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Pregunta 118:

¿Qué piensa del denominado Evangelio de Tomás? (TR)

 

Respuesta: Existen varios escritos apócrifos atribuidos a Tomás: los Hechos de Tomás; el Apocalipsis de Tomás; el Evangelio de la Infancia según Tomás, y, también, el Evangelio de Tomás.

 

En la teología cristiana damos el nombre de apócrifos a estos escritos que no se incluyeron en el canon de la Biblia, pero que bien por su título o su supuesto origen (en un personaje del Antiguo o del Nuevo Testamento) pueden reclamar o exigen que se les incluya en él. Los apócrifos del Nuevo Testamento –escritos normalmente en griego, y, posteriormente, en latín y en otras lenguas– siguen los tipos literarios del Nuevo Testamento: Evangelios (frecuentemente sólo se nos han conservado fragmentos), Hechos de los Apóstoles, epístolas y apocalipsis. La Iglesia universal no permitió nunca que estos escritos encontraran un lugar en el canon. La comparación con los libros canónicos ponen de relieve claras diferencias: con pocas excepciones, los apócrifos reflejan más la fantasía y la imaginación que la tradición histórica. Su importancia no reside en lo que contribuyen a aumentar nuestro conocimiento sobre la vida de Jesús y los tiempos de los apóstoles, sino en la posibilidad de descubrir el cristianismo de una época posterior y en un nivel muy diferente al de los grandes teólogos.

 

El Evangelio de Tomás, título mediante el que el lector se refiere probablemente al Evangelio de la Infancia de Tomás, no tiene ninguna relación con el Evangelio copto de Tomás, sobre el que hablaremos posteriormente. Constituye el principal exponente de los denominados evangelios de la infancia que nos cuentan la infancia de Jesús.

 

La popularidad de que gozó este Evangelio es evidente por las numerosas y variadas traducciones que se hicieron de él en griego, latín, sirio, etíope, árabe, georgiano y eslavo antiguo. También encontramos evangelios de la infancia en árabe y armenio que tomaron su material de las anteriores traducciones. Las diferentes versiones discrepan sustancialmente y ponen de manifiesto cómo el material se incrementó, se abrevió y en ocasiones cambió de contenido. Estos escritos están formados por relatos libremente unidos de la infancia de Jesús y terminan con su intervención en el Templo cuando tenía doce años, un dato que toman del Evangelio de Lucas. A pesar de la referencia a la edad de Jesús en algunos de los acontecimientos que se narran y la cita de Lc 2,52 al final, no existe en ellos un verdadero intento por describir el crecimiento o el desarrollo de Jesús. La intención del autor es presentar al niño Jesús como un verdadero portento. Frecuentemente, el Jesús que se nos presenta no tiene nada que ver con el personaje que encontramos en los Evangelios canónicos; al tiempo que hallamos relatos explícitos de curación, hay otros numerosos relatos que pertenecen al ámbito del folclore. Los que nos cuentan cómo Jesús modelaba pájaros de barro en el día de sabbath son inofensivos; otros lo presentan como propenso a la ira, la invectiva y la maldad. Hay que decir, sin embargo, que todas las víctimas de su maldad recuperan la salud y la integridad de sus miembros antes de que el relato termine. A la leyenda no le interesa principalmente la adolescencia y la juventud adulta de Jesús, es decir, la que va desde los doce años hasta los treinta cuando se presenta para bautizarse en el Jordán, sino los años previos al adolescente de doce años que nos presenta Lucas en su relato (Lc 2,41-52). Es precisamente este niño el que tiene que ser presentado como un portento. Todos los milagros que Jesús realiza posteriormente se anticipan en estos relatos de forma bastante obvia. Sin embargo, existe una importante diferencia entre estos milagros y los que se recogen en los Evangelios canónicos. En los primeros lo que cuenta es la apariencia exterior, es decir, no hay la menor intención de adaptarla a la imagen de Cristo. Si no fuera porque aparece el nombre de Jesús junto al término niño, nunca pensaríamos que estos cuentos del niño-Dios de carácter fuerte tratan de completar la tradición oral sobre Jesús. Podemos extraer un gran número de paralelismos con las leyendas de Buda o Krisna como también con todo tipo de cuentos de hadas. Cuanto más burdo e increíble sea el milagro, tanto más cuenta con el beneplácito del compilador, que ni siquiera cuestiona su autenticidad. El niño no sólo anticipa la actividad milagrosa del Jesús adulto, sino también su magisterio. Lo que Lucas nos cuenta de forma relativamente sobria sobre la actividad de Jesús en el Templo a sus doce años, llega lo grotesco, hasta el punto de que el niño no sólo posee toda la sabiduría de su tiempo, sino que pone en evidencia la ignorancia de los maestros con su profunda, y a veces oscura, erudición. No obstante la falta de buen gusto, de moderación y de discreción, debe decirse que el compilador de estas leyendas, que compuso el Evangelio de la Infancia de Tomás, posee talento para contar historias con una visión ingenua del mundo. Podemos comprobarlo, especialmente, en las escenas de la vida cotidiana del niño (véase A. de Santos Otero, Los Evangelios Apócrifos, BAC, Madrid 71991, pp. 279-300).

 

El Evangelio copto de Tomás

 

El Evangelio de Tomás, que originalmente se escribió en griego, se descubrió en su versión copta entre los papiros de Nag Hammadi, en el Alto Egipto, en 1945-1946. Actualmente se conserva en el Museo Copto de El Cairo. El original griego data aproximadamente del año 150, mientras que la versión copta, que contiene algunos añadidos, procede, más o menos, del año 400. En el título se dice que fue escrito por Dídimo Judas Tomás. A diferencia los Evangelios canónicos, que se fundamentan en una historia, este texto está formado por una serie de sentencias y discursos alegóricos atribuidos a Jesús. Algunos autores creen que en este Evangelio pueden encontrarse dichos del Señor que no se incluyeron en los Evangelios canónicos y que remiten a una tradición auténtica. El contenido en su conjunto no justifica las exageradas afirmaciones que se hicieron a su favor cuando se publicó por primera vez en 1959. Los papiros griegos Oxyrhynchus (nn.1, 654 y 655) conservaban fragmentos de un texto griego que coincide, aunque no rigurosamente, con la versión copta descubierta en Nag Hammadi. Sin embargo, esta obra parece tener un origen gnóstico (véase A. Piñero (ed.), Textos gnósticos, Trotta, Madrid 1999).

 

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