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Pregunta 116:

Podemos entender que seáis hostiles a los musulmanes, pero ¿por qué matasteis también a cristianos ortodoxos durante las cruzadas? ¿Por qué los odiabais? (TR)

 

Respuesta: No podemos negar que en el pasado las relaciones entre cristianos y musulmanes han estado frecuentemente marcadas por acciones y pensamientos hostiles. En el documento Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (Nostra aetate, n. 3), la Iglesia declaró pública y vinculantemente para todos los católicos que La Iglesia mira también con aprecio a los musulmanes, que adoran al único Dios vivo y subsistente, misericordioso y omnipotente, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres. En respuesta a la segunda parte de la pregunta, deberíamos recordar lo siguiente. Los cruzados católicos conquistaron y saquearon Constantinopla en 1204. En aquellos días, la ciudad era el centro del mundo greco-ortodoxo. La capital del imperio bizantino nunca se recuperaría de este golpe y en 1453 sería conquistada por los otomanos.

 

El viernes santo de 2000, el Papa hizo una confesión pública de los pecados cometidos contra la unidad del cuerpo de Cristo:

 

Un representante de la Curia Romana (el cardenal Roger Etchegaray, presidente del Comité para el Gran Jubileo del año 2000) lee la introducción:

Oremos para que el reconocimiento de los pecados que han lastimado la unidad del Cuerpo de Cristo y herido la caridad fraterna, allane el camino hacia la reconciliación y la comunión de todos los cristianos. Oración en silencio.

 

El Santo Padre:

Padre misericordioso, la víspera de su pasión tu Hijo oró por la unidad de los que creen en él: ellos, sin embargo, en contra de su voluntad, se han enfrentado y dividido, se han condenado y combatido recíprocamente. Imploramos ardientemente tu perdón y te pedimos el don de un corazón penitente, para que todos los cristianos, reconciliados contigo y entre sí en un solo cuerpo y un solo espíritu, puedan revivir la experiencia gozosa de la plena comunión. Por Cristo nuestro Señor.

 

R. Amén.

 

Posteriormente, durante su visita a Atenas los días 4 y 5 de mayo de 2001, el Papa habló en su confesión de los errores de los hijos e hijas de la Iglesia que habían pecado.

 

Exponemos a continuación un breve repaso de los sucesos de 1204 y del papel del Papa Inocencio III y de la Iglesia Católica en su conjunto, al que se alude en la pregunta. Poco después de haber sido elegido Papa en 1198, Inocencio III (1198-1216) proclamó la que fue conocida como la cuarta cruzada, mediante la que se dirigía principalmente al clero y la pequeña nobleza de Francia como también de las ciudades costeras de Italia. En 1202, el margrave (o marqués) Bonifacio de Monferrato, Balduino VII de Flandes, el conde Luis von Blois y otros partieron del puerto de Venecia con rumbo hacia Egipto. Como impago por una deuda contraída, en contra de la voluntad del Papa, conquistaron la ciudad costera dálmata de Zara (la actual Zadar), que se había independizado de Venecia en 1186. Tras una petición de su hermano Isaac II, que había sido desterrado por su hermano el emperador Alejo III, y su hijo Alejo IV, cuñado del rey germano Felipe de Suabia, los cruzados se dirigieron contra Constantinopla, derrotándola y saqueándola en la primavera de 1204.

 

El 13 de abril de 1204, de acuerdo con un tratado firmado en marzo, Balduino fue elegido por Venecia y Franconia como emperador latino, creándose así una iglesia formalmente unida. Pero los griegos se opusieron a todo ello. La erección de un poder latino ocupó tanto a los cruzados que abandonaron su objetivo original.

 

Según los testigos oculares: el clero y los que contaban con la autorización papal dijeron a los cruzados antes del ataque decisivo que el que muriera en la batalla sería absuelto de todos sus pecados. Tras incendiar una tercera parte de la ciudad, los cruzados vendieron a miles de sus habitantes como esclavos, violaron a las mujeres y asesinaron a muchos de ellos; esquilmaron la ciudad y saquearon y profanaron sus iglesias. El rey Balduino, recién consagrado por los latinos, informó entusiasmado sobre los milagros de la conquista y cómo la mano del Señor había logrado todo esto; el Papa respondió diciendo: Nos alegramos en nuestro Señor y en el poder de su fuerza,… porque él… ha tenido a bien realizar estos milagros a través de tu mano…para gloria y engrandecimiento de la Santa Sede y para el regocijo de toda la cristiandad…

 

El teólogo greco-ortodoxo Anastasio Kallis describe lo que aún conmueve y aflige a la comunidad ortodoxa hasta el día de hoy: El instigador de esta impía cruzada, el Papa Inocencio III, quedó horrorizado ante la crueldad de los cruzados, que durante tres días saquearon palacios, iglesias, monasterios y casas, asesinaron indiscriminadamente, violaron a madres y religiosas, y, no obstante, les transmitió su enhorabuena e interpretó la destrucción del imperio bizantino y del patriarcado ecuménico por los latinos como un acontecimiento querido por Dios, que, de este modo, creaba la unidad de la Iglesia de acuerdo con su voluntad. El hecho es que el Papa impuso un patriarca latino en Constantinopla, que ejerció la autoridad en lugar del patriarca ortodoxo durante medio siglo, mientras que el patriarca ortodoxo y el emperador tuvieron que huir a Nikaia en Asia Menor. Este es el espinoso tema que aún pesa en las relaciones entre las dos iglesias.

 

El 4 de mayo de 2001, el Papa Juan Pablo II admitía en Atenas que algunos recuerdos son especialmente dolorosos y ciertos acontecimientos del pasado lejano han dejado profundas heridas en la mente y el corazón de la gente hasta nuestros días. Estoy pensando en la catastrófica conquista de la ciudad imperial de Constantinopla, que durante tanto tiempo fue el bastión de la cristiandad en el oriente. Fue realmente trágico que los asaltantes, que emprendieron su misión para asegurar a los cristianos un camino libre de obstáculos hasta Tierra Santa, se volvieran contra sus hermanos en la fe. El Papa prosiguió en los siguientes términos: Que el Señor nos conceda el perdón que le pedimos por las ocasiones del pasado y del presente en que los hijos e hijas de la Iglesia Católica han pecado de obra o de omisión contra sus hermanos y hermanas de la Iglesia Ortodoxa. Espontáneamente, el arzobispo ortodoxo de Atenas, Cristodulos, irrumpió con un aplauso; los demás obispos que estaban presentes se le unieron.

 

Estas fueron las palabras del Papa:

 

Deseo en primer lugar expresaros el afecto y la consideración de la Iglesia de Roma. Compartimos la fe apostólica en Jesucristo como el Señor y el Salvador; tenemos en común la herencia apostólica y el vínculo sacramental del bautismo, y, por tanto, somos todos miembros de la familia de Dios, llamada a servir al único Señor y a proclamar su evangelio al mundo. El Concilio Vaticano II llamó a los católicos a considerar a los miembros de las otras Iglesias como hermanos y hermanas en el Señor (Unitatis redintegratio, 3), y este vínculo sobrenatural de fraternidad entre la Iglesia de Roma y la Iglesia de Grecia es fuerte y permanente.

 

Es verdad que aún pesan sobre nosotros las controversias del pasado y del presente y los persistentes malentendidos. Pero pueden y deben superarse con un espíritu de caridad recíproca, pues es lo que el Señor nos pide. Evidentemente, necesitamos un proceso liberador de purificación de la memoria. Que el Señor nos conceda el perdón que le pedimos por las ocasiones del pasado y del presente en que los hijos e hijas de la Iglesia Católica han pecado de obra o de omisión contra sus hermanas y hermanos ortodoxos.

 

Algunos recuerdos son especialmente dolorosos y ciertos acontecimientos del pasado remoto han dejado profundas heridas en la mente y el corazón de la gente hasta nuestros días. Estoy pensando en la catastrófica conquista de la ciudad imperial de Constantinopla, que durante tanto tiempo fue el bastión de la cristiandad en el oriente. Fue realmente trágico que los asaltantes, que emprendieron su misión para asegurar a los cristianos un camino libre de obstáculos hasta Tierra Santa, se volvieran contra sus hermanos en la fe. El hecho de que fuesen latinos nos llena de amargura a los católicos. ¿Cómo no ver aquí el mysterium iniquitatis (es decir, el misterio del mal) activo en el corazón humano? Sólo a Dios pertenece el juicio y, por tanto, confiamos el pesado fardo del pasado a su misericordia infinita, implorando que cure las heridas que todavía hacen sufrir al pueblo griego. Debemos trabajar conjuntamente para curarnos si queremos que la Europa que actualmente está emergiendo sea fiel a su identidad, que es inseparable del humanismo cristiano, compartido por oriente y occidente.

 

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