que los dos requisitos para la fe establecidos por san Pablo existen en el islam. Y añade: Esto significa que cuando deseo entablar un diálogo con un musulmán, no tengo que empezar automáticamente situándolo en el infierno meramente porque es musulmán. Al contrario, puedo asegurarle que bajo ciertas condiciones, que son completamente realizables, puede encontrar la salvación manteniéndose como un musulmán convencido. ¿Podemos imaginar un modo mejor de comenzar un diálogo fructífero?

Por parte islámica, y en contra de lo que uno pudiera pensar, existía ya en la Edad Media la misma actitud mental. La encontramos expresada por un teólogo totalmente ortodoxo, a quien todos los suníes, sin excepción, consideran como el auténtico portavoz del islam (Hujjat l-islam); nos referimos a Ghazali (1058-111), que en su libro Faysal al-tafriqa admite que bajo ciertas condiciones, en particular la sinceridad y la honestidad de vida, los no musulmanes pueden salvarse. Más cercano a nuestro tiempo, un teólogo de la nahda, Muhammad Abduh (1849-1905), expresa una opinión semejante en su comentario al siguiente versículo del Corán: “Los creyentes (en lo se te ha revelado a ti, Mahoma) y los que son judíos, cristianos y sabeos, quienes creen en Alá y en el último día y obran bien, esos tienen su recompensa junto a su Señor. No tienen nada que temer y no estarán tristes” (2, 62). [...]

Por consiguiente, si no es imposible para el islam ni para el cristianismo, ni, efectivamente, para las demás religiones principales, sobre la base de sus textos y con el apoyo incluso de una cierta tradición teológica antigua, elaborar una teología que permitiera en un cierto grado la pluralidad de los caminos de la salvación, sería solamente porque no pueden prohibir a la bondad divina desbordarse en un gesto de justicia, de misericordia y de amor, más allá de los límites estrictos de una determinada Iglesia para abarcar a todos los hombres de buena voluntad que viven vidas ejemplares. Al final, es Dios quien juzga totalmente y libremente, y nosotros debemos abandonarnos confiadamente a su sabiduría. En cualquier caso, debemos abstenernos de juzgar en su lugar. [...]

 

OBJETO Y FINALIDAD DEL DIÁLOGO

 

Objeto

 

Tal vez, una vez superadas las dificultades mencionadas y realizadas las condiciones postuladas, alguien formulará la siguiente objeción: ¿tiene aún sentido el diálogo o posee un objeto? ¡Por supuesto que sí! Básicamente, llega a ser un ser una colaboración desinteresada y sin reservas en el servicio de Dios, es decir, en los servicios de la bondad y la verdad. En una atmosfera sencilla, relajada y serena, cada uno, sin excepción, puede entablar provechosamente el diálogo. Pero no nos hagamos ilusiones sobre este punto: si el diálogo no es igualmente fructífero para todos, no tendrá lugar en absoluto ni llegará a ninguna parte. Cualquier comunidad que se sienta en peligro intensificará sus costumbres, elevará sus barreras y se refugiará en una especie de proteccionismo intelectual, que, aunque no tenga más oportunidades de éxito que su contrapartida económica, llegará, no obstante, a establecerse con firmeza. Por esta razón, cuando se sienten en grave peligro, la gente no piensa en lo se exponen a perder al aislarse. En estos casos se apodera de ellos el primitivo instinto de autoconservación.

Por el contrario, en una atmósfera de confianza las ideas circulan con más libertad, y si se las capitaliza y se invierte en ellas, reportan beneficios a todos. Así que el objetivo principal que debemos fijarnos para cualquier diálogo es eliminar las barreras y aumentar la cantidad de bien en el mundo mediante el libre intercambio de ideas. En todos los grandes problemas que afrontamos y que a veces desafían el auténtico sentido de nuestra existencia, todas las familias humanas, tanto si su perspectiva es material como espiritual, tienen algo que ganar si comparan sus soluciones y las coordinan en la medida de lo posible. A través de las alturas que nos dividen no es tan difícil tender una mano los unos a los otros, aunque saquemos la inspiración de fuentes divergentes o discordantes. La creciente unificación cultural, que es, tal vez, el fenómeno más llamativo de nuestro tiempo, está diariamente acercando los unos a los otros y situándolos en el mismo nivel. Con respecto a los problemas cruciales de nuestra época, los creyentes y los no creyentes, cualesquiera que sean sus opiniones, sostienen, a menudo, provechosas conversaciones que enriquecen mediante la confrontación de diferentes puntos de vista. Por consiguiente, debería ser aun más fácil para todos los creyentes, unidos en un servicio unánime a Dios, conversar entre ellos y descubrir, cuando se haya creado la atmósfera adecuada del modo indicado, un lenguaje común. Por ejemplo, no existe en absoluto razón alguna por la que no debamos pensar conjuntamente en las respuestas que deben dares a las preguntas planteadas por el documento conciliar Nosta aetate. Puede resultar provechoso que las recordemos: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y la finalidad de la vida? ¿Qué es bueno y qué es pecado? ¿Qué suscita nuestras penas y con qué propósito? ¿Dónde se encuentra el camino hacia la verdadera felicidad? ¿Cuál es la verdad sobre la muerte, el juicio y la retribución más allá de la muerte? ¿Qué es, finalmente, ese misterio último e inefable que envuelve nuestro ser? ¿De dónde venimos y hacia dónde nos conduce nuestro viaje?

Cada una de estas cuestiones podría servir de tema para una o más reuniones. ¿Por qué no organizamos estas reuniones e invitamos a representantes de todas las religiones, tanto si poseen unas escrituras como si no? Para evitar toda apariencia de confrontación, sería muy provechoso que estas reuniones incluyeran a personas con perspectivas tan diferentes como sea posible. Los historiadores, los filósofos y los médicos de todo el mundo se reúnen ya con regularidad en sus congresos. ¿Por qué no debería suceder lo mismo con los creyentes de toda clase de opiniones que podrían aportar así sus diversas fuentes de luz para abordar los problemas que se nos plantean a todos? Estas reuniones serían extremadamente provechosas, aunque solo fuera porque acostumbrarían no meramente a los raros intelectuales, sino también a los cargos oficiales de las diferentes iglesias a reunirse entre ellos. De este modo, se conocerían unos a otros y aprenderían a comunicarse. En el mundo de contestación en el que vivimos, cualquier religión que se encerrara en sí misma sería como si tomara una sobredosis de morfina para morir pacíficamente. [...] Así pues, existen las posibilidades reales para comunicarse e intercambiar ideas. Lo principal es descubrirlas y sacarles el mayor partido posible. La elaboración de una teología de las religiones, aún pendiente, de una teología moral como también de una teología social que directamente aborde los problemas de hoy día, solo pueden salir ganando con la colaboración de aquellos que están convencidos de que el destino del hombre forma parte del plan de Dios, en respuesta a quienes harían del hombre el criterio efímero de todo en un mundo cerrado en sí mismo y sin nada que seguir, alguien producido no por un consciente acto creador de Dios, sino evolucionado por pura necesidad y azar. Si, entonces, purgamos el diálogo de todo lo que podría hacer que se perdiera en una disputa inútil, nos daríamos cuenta de que está muy lejos de ser un ejercicio vacío e inútil. Es mucho más probable que llegue a ser más profundo y más significativo. En nuestro mundo contemporáneo a la deriva, que busca nuevas estructuras sociales y nueva escala de valores, el vasto dominio de la ética proporcionaría él solo una base segura y prácticamente ilimitada para el diálogo. ¿Qué tiene el mensaje de Dios que ofrecer a todos los desposeídos del mundo, a todos sin distinción, que están alienados, a quienes se arrastran, mendigan y suplican, como también a quienes se sublevan y contraatacan y blasfeman? Aquí se encuentra la necesidad más urgente para el diálogo, en todas las religiones, porque de la respuesta a estas cuestiones dependerá la presencia de Dios en el corazón de los hombres. [...]

 

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Finalidad

 

Aunque la utilidad y el objetivo del diálogo sean limitados, su finalidad no tiene límite, pues consiste en sacudir la conciencia de la gente, hacer que se pongan en marcha e impedirles que se queden estancados en sus convicciones. Lógicamente, cada uno tiene el derecho a rechazar cualquier punto de vista determinado, pero no tiene ninguna excusa para investigar primero exactamente tal punto de vista y conocer más sobre él. Antes de pontificar sobre alguien, aun cuando haya puntos sobre los que no sería nada útil dialogar con él, al menos habría que escuchar lo que tiene que decir. Por lo que respecta a los musulmanes en particular, he de decir que, a veces, ideas que son consideradas muy peligrosas podrían resultar muy beneficiosas, aunque solo fueran como agente quitagrasas. Evidentemente, esto solo funciona cuando actúan como un tipo de revulsivo en una conciencia bien formada y solícita. De lo contrario, el único resultado podría ser precipitar el colapso y la desintegración total de estructuras carcomidas. Este peligro es tan real en el actual estado del islam que hay que prestarle la debida atención. Sin embargo, ni el islam ni ninguna otra creencia en Dios tiene actualmente otra elección que la de aceptar el desafío.. [...]

Tendrá que desarrollarse una nueva exegesis, que no tiene que dar las espaldas a la riqueza del pasado y a los avances positivos, en un clima de aventura, de intercambio de ideas y de urgencia por estar al día y resolver todas las dudas de nuestro tiempo. Al crear un clima de tensión tan fértil, del que tan dramáticamente ha carecido el islam durante siglos, el diálogo podría jugar el papel de sacudir a los musulmanes de su falso sentido de seguridad y hacer que sus corazones y oídos estuvieran una vez más atentos al mensaje de Dios, puesto que si la palabra de Dios es eterna, como cree todo musulmán, se sigue necesariamente que, aunque revelada en un tiempo y en un espacio, trasciende todas las características espacio-temporales y se mantiene siempre y en todo lugar perceptible, presente y constantemente nueva. Por tanto, debe ser percibida y aceptada no de forma estática, sino, más bien, como un conjunto de propiedades y potencialidades que deben actualizarse mediante una investigación incesante. No es necesariamente una petición revolucionaria. Muchos exégetas del pasado sintieron precisamente esta necesidad, porque habían llegado a fascinarse, justamente, por las profundidades de significado en la palabra coránica, cuya vitalidad exuberante elimina todas las barreras lingüísticas. De ahí la necesidad de escuchar a Dios con nuestra forma actual de pensar, de escucharle en el aquí y ahora del momento presente.

El relanzamiento de un tipo moderno de exegesis, inspirado tanto por la audacia como la prudencia, y plenamente consciente de la angustia, la inquietud y los interrogantes de nuestro tiempo, es, por consiguiente, imperativo si no queremos que se destierre a Dios del mundo, sino que llegue a estar de nuevo presente en la actividad humana. Pero esto solo puede desarrollarse en un clima de diálogo abierto a todos, tanto a creyentes como a no creyentes. [...]

 

EL HORIZONTE ANTE NOSOTROS

 

¿A dónde nos conducirá esta investigación realizada con espíritu abierto y sin aislamiento? Nadie puede decirlo con exactitud. Es una aventura que debemos vivir día a día. ¿Se encontrará la unidad religiosa al final del laberinto? [...]

Una vez dicho y hecho todo, nos encontramos ante el misterio insondable del plan de Dios y de las condiciones del hombre. Por tanto, tenemos que aceptar nuestras diferencias y desacuerdos, y compitiendo los unos con los otros en buenas obras reduciremos el tiempo en el que llegará al final la prueba de nuestros desacuerdos. También tenemos que renunciar a esperar demasiado del diálogo si queremos evitar la amargura y el desánimo, y ser capaces de progresar, contra viento y marea. Pues no debemos albergar ilusión alguna sobre este punto; cualesquiera que sean las precauciones que tomemos, habrá muchas voces discordantes. Nadie encontró nunca en el pasado una varita mágica que pudiera eliminar los malentendidos y que cambiara radicalmente el mundo. Por tanto, no debemos esperar que aparezca una en el futuro. El diálogo implica una paciencia ilimitada. Si nos ayuda a acercarnos progresivamente los unos a los otros, a sustituir la indiferencia o la reserva hostil por una amistad real, por una verdadera fraternidad incluso, a pesar de nuestras creencias y opiniones diferentes, ya habría cumplido con creces su cometido. El diálogo no implica necesariamente encontrar una solución común, y aún menos la necesidad absoluta de llegar a un acuerdo. Su papel es, más bien, clarificar y abrir el debate aún más, permitiendo a todos los implicados progresar en lugar de estar inmutablemente instalados en sus convicciones. El camino al Reino de Luz resultará largo, y Dios ha elegido envolverlo en el misterio. [...]

 

** Extraído de:

Mohamed Talbi, Islam and dialogue. Some reflections on a current topic (traducción de L. Marchant)

Encounter (Documents for Muslim-Christian Understanding)

Piazza S. Apollinare, 49. I-00 186- Roma – Italy

Nos. 11+12 January-February 1975

 

(El autor de esta contribución, como él mismo recuerda a sus lectores en su conclusión, es un historiador. De hecho, es el jefe del departamento de historia en la Universidad de Túnez. La versión final de su libro Islam et Dialogue. Réflexions sur un thème d’actualité (Tunis, Maison Tunisienne de l’Edition, 1972), ha servido de base para la traducción de los pasajes seleccionados en nuestro texto).

 

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