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Pregunta 285:

Si Jesús era realmente perfecto, ¿por qué se comportó violentamente en el templo? ¿No es calificado como el modelo absolutamente perfecto de la paz y de la no violencia?

 

Respuesta: 

La pregunta se refiere concretamente a la consecuencia y la claridad de la acción de Jesús, a saber, cómo aquel que predica el amor al prójimo y a los enemigos echó del templo con semejante ira no solo a los bueyes y las ovejas, sino también a quienes los vendían, usando para ello un «látigo con cuerdas» (Juan 2,14-17). De este drástico detalle del látigo espontáneamente trenzado nos informa al menos Juan (Juan 2,14-17). Los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) narran de forma más general que él expulsó del lugar sagrado a los vendedores de animales y a los cambistas (que cambiaban, con el beneficio consiguiente, la moneda propia por la que estaba permitida para pagar el impuesto al templo).

En primer lugar, no debe confundirse el amor a los enemigos, que renuncia conscientemente a superar la injusticia mediante la violencia, con catalogar indiferenciadamente como buenas todas las acciones de los seres humanos. Ver siempre en el enemigo al ser humano amado por Dios con su dignidad permanente no significa que uno no se indigne contra la injusticia y la soporte en silencio. Por consiguiente, el «celo» de Jesús no está en contradicción con su amor al enemigo. Sin embargo, no es menos cierto que ejercer la violencia contra las personas es algo que no puede remitirse a la voluntad de Dios. En consecuencia, en todos los milagros que se nos cuentan que realizó nunca encontramos uno de castigo –en la única maldición profética que pronunció se dirigió a la higuera–.

De ahí que tengamos que entender correctamente la purificación del templo. ¿De qué se trata? No se trata de ninguna prescripción ética y moral, es decir, no es un «modelo» sobre cómo debemos tratar el abuso de los espacios religiosos (del templo) o el aprovechamiento de los rituales religiosos para lucrarse. Jesús no quiere aquí regular los aspectos sobre el funcionamiento económico del culto del templo ni comunicar cómo comportarse en el futuro con los comerciantes que hacen de la religión un negocio. En contra de estas interpretaciones se dice además que Jesús no quiso «purificar» el gran edificio del templo. Más bien, quiso realizar una «acción en templo» que provocara escándalo y provocación. Por consiguiente, se trata de una acción simbólica. En cuanto acción simbólica es muy improbable que golpeara o hiriera a alguien, lo cual estaría en flagrante contradicción con todas las acciones proféticas realizadas por los profetas. Con ella quiere expresar Jesús su pretensión mesiánica: él tiene el derecho a intervenir en el desarrollo del culto del templo, porque con él ha comenzado el señorío de Dios sobre Jerusalén, sobre Israel y sobre todos los pueblos. Así pues, por una parte, se comporta aquí en continuidad con los profetas del Antiguo Testamento y muestra la necesaria relación que debe existir entre el culto del templo y una sociedad justa: el templo no es una «cueva de ladrones, sino una casa de oración para los pueblos» (Marcos 11,17). Y, por otra, se comporta como el Mesías, que señala que ahora ha comenzado el tiempo esperado por Israel, el tiempo del señorío de Dios.

Finalmente, en una lectura más detallada de esta acción simbólica de Jesús puede reconocerse una particularidad que es típica de él. Sorprende, en efecto, que Jesús expulse a los vendedores de ovejas y de bueyes, pero no se dice nada sobre los vendedores de palomas (Juan 2,16). Estos serían los más pobres de los beneficiarios del culto del templo y venderían su mercancía a quienes no podían permitirse ningún otro animal para el sacrificio. Sin calificar de buena su acción, Jesús tiene con ellos, no obstante, una especial cercanía. La justicia de Dios, que Jesús encarna en su vida y su acción, está vinculada inseparablemente con una especial atención a los pobres.

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J. Prof. Dr. T. Specker,
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