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Pregunta 250

¿Cómo podéis afirmar que seguís a Jesús si no guardáis sus mandamientos y no hacéis lo que él hizo? Por ejemplo, él estaba circuncidado y no comía carne de cerdo. Después llega Pablo y cambia las leyes, aunque Jesús no vino a cambiar las leyes –y además Pablo no fue siquiera un verdadero discípulo. ¡Se opuso incluso a Jesús! ¿Por qué acatáis las palabras de Pablo cuando solo representan su propia opinión? (D)

 

Respuesta: Dividimos nuestra respuesta en dos partes. La primera (A) trata de la relación de Pablo con Jesús. ¿Realmente Pablo se “opuso a Jesús” y a sus enseñanzas? A continuación responderemos a la pregunta: (B) ¿Contradice la enseñanza de Pablo sobre la ley y su significado la enseñanza de Jesús sobre la ley su modo de vida?

 

A. La relación de Pablo con Jesús.

 

Ningún otro personaje domina el Nuevo Testamento hasta el punto de Pablo, el “apóstol de los paganos”. Tal es el título que Pablo se dio a sí mismo (Romanos 11,13). En efecto, fue fundamentalmente Pablo quien proclamó el mensaje de Jesús al mundo no judío. Comenzó su vida activa como miembro del partido de los fariseos, que defendían ardientemente la tradición de los padres. Dado que creía que el movimiento iniciado por Jesús representaba una amenaza mortal para estas tradiciones, explica en Gálatas 1,13 cómo “perseguía encarnizadamente a la Iglesia de Dios e intentaba destruirla”. Pero cuando repentinamente tuvo la “revelación de Jesucristo”, que provocó que dejara de perseguir a los cristianos, también se le pidió que “proclamara a Jesucristo a los paganos” (Gálatas 1,12.16). Y a esto es a lo que se dedicó durante los restantes treinta años de su vida.

 

De las 13 cartas del Nuevo Testamento que tienen el nombre de Pablo como autor, cuatro (Gálatas, Primera y Segunda Corintios y Romanos) son de una importancia capital. A menudo se las denomina las principales epístolas de Pablo. Nadie duda que Pablo es su verdadero autor. Contienen los principios de su teología y de su doctrina. Todas las cartas de Pablo son documentos ocasionales, es decir, se escribieron para una situación particular de determinadas comunidades. Hasta cierto punto puede decirse que la carta a los cristianos de Roma (es decir, la Carta a los Romanos) constituye una excepción, pues roza lo que llamaríamos una encíclica sistemática. Cada una de estas cartas subraya aquellos elementos de las enseñanzas de Pablo que él considera particularmente relevantes para la respectiva situación y comunidad. De ahí que las fases de su doctrina adquirieran su forma particular bajo la influencia de la situación de la que emergía la carta correspondiente.

 

Afirmar que Pablo proclamó el mensaje de Jesús al mundo pagano, suscita, inmediatamente, la pregunta sobre si su doctrina constituye una representación fiable del mensaje de Jesús. Como pone de relieve la pregunta realizada, existe una opinión generalizada, a menudo afirmada con gran convicción, de que Pablo cambió el supuestamente claro y fácilmente comprensible mensaje de Jesús por una doctrina supuestamente complicada, dogmática y enrevesada, para una nueva iglesia que fundó él mismo. Se dice que Pablo impuso la conversión a su iglesia en particular mediante sanciones terroríficas. Ahora bien, ¿corresponde realmente esta visión a lo que podemos inferir de los escritos propiamente paulinos que hemos mencionado más arriba?

 

Es verdad que existen diferencias entre Jesús y Pablo. Pablo no era el Mesías, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Aunque los dos eran judíos, se diferenciaban, a nivel humano, por nacimiento, ámbito familiar, formación y preparación, ambiente social, temperamento y forma de hablar. Sin embargo, los dos escandalizaron a los custodios de la ley de Israel por la libertad con que la trataban y por su negativa a aceptar que los piadosos pudieran encontrar la seguridad ante Dios mediante su propia justicia. Los dos se enfrentaron contra el sistema representado por el sumo sacerdote de Jerusalén. Los dos fueron ejecutados después de un juicio en los tribunales romanos. Pero lo más importante es que Pablo entendió el núcleo esencial del mensaje de Jesús, cuando, siguiendo su ejemplo, proclamó el mensaje de la salvación a todos los que estaban fuera de la ley.

 

Jesús comenzó su ministerio en Galilea proclamando que el tiempo se había cumplido y que el reino de Dios había llegado con él y en él (Marcos 1,14s). De modo semejante escribe Pablo a los gálatas: “Pero al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que pudiéramos recibir la adopción como hijos» (Gálatas 4,4s). Si bien la esencia del mensaje es la misma, hay, no obstante, un cambio de perspectiva: el proclamador original se ha convertido en el proclamado, porque entremedias habían acontecido el Viernes Santo y la Pascua, la muerte y la resurrección de Jesús. Por consiguiente, los mensajes de Jesús y de Pablo no responden a dos formas diferentes de fe, sino a dos épocas diferentes de la fe (cf. F.F. Bruce, The Message of the New Testament, Carlisle 1994, p. 25).

 

La forma de la proclamación de Jesús en Galilea, con el trasfondo de la visión de Daniel del reino de Dios y del Hijo del hombre (cf. Daniel 7,9-28), habría sido tan incomprensible para los paganos de Corinto como lo habría sido la de Pablo para los habitantes de Galilea dos siglos antes. En su esencia no existe diferencia entre el mensaje de Pablo y el mensaje de Jesús. Solo tenemos que tener en cuenta la diferencia temporal y cultural entre las dos situaciones y ponderarlas pertinentemente.

 

Cuando Jesús predicaba en Galilea decía que el reino de Dios estaba más cercano, pero su «llegada con poder» (Marcos 9,1) acontecería en el futuro, si bien no muy lejano. Algunos de los que escuchaban a Jesús esperaban experimentarlo. Para Pablo ya había acontecido esta “llegada con poder”. Jesús ha sido ya “constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos” (Romanos 1,4). El poder que Dios ha demostrado al resucitar al Jesús de entre los muertos, está ahora actuando en sus seguidores, pues les ha sido dado por el Espíritu de Dios que habita en ellos (cf. Romanos 8,9-11). Mediante el mismo Espíritu, el amor de Dios, que resplandeció en la muerte de donación de Jesús por los pecados de su pueblo, “se derramó en sus corazones” (Romanos 5,5-8). La perspectiva cambió necesariamente, porque la muerte y la resurrección de Jesús, que en la época de su ministerio en Palestina eran aún acontecimientos futuros, ahora son acontecimientos pasados. Dicho con otras palabras, forman parte de un acontecimiento pasado durante el que se liberó la obra salvífica de Dios para el mundo en todo tiempo y lugar. Esto es lo que habían anunciado los profetas de antaño. Han comenzado los últimos días, pero aún no han terminado. Las potencias hostiles han sido destruidas mediante la intervención de Dios en Jesús. “El último enemigo en ser destruido será la muerte” y con su destrucción llegará a su plenitud la era de la resurrección, en la que Dios será “todo en todo” (1 Corintios 15,15-28). Las bendiciones de esta era son ya experimentadas por quienes se unen en la fe con el Señor resucitado: este es el efecto del Espíritu que han recibido como una “prenda” o “primicia” de la gloria eterna que les espera (cf. 2 Corintios 5,5; Romanos 8,23). Su experiencia interior ya les hace participar de los tiempos futuros, mientras su cuerpo mortal aún vive “en estos tiempos”. “Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Corintios 5,17).

 

El cambio de perspectiva del que llegamos a ser conscientes cuando nos desplazamos de Jesús a Pablo es un cambio para el que nos han preparado las propias palabras de Jesús. En términos absolutos es un cambio que puede remontarse al año 30 d.C. En términos empíricos se trata de un cambio que acontece cada vez que un hombre o una mujer se encuentran que están “en Cristo”, por usar una expresión que Pablo utiliza con frecuencia. Si este cambio ha tenido lugar como experiencia personal, revoluciona la perspectiva fundamental de una persona de un modo total. “Así que, en adelante, ya no consideramos a nadie desde un punto de vista mundano. Y si una vez consideramos a Cristo de este modo, ya no lo hacemos más. Por tanto, el que está en Cristo es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo” (2 Corintios 5,16). Estas palabras no significan que ya no interesa más el Jesús histórico, sino el Señor resucitado. Más bien, quieren decir que el modo en que el creyente ve a Cristo es radicalmente diferente del modo en que lo ve el no creyente, y que la visión que el creyente tiene de toda la humanidad está ahora modelada por su visión de Cristo. (Hemos seguido muy de cerca la obra de F.F. Bruce, The Message of the New Testament, Carlisle 1994, pp. 24-33).

 

B. Las enseñanzas de Jesús y de Pablo sobre la ley

 

La actitud personal de Jesús

 

(a)

Tenemos que diferenciar entre la visión que Jesús tiene de las tradiciones antiguas, defendidas por los escribas y los fariseos, y la que tiene de la Torá, la Ley de Moisés. Jesús rechazó las tradiciones antiguas porque llevan a los hombres a violar la ley y a anular la palabra de Dios (Marcos 12,28-34). Ahora bien, en el reino de Dios no debe ser abolida la ley, sino cumplida hasta la última i (Mateo 5,17ss), y Jesús mismo la observa (cf. 8,4). En la medida en que los escribas son fieles a Moisés se debe reconocer su autoridad, aun cuando no haya que imitar su conducta (23,2s).

Y, sin embargo, Jesús, al anunciar el Evangelio del reino de Dios, inaugura un régimen religioso radicalmente nuevo; la ley y los profetas han terminado con Juan Bautista (Lucas 16,16 par.). El vino del Evangelio no puede verterse en los viejos odres del régimen sinaítico (Marcos 2,21s par.). ¿En qué consiste, pues, el cumplimiento de la ley que Jesús aporta? Por lo pronto en una reordenación de los diversos preceptos. Ésta es muy diferente de la jerarquía de valores establecida por los escribas, que descuidan lo principal (justicia, misericordia, buena fe) para salvar lo accesorio (Mateo 23,16-26). Además, las imperfecciones que comportaba todavía la antigua ley “a causa de la dureza de los corazones” (19,8) deben desaparecer en el reino de Dios: la regla de conducta que en él se observará es una ley de perfección, a imitación de la perfección de Dios (5,21-48). Ideal impracticable si se compara con la condición actual del hombre (cf. 19,10). Así pues, Jesús aporta, al mismo tiempo que esta ley, un ejemplo que contagia con entusiasmo y una fuerza interior que nos capacita para observarla: la fuerza del Espíritu Santo (Hechos 1,8; Juan 16,13). Finalmente, la ley del reino se resume en el doble mandamiento, ya formulado antiguamente, que prescribe al hombre amar a Dios y amar al prójimo como a sí mismo (Marcos 12,28-34 par.); todo se ordena en torno a este doble mandamiento y todo deriva de aquí. En las relaciones de los hombres entre sí esta regla de oro de amor positivo contiene toda la ley y los profetas (Mateo 7,12).

 

(b)

A través de esta toma de posición aparece ya Jesús bajo los rasgos de un legislador. Sin contradecir en modo alguno a Moisés, lo explica, lo prolonga, perfecciona sus enseñanzas; así, cuando proclama la superioridad del hombre sobre el sábado (Marcos 2,23-27 par.; Juan 5,18; 7,21ss). Se da, sin embargo, también el caso de que rebasando la letra de los textos oponga normas nuevas; por ejemplo, invierte las reglamentaciones del código de pureza (Marcos 7,15-23 par.). Tales actitudes sorprenden a sus oyentes, pues descuellan sobre las de los escribas y revelan la conciencia de una autoridad singular (1,22 par.). Ahora se esfuma Moisés; en el reino no hay ya más que un solo doctor (Mateo 23,10). Los hombres deben escuchar su palabra y ponerla en práctica (7,24ss). Este es el único modo mediante el que pueden cumplir la voluntad del Padre (7,21ss.) Y así como los judíos fieles, según la expresión rabínica, se cargaban con el yugo de la ley, así hay que cargarse ahora con el yugo de Cristo y seguir sus enseñanzas (11,29). Más aún: así como hasta entonces la suerte eterna de los hombres estaba determinada por su actitud para con la ley, así lo estará en adelante por su actitud frente a Jesús (10,32s). No cabe duda de que aquí hay algo más que Moisés; la nueva ley anunciada por los profetas es ahora promulgada.

 

El problema en el cristianismo primitivo

 

(a)

Jesús no había condenado la práctica de la ley judía; incluso se había conformado con ella en lo esencial, ya se tratara del impuesto del templo (Mateo 17,24-27) o de la ley de la pascua (Marcos 14,12ss). Tal fue también en un principio la actitud de la comunidad apostólica, asidua al templo (Hechos 2,46), cuyos “elogios celebraban” las multitudes judías (5,13). Aún usando de ciertas libertades que autorizaba el ejemplo de Jesús (9,43), en ella se observaban las prescripciones legales y hasta se imponían prácticas de piedad supererogatorias (18,18; 21,23s), y entre los fieles no faltaban partidarios celosos de la ley (21,20).

 

(b)

Sin embargo, surgieron nuevos problemas cuando los paganos, que no estaban circuncidados, se unieron a la fe sin hacerse judíos. Pedro mismo bautizó al centurión Cornelio después que una visión divina le hubo ordenado que tuviera por puros a los que Dios había purificado por la fe y la efusión del Espíritu Santo (Hechos 10). La oposición de los celadores de la ley (11,2s) cedió ante la prueba de la intervención divina (11,4-18). Pero una conversión en masa de griegos en Antioquía (11,20) avalada por Bernabé y Pablo (11,22-26) volvió a atizar la querella. Observantes procedentes de Jerusalén, y más exactamente del entorno de Santiago (Gálatas 1,12), quisieron forzar a los convertidos a la observancia de la Torá (Hechos 15,1s. 5). Pedro, de visita en la iglesia de Antioquía, trató de soslayar esta dificultad (Gálatas 2,1s). Pablo fue el primero que se levantó para defender la libertad de los paganos con respecto a las leyes judías (Gálatas 2,14-21). Al final, en una reunión celebrada en Jerusalén, Pedro y Santiago llegaron a estar de acuerdo con él (Hechos 15,7-19). Incluso Tito, compañero de Pablo, no fue obligado a circuncidarse, y la única ley que tenía que observar era acordarse de los pobres y dar una limosna a la iglesia madre (Gálatas 2,1-10). Se añadió una regla práctica destinada a facilitar la comunidad de mesa en las iglesias de Siria (Hechos 15,20s.; 21,25). Estas decisiones liberalizadoras dejaron a los fervientes partidarios de la ley con un sordo descontento frente a Pablo (cf. 21,21).

 

Las enseñanzas de Pablo

A lo largo de su ministerio apostólico entre los paganos, Pablo se encontró pronto con la resistencia de los judeocristianos, particularmente en Galacia, donde organizaron lo que casi puede describirse como una contra-misión siguiendo sus pasos (Gálatas 1,6s; 4,17s). Esto le ofrece la ocasión de poner por escrito su pensamiento sobre la ley.

 

(a)

Pablo es el predicador del único Evangelio. Ahora bien, según este, el hombre es justificado por la fe en Jesucristo, no por las buenas obras y por la ley (Gálatas 2,16; Romanos 3,28). El alcance de este principio es doble. Por una parte, Pablo denuncia la inutilidad de las prácticas cultuales propias del judaísmo, como la circuncisión (Gálatas 6,12) y la observancia de ciertas leyes (4,10). La ley, así entendida, se reduce a las instituciones de la antigua Alianza. Por otra parte, Pablo critica una falsa comprensión de la salvación, según la cual el hombre puede ganarse la justificación obedeciendo la ley divina, mientras que lo cierto es que se justifica gratuitamente mediante el sacrificio de Cristo (Romanos 3,21-26; 4,4s); aquí se trata incluso de los mandamientos de orden moral.

 

(b)

A la luz de esta doctrina, surge la cuestión sobre el lugar de la Ley en el plan de salvación. No hay duda de que la Ley procede de Dios. Aunque fue dada a los hombres por intermedio de los ángeles, lo que es un signo de inferioridad (Gálatas 3,19), no obstante, es santa y espiritual (Romanos 7,12.14), y es uno de los privilegios de Israel (9,4). Pero por sí misma es incapaz de salvar al hombre carnal, que es esclavo del pecado (7,14). Incluso si se la considera bajo su aspecto moral, la ley solo transmite el conocimiento de lo que está bien, pero no da la fuerza para cumplirlo (7,16ss). Da el conocimiento del pecado (3,20; 7,7; 1 Timoteo 1,8), pero no el poder de sustraerse a él. Los judíos, que poseen la ley y buscan su justicia (Romanos 9,1), son tan pecadores como los paganos (2,17-24; 3,1-20). En lugar de liberar al hombre del mal, uno casi se ve tentado a decir que lo hunde incluso más profundamente en él. Lo entrega a una maldición de que la que solo puede salvarlo Cristo cargando con ella (Gálatas 3,10-14). Como pedagogo y tutor del pueblo de Dios en su infancia (3,23s.; 4,1ss.), creó en él un deseo de justicia que era imposible de obtener, así que llego a ser evidente la necesidad absoluta de un redentor.

 

(c)

Una vez que ha venido este salvador, el pueblo de Dios no está ya sometido al pedagogo (Gálatas 3,25). Cristo, liberando al hombre del pecado (Romanos 6,1-19), lo libera también de la tutela de la ley (7,1-6). Quita la contradicción interior que hacía a la conciencia humana prisionera del mal (7,14-25); así pone fin al régimen provisional: él es el final de la ley (10,4), pues hace que los creyentes tengan acceso a la justicia de la fe (10,5-13). ¿Qué decir? ¿Que ahora ya no hay regla de conducta concreta para los que creen en Cristo? Nada de eso. Si es verdad que han caducado las reglas jurídicas y cultuales relativas a las instituciones de Israel, subsiste el ideal moral de los mandamientos, resumido en el precepto del amor que es la consumación y la plenitud de la ley (13,8ss). Pero este mismo ideal se destaca de la antigua economía. Es transfigurado por la presencia de Cristo que lo realizó en su vida. Hecho «ley de Cristo» (Gálatas 6,2; cf. 1 Corintios 9,21), no es ya exterior al hombre: el Espíritu de Dios lo graba en nuestros corazones cuando derrama en ellos el amor (Romanos 5,5; 8,14ss). Su puesta en práctica es el fruto normal del Espíritu (Gálatas 5,16-23). San Pablo se sitúa en esta perspectiva cuando traza un cuadro del ideal moral que se impone al cristiano. Entonces puede enumerar reglas de conducta tanto más exigentes cuanto que tienen por fin la santidad cristiana (1Tesalonicenses 4,3); puede incluso entrar en la casuística, buscando luz en las palabras de Jesús (1 Corintios 7,10). Esta ley nueva no es como la antigua. Realiza la promesa de una alianza inscrita en los corazones (2 Corintios 3,3).

(El texto íntegro de esta respuesta ha sido tomado, con pequeños cambios, del artículo “Ley” de Pierre Grelot, en Xavier Léon Dufour [ed.], Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona 1965).

 

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