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La Sagrada Escritura y la Palabra de Dios

I. Las preguntas del musulmán

 

  • ¿Por qué hay cuatro evangelios en lugar de uno solo? ¿Cuál es el evangelio auténtico?
  • ¿No son las diferencias que existen entre los evangelios una prueba de que fueron corrompidos?
  • ¿Cómo puede ser la Biblia la Palabra de Dios cuando cada uno de sus libros lleva el nombre de sus autores (Isaías, Mateo, Marcos, etc.)? En el mejor de los casos, estos autores serían los transmisores de la revelación que se les había comunicado.
  • ¿Cómo pueden ser los autores de los libros de la Biblia auténticos transmisores si no son testigos oculares de los acontecimientos que comunican y no se encuentran en una sucesión ininterrumpida de transmisores como sí es el caso de las reconocidas tradiciones islámicas (Hadith)? Por ejemplo, Lucas no conoció a Jesús y no menciona los nombres de quienes recibió su información (Lc 1,1-4).
  • II. La perspectiva musulmana En général Por principio, los musulmanes juzgan los evangelios, como el resto de la Biblia, según la norma del Corán. La fe musulmana considera que el Corán es el modelo y el criterio de toda Sagrada Escritura revelada por Dios. El Corán es la palabra directa de Dios que fue revelada al profeta, que sólo es, ni más ni menos, su mero transmisor. El texto es único e inmutable, y carece de intervención humana alguna. El Corán es el criterio (al-furqân) de la verdad y determina la verdad de cualquier otra Sagrada Escritura. La Biblia, incluidos los evangelios, puede admitirse como Palabra de Dios en aquellos pasajes donde concuerda con el Corán. Quien posee el Corán no necesita leer las demás Sagradas Escrituras, que o bien han sido modificadas, hasta el punto de que ya no concuerdan con los textos tal como se revelaron en su origen, o bien se han interpretado erróneamente. Por eso, los musulmanes apenan tienen interés alguno en leer la Biblia, excepto por la curiosidad de descubrir las fuentes de las particulares doctrinas y prácticas cristianas. Ahora bien, esta curiosidad cae bajo la sospecha de que se está poniendo en cuestión la rotunda verdad del Corán como revelación definitiva. En particular 1. Solamente existe una Escritura eterna, la madre del libro (umm al-kitâb, 13,39; 43,4; cf. 3,7)(1). Ésta es la misma Palabra de Dios, inmaculadamente conservada en la Tabla bien guardada (al-lauh al-mahfûz, 85,22). Esta Escritura original ha sido revelada en el tiempo a profetas suscitados por Dios: a Moisés como Torá (que se identifica, más o menos, con el Pentateuco); a David como Salmos (Zabûr); a Jesús como Evangelio (Indjîl), y, finalmente, a Mahoma como Corán en lengua árabe. Todas estas Escrituras fueron dadas, dictadas, por Dios a los profetas, cuyo deber era transmitirlas literalmente, sin corromperlas. 2. Cada una de estas Escrituras es una edición o redacción de la misma Escritura eterna. Todas ellas contienen el mismo único mensaje: la exigencia de adorar a un solo y único Dios, de servirle y de no poner a nadie junto a él. Las Escrituras Sagradas de los judíos y los cristianos coinciden hasta tal punto con el Corán, que, como última y perfecta edición de la Palabra de Dios en lengua árabe, contiene la verdad fundamental de toda Escritura revelada con una incomparable claridad de contenido y belleza estilística. Los desacuerdos entre la Biblia y el Corán se deben a que ni los judíos ni los cristianos han conservado exentas de error sus respectivas Escrituras, sino que, más bien, las han corrompido (harrafa, tahrîf). 3. Los teólogos y apologetas musulmanes demuestran los diversos modos en que se han corrompido la Torá y el Evangelio: - Los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco) no pueden atribuirse en su totalidad a Moisés; por ejemplo, la descripción que se hace de su muerte en Dt 34,5-8 debe haber sido escrita por alguien diferente a Moisés. En la Biblia encontramos frecuentes añadidos redaccionales de este tipo. - Los evangelios del Nuevo Testamento están completamente llenos de contradicciones. Por ejemplo, la genealogía de Jesús, la entrada en Jerusalén y la traición de Pedro. Además, fueron compuestos por cuatro autores diferentes, entre los que al menos uno de ellos nunca conoció a Jesús. Por ello, no cumplen el criterio más importante de una tradición auténtica tal como se expresa en el concepto del hadith mutawâtir. Una palabra o una acción del profeta debe remontarse mediante una sucesión ininterrumpida de transmisores al primer testigo. - Los cristianos admiten que no han incorporado en el canon una serie de evangelios que denominan apócrifos. Uno de éstos debe haber sido el verdadero evangelio que concuerda con el Corán. Muchos musulmanes están convencidos de que este evangelio auténtico es el Evangelio de Bernabé.(2) - Los cristianos han eliminado tanto de la Torá como del Evangelio el anuncio de la venida de Mahoma (cf. 7,157; 61,6). Sin embargo, en el texto actual de la Biblia se encuentran huellas de esta profecía. La Torá dice que vendrá un profeta como Moisés: El Señor, tu Dios, hará surgir para ti, de en medio tuyo, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él debéis prestar atención…Haré surgir de entre tus hermanos un profeta como tú. Pondré mis palabras en sus labios y les dirá lo que le ordene (Dt 18,15.18)(3). En el evangelio de Juan se habla de que vendrá uno después de Jesús y enseñará a los discípulos toda la verdad (Jn 14,16.26; 15,26; 16,13). - Sin embargo, hay algunos estudiosos musulmanes, tanto del pasado como de nuestro tiempo(4), que aceptan la autoridad textual de la Biblia tal como hoy se presenta ante nosotros. Sostienen la tesis de que la corrupción de la que habla el Corán se refiere solamente a la interpretación de las afirmaciones bíblicas realizadas por judíos y cristianos desde tiempos primitivos y no al cambio del texto. Otros autores musulmanes contemporáneos(5) aceptan que los evangelios han surgido a partir de un conocimiento de lo acontecido históricamente. Pero añaden que el sentido cristiano no excluye otras interpretaciones, entre otras, la interpretación que hacen los musulmanes. - Algunos eruditos musulmanes han comenzado a interpretar el Corán de acuerdo con con los principios de la interpretación moderna(6), lo que, sin lugar a dudas, no deja de causarles dificultades en sus sociedades tanto desde el ámbito político como desde el mundo académico. III. La perspectiva cristiana 1. Para los cristianos, la palabra de Dios no es en primer lugar la palabra escrita en la Escritura, sino, más bien, el acontecimiento del que la Escritura da testimonio, es decir, la autocomunicación de Dios en la historia humana. El Antiguo Testamento da testimonio del éxodo como liberación de la esclavitud de Egipto y presenta la realización de la Alianza en el Sinaí y la ocupación de la tierra prometida como expresión del objetivo de Dios, a saber, que está y seguirá estando con su pueblo para salvarlo. Los cristianos encuentran expresados en los escritos del Nuevo Testamento su fe en que Jesucristo, la Palabra de Dios, es la definitiva y perfecta revelación del Dios de Israel para todos los pueblos. Existen diferencias en la elección y acentuación de los temas, como puede verse, por ejemplo, al comparar los cuatro relatos de la pasión. Sin embargo, todas las tradiciones neotestamentarias convergen en presentar los hechos y las palabras de Jesús a la luz de su resurrección. Sólo la resurrección revela el verdadero ser de Jesús y la profundidad de sus palabras. 2. La Biblia, incluidos los evangelios, ha sido escrita por autores inspirados por Dios; es la palabra de Dios en cuanto que ha sido escrita bajo la inspiración divina. Numerosos libros de la Biblia son textos que se pusieron por escrito paulatinamente tras un período de tradición oral. En consecuencia, nos encontramos con una colección de textos, identificados y conservados por la Iglesia, que llamamos la Biblia y que formada por el Antiguo o Primer Testamento y por el Nuevo o Segundo Testamento. Según la fe la Iglesia, estas Escrituras dan testimonio en su totalidad de la acción y de la auto-revelación de Dios. Por esta razón, los creyentes encontramos en ella la palabra de Dios. Así como los apóstoles remiten continuamente a las Escrituras (es decir, al Antiguo Testamento), de igual modo también nosotros, si reconocemos la palabra de Dios en toda la Biblia, debemos prestar una esmerada atención al Antiguo Testamento. 3. La palabra de Dios nos sale al encuentro como palabra humana, en lenguaje humano. Cuando los profetas proclaman la palabra de Dios lo hacen refiriéndose específicamente a los contextos concretos a los que se dirigen y a los grupos de discípulos que se reúnen en torno a ellos. Asimismo, los evangelios comunican su mensaje en los variados contextos de las diferentes comunidades cristianas primitivas. De este modo se explica por qué existen diferencias tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: ellas reflejan las diversas perspectivas de la misma revelación. Los autores de la Biblia no transmiten meramente las palabras que se les ha dictado, sino que, más bien, en los distintos modos en que expresan la palabra de Dios que han recibido, dan testimonio del hecho de que la palabra es una realidad viva. El análisis contemporáneo tiene como finalidad determinar qué material de los evangelios puede atribuirse directamente a Jesús y qué es lo que procede del testimonio de las comunidades primitivas. La identificación de los principios fundamentales de interpretación que son usados en las mismas Escrituras, nos ayudará a comprender la relevancia de Jesús para nuestra situación actual. IV. Las respuestas del cristiano 1. Es necesario comprender en primer lugar que los musulmanes entienden los evangelios a partir del Corán, es decir, como una forma o una versión de su libro sagrado. Sólo entonces es posible hablar significativamente en el diálogo desde la perspectiva de la fe cristiana, que se fundamenta en el mensaje de los evangelios. 2. Para iniciar el diálogo no es nada útil centrarse en las diferencias que existen entre los evangelios o (respondiendo a la perspectiva de que estas diferencias constituyen un problema) presentarlos mediante una explicación histórica. En lugar de esto, es fundamental comenzar por el contenido de los evangelios. 3. Para empezar, hay que decir claramente que el evangelio no es un libro. La palabra griega euangelion significa la buena noticia (de la salvación) (al-bushra). Su contenido es el mensaje del amor de Dios comunicado por Jesús, el Hijo de Dios. Este mensaje no fue inicialmente puesto por escrito, sino que fue proclamado por Jesús, y, posteriormente, de forma oral, fue transmitido por los discípulos que vivieron con él y fueron testigos de su vida y su pasión, su muerte y resurrección. 4. Nosotros damos testimonio de que Jesús es la Palabra de Dios, la auto-revelación de Dios. También el Corán llama a Jesús Palabra de Dios (kalimat Allâh, 4,171; cf. 3,39-45), sin por ello entender que es el Hijo de Dios. 5. Con los cuatro evangelios llegamos al testimonio escrito sobre Jesús. Se escribieron a la luz de la fe en la resurrección. Esperan que el oyente o el lector tengan la misma fe y nos plantean la cuestión de si también nosotros nos encontraremos con Jesús como el Señor. 6. Los cuatro evangelios expresan la Tradición de la Iglesia, la prolongación en forma de escritura del mensaje de Jesús en la comunidad creyente. Al principio se transmitió oralmente y a lo largo de la segunda mitad del siglo I se puso por escrito. Esta forma de entender los evangelios es análoga, hasta cierto punto, al concepto musulmán de sunna – la conservación de las tradiciones sobre las palabras y las acciones de Mahoma que no se recogen en el Corán. 7. Los manuscritos más antiguos del Nuevo Testamento datan de comienzos del siglo II. Como ocurre con toda la Biblia, los antiguos manuscritos de los evangelios presentan variantes textuales diferentes, que, en gran parte, coinciden, pero a veces discrepan bastante entre sí. Mediante la utilización de los métodos de crítica textual es posible aproximarse al texto original con cierta seguridad. Se han publicado las ediciones críticas del texto bíblico, en las que encontramos las variantes textuales más importantes. La Iglesia reunió en un canon los primeros escritos cristianos (evangelios, cartas, etc.). En este proceso, la Iglesia no reconoció todos los escritos existentes como auténticos, excluyendo así algunos de ellos del canon, aquellos que llegaron a conocerse como apócrifos. 8. Para el diálogo es indispensable que cada parte reconozca la autenticidad de la Escritura en la que se fundamenta la fe de la otra parte. Este punto, que fue reconocido en el Congreso sobre el Islam y el Cristianismo de Trípoli (Libia, febrero de 1976), también implica la importancia de que los cristianos estudien el Corán y los musulmanes la Biblia, si el diálogo quiere ser fructífero. 9. Al igual que ocurre con cualquier documento histórico, no es necesario ser cristiano para estudiar la Biblia. En este sentido, se han estudiado los evangelios desde diferentes perspectivas, dando como resultado, por ejemplo, interpretaciones racionalistas, marxistas, judías e incluso islámicas de los acontecimientos que en ellos se describen. Toda interpretación es válida siempre que respete rigurosamente la intención del texto. De acuerdo con esta exigencia de respetar la otredad de los textos, es de esperar que en el diálogo entre musulmanes y cristianos también se tome en serio las diferencias que existen entre el Corán y la Biblia.

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  • (1) N. del T. Hemos utilizado en la versión española de esta obra la traducción y edición del Corán preparada por J. Cortés (Herder, Barcelona 82002), excepto en aquellas palabras o frases dónde la versión inglesa del original alemán difiere de ésta o de la traducción de J. Cortés. Para evitar la repetición del término Corán, de ahora en adelante los números entre paréntesis se refieren siempre a la sura y al versículo o versículos correspondientes del Corán.
  • (2) Sobre el Evangelio de Bernabé, véase nota infra.
  • (3) Las citas bíblicas se han tomado, en general, de las traducciones La Biblia de Jerusalén (Bilbao 1998) y La Biblia (Salamanca 1992); otras se han realizado a partir del texto original de la versión inglesa que usa la traducción de la New Revised Standard Version.
  • (4) Ibn Sînâ (980-1037), Ibn Khaldûn (1332-1406), Muhammad Abduh (1849-1905), Sayyid Ahmad Khan (1817-1898).
  • (5) Abbas Mahmûd al-Aqqâd (1889-1964), autor de la vida de Jesús titulada Abqariyyat al-Masîh (1952), véase Olaf H. Schumann, Der Christus der Muslime (Böhlau, Colonia/Viena 1988) 111-131; Fathî Uthmân (nació [a partir de ahora n.] en 1928 en el Alto Egipto), autor de Maa al-Masîh fi anâjîl al-arbaa (Con Cristo en los cuatro evangelios) (1961), véase Olaf. H. Schumann, op. cit., 132-146; Khâlid Muhammad Khâlid (n. 1920), autor de Maan, ala al-tarîq, Muhammad wa-l-Masîh (Juntos en el camino – Mahoma y Cristo) (1958), véase The Oxford Encyclopedia of the Modern Islamic World, II, 412-413.
  • (6) Mohamed Arkoun (n. 1928, Argelia), Profesor de Historia de la Cultura y del Pensamiento Islámicos en la Sorbona (París); Nasr Abu Zaid (n. 1943, Egipto), Profesor de Estudios Islámicos en Leiden.

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