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Pregunta 282:

¿Por qué decidió Dios convertirse en un ser humano mortal en Jesús y permitió además que se le matara mediante la crucifixión?

 

Respuesta:

Lea en primer lugar los siguientes textos de la página web: Tema 2, Partes III y IV, y Preguntas y Respuestas nn. 12, 97 y 249. Esta pregunta concierne al centro de la fe cristiana. En efecto, su respuesta se encuentra en el horizonte de la fe, a saber, en la encarnación de Dios en Jesús de Nazaret. Esta fe se fundamenta en la experiencia relativa a la vida y la enseñanza de Jesús que se les otorgó a los cristianos desde el tiempo de los apóstoles hasta hoy. Su testimonio determinante se encuentra en los textos del Nuevo Testamento interpretados por la Iglesia. 

La autocomunicación de Dios en Jesús de Nazaret

Jesús de Nazaret fue totalmente un ser humano, «semejante en todo a nosotros menos en el pecado» (Hebreos 2,17). Era plenamente consciente de su relación con Dios. Le pide, «con poderoso clamor y lágrimas», que le sostenga en su muerte (cf. Hebreos 2,17). Pero, al seguir la historia de fe de su pueblo, se le concede confiar en Dios como Padre amantísimo, esperar en su reino y, por esta confianza esperanzada, dedicarse a los seres humanos, sobre todo a los pobres, los pequeños, los enfermos y los pecadores. Con este comportamiento de Jesús es Dios mismo quien actúa de un modo único; en efecto, Jesús sabe que procede de Dios y que por él ha sido obsequiado. En todo cuanto dice y hace Jesús remite a Dios como principio de su acción y de su vida (cf., por ejemplo, Mateo 12,28; Marcos10,18; Lucas 17,18; Juan 17,2s). Por eso, a quienes se comprometen con su vida y acción con Jesús se les revela en el comportamiento de él Dios mismo, aprenden, mediante él, a confiar en Dios como Padre amoroso que sale al encuentro de quienes se pierden y les ofrece su amor reconciliador. Así, a través de Jesús reciben la comunión con Dios mismo y son alentados a reconciliarse unos con otros.

El comportamiento de Jesús, es decir, su confianza esperanzada y su amor, alcanza una radicalidad definitiva en su sufrimiento y su muerte. Aunque se siente abandonado por Dios, confía, no obstante, en él, en su Padre. A pesar de estar al final de sus posibilidades, espera, sin embargo, que Dios traiga el reino esperado mediante la acción de su espíritu. Aunque es abandonado y condenado por los seres humanos, no se deja inducir al mal, sino que pide con amor por quienes le crucifican. Tras su muerte sus discípulos comprenden mediante la acción del espíritu divino en la experiencia pascual que en Jesús crucificado se ha revelado efectivamente Dios mismo de un modo radical e insuperable. Puesto que ya Jesús sabía que dependía absolutamente de la intervención de Dios precisamente durante su sufrimiento, en su amor lleno de confianza y de esperanza se manifiesta Dios mismo como el amante. En la entrega de Jesús a favor de los seres humanos se revela que Dios mismo se entrega también a favor de ellos, para que en un mundo no reconciliado y desgarrado se reconcilien los seres humanos consigo mismos y entre sí, y, así, se salven (cf. 2 Corintios 5,18ss). Pero esta entrega de sí mismo es insuperable, pues no es posible ir más allá de darse a uno mismo, tampoco en el caso de Dios. Dios expresó en Jesús la radicalidad de su amor. De ahí que el Nuevo Testamento pueda definir el ser mismo de Dios afirmando que «Dios es el amor» (1 Juan 4,8.16). Y Jesús, en quien se manifiesta este «ser» de Dios, es descrito como la «imagen de Dios invisible» (Colosenses 1,15). «Amando hasta el extremo» (Juan 13,1), Jesús revela plenamente el misterio mismo de Dios: entregarse por amor.

Dicho brevemente: Dios se hace ser humano porque nos ama incondicional y absolutamente. En Jesús mantuvo su amor por los seres humanos también en el rechazo de su Hijo por nosotros, los pecadores, un rechazo que condujo al sufrimiento y a la muerte en la cruz, que, sin embargo, fue vencida definitivamente mediante la resurrección y el envío del Espíritu Santo.

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J. Prof. Dr. T. Specker,
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