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Pregunta 286:

¿Cómo explica la doctrina católica sobre la transformación del pan (la forma) en el «cuerpo de Cristo» en la celebración de la eucaristía? ¿No se hace la forma de harina de trigo común?

 

Respuesta:

La forma está hecha de harina y agua, y toda investigación científica lo confirmará. El celebrante ora en el ofertorio, durante la celebración eucarística, con las siguientes palabras: «Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos; él será para nosotros pan de vida». Se trata tanto de una referencia a la antigua oración litúrgica judía de la bendición sobre la comida, como también de un reconocimiento del hecho de lo que se ofrece es pan.

La transformación de la forma en el «cuerpo de Cristo» está, por consiguiente, esencialmente unida a la oración (no es magia) y es una realidad espiritual (no mensurable científicamente).

Con la oración se expresa que los hombres no hacen nada aquí; todo acontece reconociendo la debilidad humana. El orante se entrega completamente a Dios. Los cristianos creen que la eucaristía es la obra de Dios y que ellos participan en ella como un regalo de Dios.

«Realidad espiritual» significa mucho más que una pura «realidad intelectual». La realidad espiritual quiere decir que las cosas y los seres humanos pueden aparecer bajo una luz nueva cuando se ven desde Dios. Su ser se transforma: donde había pecadores ahora hay personas liberadas de la culpa y de su carga. Donde antes estaban afligidos por la enfermedad ahora están sanos y capacitados para una esperanza nueva. Esto se hace más evidente en la cruz: donde desde la perspectiva humana solo puede reconocerse muerte y sufrimiento, Dios lo contempla como vida nueva, como resurrección. Aplicándolo al pan y al vino podemos decir que allí donde el ser humano ve (saborea, siente) pan y vino está la presencia real de Jesucristo. El Catecismo de Adultos de la Conferencia Episcopal Alemana lo expresa así:

«La realidad es más que lo que solamente puede cogerse, medirse y calcularse. La presencia de Cristo afecta a la esencia (sustancia) del pan y del vino que no es accesible a la experiencia humana. El pan y el vino pierden en la eucaristía su ser y sentido naturales como alimento corporal y reciben un nuevo ser y sentido. Ahora son signos plenamente reales de la presencia personal y de la donación personal que hace Jesucristo de sí mismo» (Katholischer Erwachsenenkatechismus, p. 351). 

Esta realidad no es solamente real, sino también eficaz. Por eso habla la Iglesia del «sacrificio» de la eucaristía. Por sacrificio no entendemos que haya que «apaciguar» a un Dios iracundo con pan y vino. El sacrificio significa en este contexto que en la transformación del pan y del vino en la presencia real de Jesucristo se hace realmente presente lo que Jesús era esencialmente –a saber, el amor de Dios por nosotros–, y esto transforma a los seres humanos. Así como nos sentimos personas completamente diferentes cuando de repente alguien nos mira con amor, así acontece aún mucho más en la eucaristía con respecto a Dios: puesto que en los signos del pan y del vino está realmente presente el amor de Dios, puedo verme inmediatamente como una persona nueva –como alguien que es amado por Dios–.

Pero ¿por qué no puedo confiar en que esto sea realmente así?  La eucaristía nos remite a dos experiencias de los primeros discípulos con Jesús: el encuentro con el Resucitado y la última cena. La experiencia de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos fue un suceso desconcertante, e incluso aterrador, para los primeros seguidores del camino de Jesús. No sabían qué decir sobre ella o si debían confiar en ella; en efecto, al principio no entendían en absoluto qué estaba pasando exactamente. «Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz sea con vosotros”. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: “¿Por qué os turbáis? ¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón?”» (Lucas 24,36-38). Este temor es fácil de entender, pues creemos que estos sucesos no son obra humana sino obra de Dios. Antes de que Jesús, el Mesías, se entregara a la muerte en cruz, había celebrado, al parecer, un banquete pascual normal en la tradición y la cultura judías (Mateo 26,26-30; Marcos 12,22-24; Lucas 22,14-23). Bendijo el pan, lo repartió, y celebró con sus discípulos, que eran sus amigos, la liberación del pueblo elegido por Dios. Pero también dijo en esta ocasión: «Haced esto en memoria mía» (Lucas 22,19). En el sacrificio de su cuerpo y sangre en la eucaristía nos ofrece Jesús la plenitud de la relación con Dios. Esta fue la dimensión adicional con la que se elevó esta sencilla comida comunitaria, que los cristianos entienden como eucaristía, que celebran en acción de gracias cuando se reúnen en la misa dominical (cf. 1 Corintios 11,23-26).

Después de resucitar Jesús se aparece a dos discípulos suyos abatidos que se encontraban en el camino de Jerusalén hacia el pueblo cercano de Emaús (Lucas 24,13-35). Al principio –al parecer durante un tiempo considerable– no le reconocieron. Solo cuando se sentaron los tres para comer y Jesús tomó el pan, lo partió, lo bendijo y se lo dio, le reconocieron inmediatamente, «al partir el pan» (Lucas 24,35). Lo que significa que para la fe cristiana la eucaristía es algo que los seres humanos celebran con los materiales creados de la naturaleza, pero el acontecimiento eucarístico no es creado por ellos, sino que, más bien, es Jesús quien nos regala la comunión consigo mismo. En efecto, el hecho de unirnos como «iglesia» en comunidad se debe precisamente a que esta es la comunidad en la que Jesús nos reúne. Él es para nosotros la garantía de nuestra relación con Dios Padre; él es el lazo que nos une. Y por eso decimos que cuando recibimos los dones eucarísticos estamos celebrando la comunión (comunidad) o que vamos a tomar la comunión, es decir, que podemos realizar profundamente mediante la celebración litúrgica de la eucaristía la comunión con Dios y con el prójimo.

En la última cena de Jesús con sus discípulos antes de su muerte, les regaló esta comida y les encargó celebrarla en memoria suya. No es sencillo el significado de la palabra «memoria»: «traer algo a la mente»; más bien significa hacer de nuevo presente este acto de la entrega de Jesús a su Padre y a sus discípulos. La palabra en griego es anámnesis, que traduce la raíz hebrea «z-k-r» o la aramea «d-k-r», que nos recuerda al término árabe «zikr». Lo que Jesús regaló a sus discípulos mediante y en esta comida era la comunión, la participación en lo que Dios quiere para toda la creación, a saber, nuestra vocación a vivir en armonía con su voluntad.

Nosotros creemos que toda la creación encontrará su realización definitiva en la unión o en la relación con Dios. Toda la creación está llamada a alabar a Dios y a comunicar su gloria. Para nosotros Jesús es la armonía más perfecta con el Padre celestial. Él es el «Hijo», porque es el que más está en comunión con Dios. Él transforma el sencillo pan, para que este sea como él mismo, para que sea lo que verdaderamente debe ser, algo que está en comunión con Dios y ofrece esta comunión a los demás. Lo que significa que, visto físicamente, el pan continúa siendo harina de trigo y agua, pero para nosotros es la comunión del cuerpo de Cristo, que proclama la gloria de Dios, y, por consiguiente, la meta verdadera de la creación.

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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