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Pregunta 263:

¿Cuál de las siguientes proposiciones aceptan los cristianos?

1. Jesús (psce) es Dios.
2. Jesús (psce) es Hijo de Dios.
3. Jesús (psce) es Profeta de Dios.

Respuesta: 

A la n. 1

La afirmación «Jesús (psce) es Dios» debe evitarse, puesto que si es usada de forma genérica y sin los matices necesarios, puede fácilmente llevar al error.

La Iglesia desarrolló y formuló su concepción de la verdadera naturaleza de Jesucristo del siguiente modo: «La segunda Persona de la Trinidad, el Hijo del Padre, su Palabra (Lógos) divina, que poseía desde la eternidad la única naturaleza divina que el Padre comunica, asumió en el tiempo una naturaleza humana de María como algo totalmente propio de sí mismo. Así, Cristo posee una naturaleza divina y una naturaleza humana sin confusión ni separación, en la unidad de la misma Persona divina, por la que él es verdaderamente Dios y hombre, un misterio de fe en su sentido más estricto. Su ser, por consiguiente, no tiene nada en común con la idea mitológica de Dios que se aparece en la tierra disfrazado de ser humano (excepto, quizá, que colma el anhelo humano de la cercanía de Dios, que se conserva en el mito y que solo un ateo puede pensar con recelo). Por una parte, nos encontramos con la historicidad de Jesús y la incomunicabilidad del único Dios infinito, cuya Palabra, que verdaderamente existe como Dios, asumió una realidad verdaderamente humana sin menoscabarla; por otra parte, nos encontramos con una multitud de dioses que son personificaciones de fuerzas particulares dentro del mundo, se encuentran en oposición entre sí y no "aparecen" en ningún lugar concreto. Y puesto que Jesús no es un ser intermedio entre Dios y el hombre [...], la doctrina de la encarnación no exige desmitificarse, en la medida en que creemos, incluso hoy, que existe el Dios vivo y verdadero y el hombre verdadero, que poseen una relevancia eterna, con algo o con todo lo que tienen en común. Las imágenes de tales expresiones, que pueden interpretarse erróneamente en un sentido mitológico ("descenso", "vaciamiento", "sentado a la derecha de Dios", etc.), pueden ser correctamente entendidas por un cristiano formado. Tampoco la fe en la encarnación tiene nada que ver con las ideas concebidas a partir de las religiones orientales, pues en todas estas la "encarnación" es solo una señal pasajera que perece y, por consiguiente, puede siempre repetirse, mientras que en la Palabra hecha carne, el mundo creado, aun sin dejar de ser criatura, encuentra su validez definitiva y permanente» (voz «Jesucristo», en Rahner/Vorgrimmler, Diccionario teológico, Herder, Barcelona 1970).

Sobre esto, véase también lo que se dice en esta página web www.respuestasalislam.com, en la introducción al tema 2: «La divinidad de Jesús», y las preguntas y respuestas que se encuentran allí. Puede usar también la función de búsqueda. 

A la n. 2 

Jesús es el Hijo de Dios porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo del Padre. Como la Iglesia enseña a los cristianos en el credo, él es «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero,..., de la misma naturaleza del Padre».

Especificando, esto significa que Jesucristo, el Mesías, habla de Dios como no lo hace nadie más –directamente e íntimamente–. En todo cuanto dice o hace, es uno con el Padre. Conoce la voluntad de Dios. Por eso puede oponerse a los escribas o los doctores de la ley, que afirman poseer la autoridad de Dios y, al mismo, quieren restringir la libertad de las gentes, cuyo cuidado se les ha confiado, haciéndoles la vida más difícil.

Jesús acerca más a las personas a Dios. Cura a los enfermos, come con los publicanos [hombres que recaudaban los impuestos para el poder romano de ocupación y al mismo tiempo se ganaban así la vida. Con frecuencia, exigían más de lo debido. El pueblo los despreciaba y no quería tener relación alguna con ellos], y no evita a aquellos que, por su enfermedad, habían sido excluidos de la comunidad y de las celebraciones religiosas. A quienes pecaban, les ofrece el perdón en nombre de Dios, y les da la fuerza para cambiar de vida.

Muchos hombres y mujeres se encuentran con Jesús. Algunos preguntan: «¿Quién es este? ¿Es un profeta de Dios?». Otros se quedan maravillados y creen en él. Algunos preguntan favorablemente: «¿Quién le ha dado esta autoridad?». Otros dicen: «Blasfema contra Dios». Y otros preguntan concienzudamente: «Cuando el Cristo aparezca, ¿hará señales más grandes que las que ha hecho este hombre?» (cf. Juan 7,31).

Pero independiente de las opiniones que tienen sobre él, todos perciben que el misterio de su vida, palabras y acciones, tiene algo que ver con Dios.

Cuando el pueblo de Israel quería describir a alguien que tenía una especial cercanía a Dios, decía que era el «hijo de Dios». Y, puesto que él había elegido al pueblo, Dios llama a todo Israel «mi primogénito» (Éxodo 4,22). Y los reyes, que gobernaban al pueblo como representantes de Dios, también oían estas palabras en el día de su entronización: «Tú eres mi hijo» (Salmo 2,7). Pero cuando nosotros decimos «Jesús es el Hijo de Dios», queremos decir mucho más que todo lo anterior. Pues Jesús es Dios mismo, el Hijo de Dios. Y, de hecho, no hay nada en nuestro mundo humano que pueda compararse a su relación con el Padre. Los evangelistas lo dejan claro cuando relatan en los Evangelios que Dios mismo declaró a Jesús su «Hijo amado» en dos momentos fundamentales de su vida terrena. El primero aconteció tras su bautismo en el Jordán, antes de comenzar su vida pública (Marcos 1,9-11). El segundo sucedió en su transfiguración en el monte, antes de encaminarse a Jerusalén, para sufrir y morir allí (Marcos 9,2-10).

Cuando Pedro, el primero de los apóstoles, declara: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», Jesús le replica: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! porque no te lo ha revelado nadie de carne y sangre, sino mi Padre del cielo» (Mateo 16,16-17).

 Dice Jesús a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino tenga vida eterna» (Juan 3,16).

Y ¿cómo se sabe que somos cristianos? Responde san Pablo: «Si confiesas con la boca que Jesús es Señor, si crees de corazón que Dios lo resucitó de la muerte, te salvarás» (Carta a los Romanos 10,9).

A la n  3. 

 

 

En la tradición cristiana, Jesús no es solamente un profeta entre los numerosos profetas de Dios, sino el Profeta, la autocomunicación divina de Dios y la expresión de este misterio en su persona. Aunque en la persona de Cristo ha llegado a su plenitud la revelación divina, los profetas continúan teniendo una función en la Iglesia, porque , una y otra vez, hay en ella personas que son enviadas por Dios para dar testimonio personal del Padre y del Hijo a la luz del Espíritu Santo (cf. Mateo 18,13-16; Marcos 8,27-30; Lucas 9,18-21).

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