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Pregunta 121:

¿Seguís perdonando los pecados mediante limosnas o donaciones monetarias como era habitual durante la construcción de la basílica de San Pedro? (TR)

 

Respuesta a las dos preguntas: En ambas preguntas subyace un malentendido: se ignora la diferencia capital que la Iglesia hace entre pecado y castigo.

 

Necesitamos recordar brevemente los elementos básicos de la doctrina de la Iglesia sobre el pecado, la penitencia y la reconciliación. El Catecismo la Iglesia Católica resume su doctrina como sigue:

 

1485 En la tarde de Pascua, el Señor Jesús se mostró a sus Apóstoles y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).

1486 El perdón de los pecados cometidos después del Bautismo es concedido por un sacramento propio llamado sacramento de la conversión, de la confesión, de la penitencia o de la reconciliación.

1487 Quien peca lesiona el honor de Dios y su amor, su propia dignidad de hombre llamado a ser hijo de Dios y el bien espiritual de la Iglesia, de la que cada cristiano debe ser una piedra viva.

1488 A los ojos de la fe, ningún mal es más grave que el pecado y nada tiene peores consecuencias para los pecadores mismos, para la Iglesia y para el mundo entero.

1489 Volver a la comunión con Dios, después de haberla perdido por el pecado, es un movimiento que nace de la gracia de Dios, rico en misericordia y deseoso de la salvación de los hombres. Es preciso pedir este don precioso para sí mismo y para los demás.

1490 El movimiento de retorno a Dios, llamado conversión y arrepentimiento, implica un dolor y una aversión respecto a los pecados cometidos, y el propósito firme de no volver a pecar. La conversión, por tanto, mira al pasado y al futuro; se nutre de la esperanza en la misericordia divina.

1491 El sacramento de la Penitencia está constituido por el conjunto de tres actos realizados por el penitente, y por la absolución del sacerdote. Los actos del penitente son: el arrepentimiento, la confesión o manifestación de los pecados al sacerdote y el propósito de realizar la reparación y las obras de penitencia.

1494 El confesor impone al penitente el cumplimiento de ciertos actos de "satisfacción" o de "penitencia", para reparar el daño causado por el pecado y restablecer los hábitos propios del discípulo de Cristo.

1496 Los efectos espirituales del sacramento de la Penitencia son:

- la reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la gracia;

- la reconciliación con la Iglesia;

- la remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales;

- la remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia del pecado;

- la paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual;

- el acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano.

 

En íntima conexión con el sacramento de la penitencia encontramos la doctrina y la práctica eclesiales de las indulgencias. El Catecismo de adultos de la Conferencia Episcopal Alemana afirma lo siguiente:

 

La indulgencia es una remisión del castigo temporal de los pecados cuya culpa ya ha sido perdonada. La indulgencia presupone la conversión personal, la confesión de los pecados graves mediante el sacramento de la penitencia y, en el caso de indulgencia plenaria, la recepción de la comunión. A quienes realizan ciertas obras (en particular, la oración, la visita a un templo de peregrinación), la Iglesia les concede una indulgencia por la autoridad del tesoro de gracia de Jesucristo y de los santos.

 

En nuestro tiempo resulta difícil comprender tanto la doctrina como la práctica de la indulgencia. Para comprender mejor la doctrina debemos situarla en el contexto de sus raíces históricas y en el marco de su práctica. En general, la indulgencia ha existido, de una u otra forma, desde el comienzo de la Iglesia. Ciertamente, los aspectos específicos poseen una larga historia. En la Iglesia Antigua eran las peticiones del fiel, que había sufrido mucho por las persecuciones, las que jugaba un papel principal. Puesto que el castigo temporal se satisfacía entonces mediante los castigos impuestos por la Iglesia, durante un largo tiempo se hablaba de las indulgencias que oscilaban entre los 100 y los 500 días. La forma en que ha llegado hasta nosotros tuvo su origen en el siglo XI. A partir de la Alta Edad Media, la indulgencia se vinculó frecuentemente a ciertas obras de piedad: participar en una cruzada, peregrinar a los santuarios, hacer determinadas oraciones o bien obras de caridad. Entre estas destacaban la indulgencia de la Porciúncula, la indulgencia jubilar con ocasión de un Año Santo y la del día de Todos los Santos.

 

A menudo, estaba vinculada con donaciones económicas que se hacían a la Iglesia para sus fines. En particular, esta situación condujo en la Baja Edad Media a importantes quejas, que, en parte, fueron responsables del comienzo de la Reforma. En consecuencia, el Concilio de Trento (1545-1563) reformó sustancialmente la práctica de las indulgencias y remedió las quejas. Sin embargo, el Concilio sostenía que la indulgencia era una gran bendición para los cristianos, y, por tanto, condenó a quienes decían que no servían para nada o negaban el derecho que tenía la Iglesia a conceder indulgencias. No obstante, el Concilio de Trento exigió que la Iglesia actuara con moderación en la concesión de las indulgencias, de acuerdo con la tradición multisecular sancionada y excluyendo en particular toda idea de ganancia o beneficio. La doctrina de las indulgencias fue profundamente estudiada y actualizada para la era presente en la Constitución Apostólica del Papa Pablo VI de 1967.

 

Para entender más profundamente la doctrina de la indulgencia, que constituye el fundamento de su práctica, debe comprenderse en primer lugar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado lleva a una ruptura de nuestra comunión con Dios y, por tanto, a la perdida de la vida eterna (el castigo eterno), pero también daña y envenena las relaciones entre el ser humano y Dios y la vida del ser humano y de la comunidad humana (castigo temporal). Estos dos castigos no son dictados por Dios extrínsecamente, sino que se siguen de la propia naturaleza del pecado. El perdón del pecado y el restablecimiento de la comunión con Dios implican la remisión del castigo eterno, pero el castigo temporal perdura. Mientras que el cristiano soporta pacientemente los sufrimientos y las pruebas de todo tipo, cuando llega el día en que afronte serenamente su muerte, debe esforzarse por aceptar este castigo temporal del pecado como una gracia. En consecuencia, debe esforzarse por hacer obras de misericordia y de caridad, como también hacer oración y penitencia para desvestirse totalmente del hombre viejo y vestirse del hombre nuevo (Ef 4,22-24). La Iglesia ofrece al cristiano otro camino que puede tomar en la comunidad de la Iglesia que es comunidad de creyentes que comparte los dones de la gracia otorgados por Jesucristo. El cristiano que anhela purificarse del pecado y hacerse santo con la ayuda de la gracia de Dios no está solo. Está unido al cuerpo de Cristo. En Cristo, todos los cristianos forman una amplia comunidad de solidaridad: Si un miembro sufre, todos sufrimos con él (1 Cor 12,26). Este maravilloso intercambio de bienes salvíficos que Jesucristo y, con la ayuda de su misericordia, y los santos han obtenido para nosotros constituye el tesoro de la Iglesia. Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer a obras de piedad, de penitencia y de caridad. Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1478-1479).

 

Recogemos otro fragmento del Catecismo sobre este particular:

 

En la comunión de los santos

 

1474 El cristiano que quiere purificarse de su pecado y santificarse con ayuda de la gracia de Dios no se encuentra solo. "La vida de cada uno de los hijos de Dios está ligada de una manera admirable, en Cristo y por Cristo, con la vida de todos los otros hermanos cristianos, en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, como en una persona mística" (Pablo VI, Const. ap. Indulgentiarum doctrina, 5).

1475 En la comunión de los santos, por consiguiente, "existe entre los fieles, tanto entre quienes ya son bienaventurados como entre los que expían en el purgatorio o los que que peregrinan todavía en la tierra, un constante vínculo de amor y un abundante intercambio de todos los bienes" (Ibíd). En este intercambio admirable, la santidad de uno aprovecha a los otros, más allá del daño que el pecado de uno pudo causar a los demás. Así, el recurso a la comunión de los santos permite al pecador contrito estar antes y más eficazmente purificado de las penas del pecado.

1476 Estos bienes espirituales de la comunión de los santos, los llamamos también el tesoro de la Iglesia, "que no es suma de bienes, como lo son las riquezas materiales acumuladas en el transcurso de los siglos, sino que es el valor infinito e inagotable que tienen ante Dios las expiaciones y los méritos de Cristo nuestro Señor, ofrecidos para que la humanidad quedara libre del pecado y llegase a la comunión con el Padre. Sólo en Cristo, Redentor nuestro, se encuentran en abundancia las satisfacciones y los méritos de su redención " (Indulgentiarum doctrina, 5).

 

Esto significa que la concesión de indulgencias como pago por limosnas y donativos para buenas causas quedó abolida por ley canónica, al menos, desde el Concilio de Trento (1545-1563).

 

En la bula de la convocación del Gran Jubileo del año 2000, Incarnationis mysterium, de 29 de noviembre de 1998, encontramos una detallada información sobre este asunto. Puede ser suficiente con citar el siguiente párrafo:

 

Esta doctrina sobre las indulgencias enseña, pues, en primer lugar « lo malo y amargo que es haber abandonado a Dios (cf. Jr 2, 19). Los fieles, al ganar las indulgencias, advierten que no pueden expiar con solas sus fuerzas el mal que al pecar se han infligido a sí mismos y a toda la comunidad, y por ello son movidos a una humildad saludable ».(18) Además, la verdad sobre la comunión de los santos, que une a los creyentes con Cristo y entre sí, nos enseña lo mucho que cada uno puede ayudar a los demás —vivos o difuntos— para estar cada vez más íntimamente unidos al Padre celestial.

 

Apoyándome en estas razones doctrinales e interpretando el maternal sentir de la Iglesia, dispongo que todos los fieles, convenientemente preparados, puedan beneficiarse con abundancia, durante todo el Jubileo, del don de la indulgencia, según las indicaciones que acompañan esta Bula (ver decreto adjunto) (n. 10).

 

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J. Prof. Dr. T. Specker,
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