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Pregunta 299:

¿Desde qué momento tiene alma la persona? ¿Desde el momento de su concepción? ¿O existe con anterioridad a su concepción? A fin de cuentas, la doctrina enseña que el alma es inmortal.

 

Respuesta:

Comencemos clarificando qué entendemos por alma humana. Se trata de un término filosófico griego que los teólogos cristianos utilizaron para hablar de la dimensión exclusiva e individual del ser humano, que da la vida y que es la fuente de la conciencia, de la consciencia y de la voluntad. Aristóteles sostenía la existencia de un alma vegetal, un alma animal y un alma humana; el alma humana es aquella dimensión que nos diferencia del resto de las criaturas de Dios. El alma humana es la que da la vida al cuerpo terrenal y que está claramente ausente en la persona fallecida. No está limitada por el tiempo o la materia, de modo que podemos hablar de ella como eterna, más allá del tiempo, y, por tanto, inmortal, y espiritual en oposición a lo material. Su carácter eterno y espiritual nos permite tener una relación íntima con Dios y la vida eterna; también nos une en común humanidad con los demás hombres y mujeres. Se trata de la única y exclusiva dimensión que los seres humanos compartimos con Dios, y, por consiguiente, unos con otros. Nos capacita para hacer una opción eterna y fundamental por ser siervos amantes de Dios en nuestra vida terrenal y caminar firmemente por el sendero hasta el estado definitivo de ser «hijos o hijas» de Dios en la eternidad. En este sentido podemos comprender qué entendemos cuando hablamos de la inmortalidad del alma y, hasta donde alcanza nuestro conocimiento, de la preexistencia de nuestras almas antes de que den vida a nuestros cuerpos mortales. También podemos entender la posibilidad y la impresionante consecuencia potencial de rechazar fundamentalmente nuestro estatus dado por Dios y orientado hacia él como portadores de esta dimensión eterna. Algunos escritores cristianos hablan, con gran acierto, del alma como «un destello de la luz divina» dentro de cada uno de nosotros, y así entenderemos la radical oscuridad que seguirá si lo extinguimos por un rechazo fundamental a la relación con Dios, la fuente de esa luz.

Desconocemos el momento exacto de la llegada del alma al cuerpo. Como el don definitivo de la vida, podemos reformular esta pregunta del siguiente modo: ¿cuándo comienza la vida humana? Aristóteles, dados los límites de observación disponibles en su época, decía que el ser humano recibía el alma en torno a los ciento veinte días del embarazo. Es más o menos el tiempo en el que se ha formado completamente el feto y la madre puede experimentar el movimiento independiente de un niño en su seno. Esta indicación sobre el comienzo de la vida humana fue sostenida por los teólogos cristianos y los científicos hasta el período moderno, cuando el desarrollo del conocimiento científico nos hizo comprender que no era una cuestión tan simple. Aristóteles pensaba que el varón era la parte activa, depositando la semilla fértil en una mujer pasiva, que era el semillero en el que aquella se desarrollaba. La moderna ciencia genética deja claro que ambas partes contribuyen por igual a la formación genética del niño. Esta unidad genética única, que se desarrollará en uno o más seres humanos, existe desde el momento de la concepción, razón por la que algunos especialistas sostienen que este es el momento en el que comienza la vida humana; al hablar de seres humanos únicos, podemos decir que ha llegado el alma eterna. Este momento de la concepción representa la «opción más segura» pues es el momento más temprano para que pueda comenzar la vida humana, pero la complejidad de la cuestión se hace clara cuando pensamos en que una importante proporción de óvulos fertilizados pasan por el cuerpo de la mujer sin desarrollarse nunca como seres humanos. Este hecho ha llevado a que otros especialistas remitan a momentos posteriores para afirmar el comienzo de una vida humana verdadera: el momento en el que el óvulo fertilizado se aloja en el útero,  el momento cuando se inicia la división celular, el establecimiento de la «línea primitiva» (solo en esta fase sabemos si el embarazo conducirá al nacimiento de uno o de más seres humanos), o el momento en el que la vida independiente es posible fuera del útero, o, incluso, el momento en el que el ser respira como signo de una vida independiente. En todo caso, la complejidad científica no elimina el punto fundamental, a saber, que es esa dimensión humana única que llamamos «el alma» lo que nos constituye como seres humanos y nos sitúa en una relación eterna con Dios.

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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