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Pregunta 265:

He tenido una conversación sobre por qué los cristianos no practican el Antiguo Testamento.  Se me ha respondido que solo hay que amar a Dios y al prójimo, y que de este modo se cumplen todos los demás mandamientos. ¿Qué significa esto? ¿Cómo puede alguien decir que no necesita seguir lo que dijeron los profetas anteriores cuando Jesús mismo nos dijo que había venido a cumplir la revelación comunicada por los profetas? Además, Jesús seguía también lo que habían revelado ellos, por ejemplo, con respecto a la oración, la comida, etc. ¿Qué puede decir sobre este asunto?

 

Respuesta: 

Su pregunta concierne a una cuestión esencial de la doctrina católica, a saber, ¿qué valor permanente tiene la Antigua Alianza, y, por lo tanto, el Antiguo Testamento, para la fe y la doctrina cristiana?

 

En el Evangelio de Mateo (19,16), leemos que un día se le acercó un joven a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para alcanzar vida eterna?». Jesús le replicó: «Si quieres entrar en la vida guarda los mandamientos».  De este modo, Jesús nos enseñó que los mandamientos de Dios señalan el camino de la vida a los hombres y las mujeres, y los conducen a ella. En la Antigua Alianza, Moisés dio al pueblo los diez mandamientos de Dios, es decir, el decálogo. Jesús, el Hijo de Dios y plenitud de la revelación, nos da ahora de nuevo estos mandamientos. Los confirma definitivamente y nos los presenta como el camino y la condición de la salvación. La persona que cumple los mandamientos obtiene la vida eterna –que consiste en compartir la auténtica vida de Dios mismo–. Esta participación solo se logra tras la muerte, pero, en la fe, es ya la luz de la verdad y la fuente de sentido de nuestra vida. Ya estamos comenzando a participar en la plenitud de esta verdad y sentido gracias a nuestra unión con Jesús, en quien creemos y cuyas enseñanzas cumplimos.

 

La plenitud de la Ley

El joven del Evangelio que se acercó a Jesús, preguntándole qué obras buenas tenía que hacer, también lo hizo porque Jesús mismo es la plenitud de la Ley. Él mismo nos dio su Espíritu, que nos une a él y nos hace semejantes a él –ayudándonos a actuar de acuerdo con su voluntad–.

Sobre el mandamiento de Jesús, dice él mismo:

«Quien conserva y guarda mis mandamientos, ese sí que me ama. A quien me ama lo amará mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Juan 14,21).

En los libros del Antiguo Testamento hay muchos mandamientos y preceptos. Todos ellos nos dicen lo que a Dios le importa y cómo podemos vivir una vida que le sea grata.

Los maestros y los hombres santos de Israel le hacen la siguiente pregunta a Jesús: «¿Hay un mandamiento que sea más importante que todos los demás, uno que los incluya y los resuma?».

Es decir, preguntan por un modo sencillo de explicar qué debe hacer una persona para heredar la vida eterna con Dios. Los maestros judíos solían buscar en los libros sagrados para encontrar ciertos principios básicos de este tipo. Así que no sorprende que los maestros judíos del tiempo de Cristo quisieran saber qué pensaba del tema el maestro de Nazaret. Jesús unió dos frases del Antiguo Testamento para formar un solo mandamiento.

Dijo Jesús:

«Le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. Éste es el precepto más importante; pero el segundo es equivalente: Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mateo 22,37-39).

Este mandamiento, que Jesús presenta como el fundamento de todos los demás, contiene un programa para toda la vida. La persona que ama a Dios, deja de temer el castigo de Dios todopoderoso. Esta persona puede confiar en Dios y mantenerse fiel a él –aun cuando haya sido aplastada totalmente, como Job, y no pueda entender la acción de Dios. Sabe que puede contar con el amor de Dios aun cuando se haya extraviado, como pone de relieve la parábola del hijo pródigo en el Evangelio de san Lucas. El hombre que ama a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente, heredará la vida eterna. Fortalecida por este amor, la persona que se compromete en el servicio a los demás y lucha contra el odio y la desconfianza, el miedo y la desesperación –el que se compromete por amor–, es quien verdaderamente sirve a Dios y a sus semejantes. Al actuar así, esta persona asume su auténtica estatura como hombre o mujer, como también sus relaciones interpersonales. Este es el tipo de amor que abarca todo –a Dios, al prójimo y a uno mismo–.

Dios nos amó primero

«Cuando pecamos, tú no nos dejar caer completamente.

Cuando caemos, tú nos ayudas de nuevo.

Cuando nos arrepentimos, tú vienes a nuestro encuentro.

Cuando dudamos, tú nos comunicas tu palabra.

Cuando nuestros pecados nos aplastan, tú nos tomas en tus brazos.

Cuando creemos, tú nos salvas del juicio.

Cuando morimos, tú nos llamas a la vida.

Por eso podemos amarnos los unos a los otros».

 

Los diez mandamientos

Después de liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto y de conducirlo hacia la libertad, hacia la tierra prometida, Dios le propuso hacer una alianza con él de la que dependería el futuro del pueblo de Israel:

«Vosotros habéis visto lo que hice a los egipcios, os llevé en alas de águila y os traje a mí;  por tanto, si queréis obedecerme y guardar mi alianza, entre todos los pueblos seréis mi propiedad, porque es mía toda la tierra. Seréis un pueblo sagrado, un reino sacerdotal» (Éxodo 19,4-6). 

El recuerdo mantenido por Israel de la alianza que Dios hizo con su pueblo en el monte Sinaí, en el desierto, es una tradición sagrada. Las condiciones de esta alianza –los diez mandamientos– se escribieron en dos tablas de piedra y se guardaron en el arca de la alianza. Constituyen un compromiso para todo momento. De hecho, el pueblo de Israel entendió bien que estos mandamientos, dados por Dios a su pueblo, se fundamentan en el amor. Dios quiere que todos los hombres y mujeres lleguen a ser como él, es decir, a ser como Dios que ama. 

 

« Porque el precepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable; no está en el cielo, no vale decir: ¿Quién de nosotros subirá al cielo y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos?; ni está más allá del mar, no vale decir: ¿Quién de nosotros cruzará el mar y nos lo traerá y nos lo proclamará para que lo cumplamos? El mandamiento está a tu alcance: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo» (Deuteronomio 30,11-14).

El primer mandamiento

No tendrás dioses extraños delante de mí

El segundo mandamiento

No tomarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano

El tercer mandamiento

Recuerda mantener santo el día de sábado

El cuarto mandamiento

Honra a tu padre y a tu madre

El quinto mandamiento

No matarás

El sexto mandamiento

No cometerás adulterio

El séptimo mandamiento

No robarás

El octavo mandamiento

No darás falso testimonio contra tu prójimo

El noveno mandamiento

No desearás a la mujer de tu prójimo

El décimo mandamiento

No codiciarás los bienes de tu prójimo

Los mandamientos de Dios son igualmente válidos para todos. Los vinculan a Dios, protegen los derechos de cada uno y salvaguardan la paz de la comunidad. Todo ser humano puede y debería orientarse por ellos. Pues los mandamientos de Dios no son simplemente un catálogo de normas y reglas impuesto al hombre desde fuera de sí mismo, sino que responden a nuestra verdadera naturaleza y respetan nuestra dignidad humana.

«Dios hace posible por su gracia lo que manda» (CatIglCat n. 2082). 

Escribe san Pablo a los cristianos de Roma:

«No tengáis deudas con nadie, si no es la del amor mutuo. Pues el que ama al prójimo tiene cumplida la ley. De hecho, el no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro precepto, se resume en éste: Amarás al prójimo como a ti mismo. Quien ama no hace mal al prójimo, por eso el amor es el cumplimiento cabal de la ley»  (Carta a los Romanos 13,8-10).

 

(Adaptación de I BELIEVE. A Little Catholic Catechism, Church in Need, 2004, pp. 150-159.)

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