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¿Es también Mahoma un profeta para los cristianos?

I. Las preguntas del musulmán

 

  • El islam admite a todos los profetas. Bien es verdad que establece distinciones entre ellos, considerando a unos más importantes que a otros, pero los contempla como portadores del mismo y único mensaje. Jesús es uno de estos profetas (2,136.285; 3,84).
  • Así pues, la pregunta que se hace es la siguiente: ¿Admiten los cristianos a todos los profetas como hacen los musulmanes, incluyendo a Mahoma?

 

II. La perspectiva musulmana

 

En general

 

El Corán menciona a muchos profetas que fueron enviados por Dios a lo largo de la historia, uno tras otro. Jesús es uno de los más grandes profetas (2,136.253, etc.). Sin embargo, la sucesión de profetas llega a su conclusión y plenitud con Mahoma, el sello de los profetas (33,40). En consecuencia, la fe musulmana profesa que el criterio de verdad sobre todas las cuestiones religiosas se encuentra en la revelación coránica.

 

Los musulmanes se sienten ofendidos cuando los cristianos niegan que Mahoma sea un profeta. Además, sienten que al negar la profecía de Mahoma, a quien Dios mismo eligió para llevar el Corán a toda la humanidad, los cristianos también niegan el valor religioso, espiritual y místico del islam, es decir, la auténtica vida religiosa de los musulmanes en general y de los propios musulmanes con quienes dialogan. También perciben este rechazo como un insulto a la persona que aprendieron a respetar y a amar desde su más tierna infancia. Este sentimiento se ve con frecuencia intensificado cuando aquel que dialoga con el musulmán conoce los argumentos negativos aportados contra Mahoma a lo largo de la literatura y la teología cristianas, donde en ocasiones se le presenta como un mentiroso y un impostor.

 

En particular

 

Desde el comienzo, el Corán afirma que presenta el mismo mensaje monoteísta que Dios ya había otorgado a profetas anteriores y que ahora, con él, se comunica en pura lengua árabe. Menciona a 25 profetas, cuyos nombres, en su mayor parte, nos son conocidos por la tradición bíblica. Después de Adán vienen Henoc (Idrîs), Noé (Nûh), Abrahán (Ibrahîm), Isaac (Ishâq), Ismael (Isma îl), Lot (Lût), Jacob (Ya qûb), José (Yûsuf), Jetró (Shuayb), Moisés (Mûsâ), Aarón (Hârûn), David (Dâwûd), Salomón (Sulaimân), Elías (Ilyâs), Eliseo (Al-yâsâ), Isaías (Dhûlkifl), Jonás (Yûnus), Job (Ayyûb), Zacarías (Zakariyya) y su hijo Juan (Yahyâ) el Bautista, y Jesús, el hijo de María. El Corán no llama profetisa a María ni tampoco los musulmanes la reconocen como tal, pero es destinataria de un gran respeto y, en este sentido, es la única mujer que se menciona en el Corán. En la Biblia normalmente no se considera profetas a todos los personajes de esta lista, con la excepción de Elías, Eliseo, Isaías, Jonás y Moisés (en algunos pasajes). Por otra parte, aparte de Isaías y Jonás, en el Corán no se mencionan los cuatro profetas mayores y los doce menores. Jonás sólo es mencionado en el contexto del relato del gran pez que se lo traga. También nos encontramos con otros profetas que la Biblia desconoce, sobre todo el profeta Hûd, de la tribu de Âd, y Sâlih, el profeta de la tribu de Thamûd.

 

El Corán presta una especial atención a tres profetas. Son personajes centrales en numerosos relatos, que en ocasiones se parecen bastante a las versiones que encontramos en la Biblia, pero en otras difieren considerablemente.

 

Abrahán, obediente a Dios, está dispuesto a sacrificar a su hijo, a quien el Corán no da un nombre concreto, si bien todos los musulmanes creen actualmente que se trataba de Ismael, no de Isaac, a diferencia de lo que nos dice la Biblia. Saluda y acoge a los ángeles que Dios le envía. Es todo un modelo íntegro y perfecto de fe monoteísta. Purifica a los habitantes de la Meca del politeísmo y junto con su hijo Ismael coloca la piedra fundacional de la Kaaba. Excepcional entre los profetas, Abrahán crea las oraciones y suscita el espíritu de la Hajj (la peregrinación prescrita en el Corán).

 

Moisés es salvado de las aguas del Nilo y es criado en la corte del Faraón. Posteriormente, con la ayuda de su hermano Aarón, consigue que se deje a su pueblo salir de Egipto. Tras cruzar el mar Rojo por tierra seca, Dios le habla en el Sinaí (por lo que recibe el sobrenombre de kalîm Allâh) y recibe la Torá (es decir, los cinco libros de Moisés).

 

Jesús nace de la virgen María de modo milagroso (bajo una palmera en el desierto); recibe de Dios el evangelio (Injîl – un solo libro); predica el monoteísmo a los hijos de Israel; hace milagros (por ejemplo, da vida a un pájaro hecho de barro, revela pensamientos secretos, cura a ciegos y leprosos, resucita a muertos). Se encuentra con la hostilidad de los judíos, que incluso afirman haberlo crucificado. Pero tal afirmación es mera ilusión, porque Dios subió a Jesús a los cielos antes de que los judíos pudieran llevar a cabo su plan. Jesús vive y vendrá de nuevo al final de los tiempos como precursor del día del juicio y proclamará que el islam es la verdadera religión. Durante su ministerio anuncia la llegada del último de los profetas, que se llama Ahmad (61,6; nombre que equivale a Mahoma). Jesús es la Palabra de Dios y el Espíritu de Dios, pero no es el Hijo de Dios ni tampoco es Dios.

 

El mayor de todos los profetas es Mahoma, el sello de los profetas. Nació en la Meca quinientos setenta años después de Cristo. Cuando tenía cuarenta años, este rico comerciante recibió unas revelaciones que le instaron a convertirse en profeta y a proclamar de nuevo la voluntad del único Dios. Sus palabras – comprendidas como directa revelación de Dios de la tabla conservada en los cielos – se compendiaron en el Corán. En el año 622, Mahoma huyó de los habitantes de la Meca, mediante la hégira(11), hasta llegar a Yathrib (llamada posteriormente Medina). Una vez allí, no sólo se convirtió en líder religioso, sino también político, uniendo a todos los musulmanes mediante su fe en un solo Dios y en una sola comunidad (umma), que trascendía las divisiones tribales y que, a pesar de algunos contratiempos, fue incrementando su poder. Mahoma esperaba convencer a judíos y cristianos de su mensaje, que consideraba el cumplimiento de los mensajes de éstos, no su suplantación, pero tal esperanza no se cumplió. Los sucesos llegaron a un punto de ruptura y Mahoma cambió el lugar hacia el que se dirigía la oración: de Jerusalén lo trasladó a la Kaaba de la Meca. En el año 630, destruyó los ídolos, las pinturas y los símbolos religiosos de la Meca, que en el año 632 se convirtió en el destino de la gran peregrinación, liderada por el mismo Mahoma, que dio origen a la tradición de las peregrinaciones que se realizan anualmente desde entonces. A lo largo del Corán, la vida y el comportamiento de Mahoma se convierten en modelo de existencia para todos los musulmanes. Después de morir su esposa Khadîja, se casó con varias mujeres al mismo tiempo. Según la tradición islámica, era analfabeto, un dato que subraya que debía toda su doctrina a la revelación divina, sin que hubiera podido hacer contribución personal alguna.

 

Resulta significativo que muchas historias de los profetas sigan el mismo modelo en el Corán:

 

- Dios elige a un profeta de entre la gente de su pueblo;

- el profeta habla la lengua de su pueblo;

- proclama que sólo existe un único Dios (el mismo mensaje que enseñan todos los profetas);

- sufre la hostilidad de su pueblo e incluso se ve amenazado de muerte;

- Dios salva al enviado y castiga a los infieles.

 

Este modelo se corresponde totalmente con la experiencia de Mahoma, que en el Corán se relaciona con los relatos de los profetas precursores. Así, el Jesús del Corán, como Mahoma, predica el monoteísmo y, en consecuencia, rechaza la idea, que otros ponen en su boca, de que él y su madre sean divinidades junto con Alá (5,116-117).

 

En Medina, después de la Hégira, Mahoma se encontró con la hostilidad de algunos grupos judíos y también, aunque en menor grado, de los cristianos. Relaciona su mensaje con la tradición bíblica, pero con un énfasis más bien diferente. Así pues, Mahoma se consideró a sí mismo y a su comunidad como los únicos verdaderos seguidores de la fe de Abrahán, oponiéndose a la reivindicación de judíos y cristianos, pues Abrahán no fue ni judío ni cristiano, sino el defensor radical del monoteísmo, la auténtica tradición que él estaba renovando y restaurando (2,135.140). Además, se consideraba el heredero de la genuina tradición profética, que en él, como sello de la profecía (33,40), encontraba su clímax y su cumplimiento. Por tanto, el mensaje que se le había comunicado, el Corán, era el criterio con el que tenían que medirse todas las Escrituras anteriores: la Torá (Tawrât), los Salmos (Zabûr) y el Evangelio (Injîl). Según la doctrina coránica, estas Escrituras habían sido incorrectamente comprendidas, cambiadas e incluso corrompidas (tahrîf), y ya habían dejado de existir en su pureza original. En consecuencia, el islam era ahora la única religión verdadera e incorrupta.

 

III. La perspectiva cristiana

 

El don divino de la profecía es un elemento esencial de la tradición bíblica, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.(12) Alcanza su punto culminante en Cristo, que es la Palabra de Dios en forma humana y el profeta par excellence. Jesucristo es el que inicia y consuma la fe (Heb 12,2). La profecía tiene su continuidad en la Iglesia, que seguirá siendo profética hasta el final de los tiempos, no sólo mediante la enseñanza que desarrolla, sino también en toda su vida como pueblo de Dios, inspirado por el Espíritu Santo.

 

Sin embargo, el espíritu de profecía puede actuar más allá de los límites de la Iglesia visible, como ya ocurrió en el caso de hombres y mujeres santos en el Antiguo Testamento, como Melquisedec, Job y la reina de Saba. El mártir Justino, en el siglo II, encontraba la presencia de semillas de la Palabra en varios filósofos y adivinos paganos (como las sibilas).(13)

 

Algunos teólogos han ido mucho más lejos en tiempos recientes. Por ejemplo, durante el 2º Encuentro Cristiano-Musulmán de Túnez (1979), Claude Geffré (profesor en el Instituto Católico de París) dijo públicamente que la revelación transmitida mediante Mahoma era una palabra de Dios, mientras que Cristo, que es más que profeta, es en sí mismo la Palabra de Dios. Posteriormente, los teólogos miembros del GRIC (Group de Recherche Islamo-Chrétien, fundado en 1977) admitían que en el Corán había una palabra de Dios, auténtica pero diferente… de la Palabra de Dios en Jesucristo. Las diferencias, como las contradicciones (por ejemplo, la negación que hace el Corán de los misterios tan fundamentales para la fe cristiana como la encarnación y la trinidad), deben considerarse como el resultado de la mediación humana, el canal mediante el que, inevitablemente, tiene que pasar la palabra de Dios.(14)

 

Encontramos una evolución semejante entre los teólogos de otras tradiciones cristianas. El obispo anglicano y renombrado especialista en el islam Kenneth Cragg invita en su libro Muhammad and the Christian (1987) a los cristianos a admitir abiertamente que Mahoma era verdaderamente un profeta, manteniendo al mismo tiempo que Jesús es más que un profeta.(15)

 

El Concilio Vaticano II no hizo ninguna declaración definitiva sobre este asunto, pero animó a un espíritu general de apertura hacia el islam por parte de la Iglesia, sin, no obstante, mencionar el nombre de Mahoma. En este sentido, declaró que «la Iglesia mira a los musulmanes con estima» (una afirmación realmente novedosa), y menciona las doctrinas y ritos islámicos que merecen su estima, sin negar las diferencias esenciales. Al proponer a los cristianos la estima a los musulmanes como creyentes monoteístas, el Concilio se opone, implícitamente, a toda afirmación polémica y negativa realizada en el pasado sobre Mahoma,(16) pues es el fundador de esta comunidad y su bello modelo (de conducta), como afirma el Corán (33,21). Siempre que han tenido encuentros con los musulmanes, los papas Pablo VI (1897-1878) y Juan Pablo II (1920-2005) han favorecido este espíritu de fraternidad en el seno de la fe en el único Dios; una promoción que fue más impactante en el caso de las alocuciones de Juan Pablo II a los cristianos de Turquía (Ankara, noviembre de 1979) y a los jóvenes musulmanes en el estadio de Casablanca (17 de agosto de 1985), donde el papa habló de una genuina fraternidad espiritual entre el cristianismo y el islam.

 

Las conferencias episcopales y los seminarios teológicos han realizado declaraciones semejantes. Por ejemplo, la International Theological Conference de Nagpur (India, 1971), declaró que «las escrituras y los ritos de las religiones del mundo pueden ser, en grados diversos, portadores de revelación divina y caminos hacia la salvación». En su discurso en la sesión de apertura del 2ª Congreso Cristiano-Musulmán de Córdoba (marzo de 1977), el cardenal Tarancón, por entonces arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, invitó a los cristianos a reconocer el estatus profético de Mahoma, en particular por su fe en Dios, su lucha contra el politeísmo y su sed de justicia. Ya en el siglo VIII, el patriarca nestoriano Timoteo habló en términos similares a lo largo de su diálogo en Bagdad con el califa al-Mahdi, afirmando: «Mahoma anduvo por el camino de los profetas».

 

Los cristianos se han visto así animados a reconocer los valores religiosos y éticos que han estado presentes en los musulmanes desde el principio y que siguen estándolo, pero sin eliminar, al mismo tiempo, nada esencial de su propia fe. Por consiguiente, los cristianos tienen la puerta abierta para reconocer en el Corán una palabra de Dios y un carácter profético en la misión de Mahoma.

 

IV. Las respuestas del cristiano

 

1. Estamos convencidos de que sólo puede darse un verdadero diálogo en el nivel de una verdadera relación y de que el respeto a la fe del otro es un elemento esencial de este diálogo. Por tanto, así como un cristiano no puede exigir como prerrequisito para un diálogo sincero que un musulmán crea que Jesús es el Hijo de Dios, de igual modo un musulmán no puede exigir a un cristiano que crea que Mahoma es el sello de los profetas y que el Corán es el criterio último y definitivo para todas las Escrituras. De lo contrario, el cristiano tendría que convertirse en musulmán antes de comenzar el diálogo interreligioso y viceversa, y así nunca podría darse diálogo interreligioso alguno.(17)

 

2. Los cristianos veneran a la mayoría de los profetas nombrados en el Corán. Sin embargo, la Biblia también conoce más profetas, entre quienes destacan especialmente Isaías, Jeremías y Ezequiel. Por otra parte, algunos de los profetas mencionados en el Corán pertenecen exclusivamente a la tradición árabe y no se mencionan en la Biblia. Sin embargo, más allá de la cuestión del número, vocación y mensaje, cristianos y musulmanes comparten la convicción de que el único Dios ha hablado a los seres humanos, tal como lo expresa el Vaticano II. Así pues, cristianos y musulmanes fundamentan su fe no solamente en el descubrimiento filosófico de Dios, sino, sobre todo, en la palabra de Dios que les llega a través de los profetas; reciben esta palabra con fe – en Dios desde Dios, por así decirlo – y se someten a ella (sumisión es el significado exacto de la palabra islâm, y musulmán significa el que se somete).

 

3. La diferencia esencial entre cristianismo e islam es como sigue. Para los musulmanes, la revelación profética alcanza su clímax y conclusión con Mahoma, el sello de los profetas; para los cristianos, la revelación alcanza su clímax en Jesucristo, la Palabra de Dios hecha carne, que muere en la cruz y que como Señor resucitado constituye la revelación en su plenitud (pleroma). Por tanto, deberíamos evitar denominar a Jesús el sello de los profetas, pues este título tiene un contenido específicamente islámico y su uso obstaculizaría el diálogo interreligioso.

 

4. Sin embargo, el hecho de que la fe cristiana reconozca la plenitud de la revelación en Jesús, no impide que los cristianos también admitan que Dios se ha dado a conocer a la humanidad en otras partes, tanto antes como después de Jesús. En lo que respecta al Corán y a Mahoma, es posible admitir que el Corán contiene una palabra de Dios, no sólo para los musulmanes, sino para todos los seres humanos, y, por tanto, también para mí, para mi persona. En efecto, en la potente proclamación que el Corán hace del único Dios trascendente puedo reconocer que en ella se encuentra un elemento esencial del mensaje del mismo Jesús y que también soy invitado a vivir en sintonía profunda con ese mensaje. Al dar una respuesta cristiana creyente al mensaje proclamado en el Corán, admito que Mahoma fue enviado por Dios a proclamar un aspecto esencial de la verdad, a saber, la unicidad y la trascendencia de Dios. Se trata de un aspecto altamente significativo de la verdad, cuya importancia no es menor en el mundo contemporáneo, donde tan extendido está el olvido de Dios.

 

5. Cristianos y musulmanes se convertirán en auténticos portadores de esta palabra profética para nuestro mundo en la medida en que den testimonio conjunto de esta verdad fundamental y se unan sometiéndose a la obra de Dios – tal como ha sido comunicada en las respectivas revelaciones –, asumiendo su plan y voluntad para el mundo más profundamente y dando testimonio de ambos aspectos con mayor efectividad.

 

Excursus

 

Jacques Jomier, O.P., un notable teólogo y especialista en el islam, nos ofrece unas reflexiones, dignas de mencionarse, sobre el significado que Mahoma tiene para el cristianismo(19). En tiempos de Mahoma el cristianismo exigía una reforma, una renovación según el Espíritu de Jesús. Jomier nos propone considerar a Mahoma desde una perspectiva cristiana como un reformador, atribuyéndole el carisma de un guide réformiste. Por el contrario, sería un tanto confuso que los cristianos aplicaran a Mahoma el concepto de profeta (tanto desde la perspectiva de la teología cristiana como desde el sentido normativo que tiene para el islam).

 

1. En su sentido absoluto, un profeta es una persona cuyas palabras, al hablar en nombre de Dios, están investidas de autoridad divina y por eso deben ser universalmente aceptadas. En este sentido, los cristianos no pueden aplicar el título de profeta al fundador del islam. En cuanto cristianos, no pueden obedecer a Mahoma sin reserva alguna; de hacerlo, serían musulmanes. No es posible que los cristianos acepten a Mahoma como profeta en sentido estricto, es decir, creyendo en él y obedeciéndole. Los cristianos sólo pueden aplicar el título de profeta a Mahoma con ciertas limitaciones; dicho de otro modo, no pueden aceptar todo cuanto dice este profeta, sino aceptar unas cosas y rechazar otras. Los musulmanes no aceptan este acercamiento selectivo a Mahoma, pues lo consideran un verdadero profeta, e incluso el último de los verdaderos profetas

 

2. Los cristianos aceptan como un aspecto de la historia narrada en la Biblia que los profetas hebreos, que prepararon el camino para la llegada de Cristo, ocupan un lugar exclusivo. Incluso los profetas menores, como Sofonías, comparten esta exclusividad; aunque conocidos como profetas menores, poseen su propio lugar en la sucesión de los profetas que forma parte de la tradición hebrea. Junto con los textos que se remontan hasta ellos, los profetas inspiran la totalidad de la fe de la Iglesia. En sentido religioso y teológico, los cristianos no deberían, por tanto, aplicar el título de profeta a Mahoma; de usarlo, sería en un sentido muy restringido que la fe musulmana considera inaceptable. Así pues, sería preferible que los cristianos adoptaran una perspectiva diferente sobre Mahoma, reconociendo las verdades que contiene el mensaje del islam, respetando el camino espiritual seguido por los musulmanes y reconociendo que Mahoma fue un genio religioso y político. Debemos admitir que mediante la gracia divina que actúa en el islam – formado por el Corán y el ejemplo de Mahoma – son innumerables los creyentes que viven una auténtica relación con Dios.

 

3. Finalmente, es posible interpretar el islam, en el contexto de la historia de las religiones, como un intento de reformar radicalmente el judaísmo y el cristianismo, pero tan radical que llega al punto de distorsionar aspectos esenciales de ambas tradiciones. Hablando llanamente, y mutatis mutandi, podría compararse el islam (y su profeta Mahoma) con otros grandes movimientos de reforma acontecidos a lo largo de la historia. El islam surgió en un ambiente influenciado por el judaísmo y el cristianismo, pero se trataba de un cristianismo desgarrado por divisiones y disputas doctrinales. Sin embargo, a partir de la reforma del judaísmo y del cristianismo realizada por Mahoma surgió un movimiento nuevo e independiente. Este movimiento puede darnos luz sobre algunos aspectos de las formas históricas del judaísmo y del cristianismo, por ejemplo, la exclusiva unidad, trascendencia y soberanía de Dios, y la invitación salvífica a todo el mundo; pero rechazó otros elementos esenciales de ambas formas de fe. ¿No podría ser que en aquel tiempo y en ese contexto específico, el islam recibiera el encargo de provocar a la Iglesia para que se reformara? Ahora bien, aceptar esta tesis no significa en absoluto que tengamos que negar aquellas verdades que no encontraron lugar en el islam.(20)

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  • (9) Concilio Vaticano II, Nostra aetate 4. Las citas de los documentos conciliares proceden de la edición crítica bilingüe patrocinada por la Conferencia Episcopal Española (Madrid 1993). A partir de ahora se citarán según las típicas abreviaturas en lengua española.
  • (10) Santuario central del islam: una enorme construcción cúbica situada actualmente en el centro de la gran mezquita de La Meca.
  • (11) El término hégira se refiere a la emigración del profeta Mahoma en septiembre de 622 de La Meca a Yathrib (posteriormente, Medina, es decir, la ciudad [del profeta).
  • (12) Véanse los siguientes comentarios de Werner H. Schmidt y Gerhard Delling sobre la profecía en Wörterbuch zur Bible (Furche, Hamburgo 1971) 442: El profeta habla desde el futuro; no comienza desde el presente para avanzar hacia un futuro incierto, sino que, más bien, toma los acontecimientos del futuro como su punto de partida. Su objetivo no es proclamar la Ley, culpar a alguien o criticar las circunstancias dominantes, sino, más bien, anunciar un juicio o una promesa de salvación; el presente debe verse a la luz de lo que ocurrirá. La consciencia del futuro clarifica la realidad presente y cómo se desarrollarán los acontecimientos, no al revés.
  • (13) Sobre las semillas del Verbo (logoi spermatikoi), véase Justino, Segunda Apología, 8,1.
  • (14) GRIC, Ces Ecritures que nous questionnent: la Bible et le Coran (Le Centurion, París 1987.
  • (15) Kenneth Cragg, Muhammad and the Christian: a Question of Response (Darton, Longman and Todd, Londres, Orbis, Nueva York 1987).
  • (16) LG 16; NA 3.
  • (17) Estas observaciones son pertinentes para el dialogo entre musulmanes y cristianos que quieren ser fieles a sus respectivos credos. Naturalmente, los cristianos tienen el deber, como también los musulmanes, por exigencia del Corán, de anunciar su fe. No obstante, caen fuera del alcance de nuestra obra el estudio sobre la forma exacta de llevarlo a cabo y los medios adecuados para hacerlo.
  • (18) NA 3.
  • (19) How to Understand Islam, SCM Press, Londres 1989, 140-148.
  • (20) Véase, en particular, los siguientes capítulos de nuestra obra: La divinidad de Jesús y la encarnación; Cruz, pecado y redención; Dios: Uno y Trino.

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