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Pregunta 132:

¿Se transformó repentinamente el Dios que convocaba a su pueblo a matar en el Dios que llamaba a amar a sus enemigos gracias a Jesús? (TR)

 

Respuesta: El relato bíblico presenta una evolución sobre la cuestión de si es legítimo matar al prójimo como también sobre el significado religioso y ético de la guerra y de la violencia militar. Dios hace posible que su pueblo vaya discerniendo cada vez con mayor claridad los contornos de su voluntad, que alcanza la perfección en la vida y la enseñanza de Jesús. Presentamos esta evolución en dos fases.

 

1. La prohibición de asesinar y matar en el quinto mandamiento y el mandamiento del amor

 

La doctrina del Antiguo Testamento sobre el valor y la dignidad de la vida humana se formula sucintamente en el quinto mandamiento del decálogo: No asesinarás (Ex 20,13; Dt 5,17). La razón por la que en la Biblia se dice asesinar en lugar de matar es porque la palabra hebrea correspondiente no significa matar en el sentido de matar en general, sino en el sentido de matar ilegítimamente. Se dirige en primer lugar al asesinato, pero también incluye el homicidio involuntario.

 

El quinto mandamiento refleja la convicción que tiene Israel de que la vida es valiosa y sagrada. En particular, se aplica a la vida humana, puesto que el ser humano es imagen de Dios. Aquí se encuentra la causa de su valor y de su dignidad. Nadie puede disponer arbitrariamente de la vida humana. Quien la viole será severamente castigado. Quien derrame sangre humana verá como la suya es derramada por otro ser humano, pues Dios hizo a la humanidad a su propia imagen (Gn 9,6). La destrucción deliberada de la vida de un ser humano que es un semejante, es un pecado que grita a mí desde la tierra (Gn 4,10). Quien asesinara era condenado a muerte y el asesino no podía comprar su libertad (cf. Nm 35,25). Esta gravísima sanción impuesta por la comunidad muestra precisamente el respeto que tenía al Dios de la vida.

 

La finalidad positiva del quinto mandamiento es que la humanidad afirmara positivamente el valor de cada ser humano, que tiene su fundamento en el sí de la humanidad a Dios y en el sí de Dios a la humanidad.

 

Según el Antiguo Testamento, el sí a Yahvé es solo plenamente válido cuando se dirige a Dios y a la humanidad. El sí a Dios y el sí a la humanidad constituyen el fundamento de lo que la Biblia llama amor. Por esta razón, tras la proclamación del decálogo (Dt 5), el Deuteronomio nos presenta la exigencia fundamental del sí a Dios con la siguiente formulación: Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,4). El mandamiento de amar a Dios también implica amar al prójimo…Se formula explícitamente en los siguientes términos: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18). Esta exigencia también incluye el amor al extranjero (cf. Lv 19,33ss.). El profeta Miqueas resumió esta revelación divina del siguiente modo: Se te ha hecho saber, hombre, lo que es bueno, lo que el Señor pide de ti: tan sólo respetar el derecho, amar la fidelidad y obedecer humildemente a tu Dios (Miq 6,8).

 

Cuanto el Antiguo Testamento dice sobre los mandamientos del amor a Dios y al prójimo (Dt 6,4ss.; Lv 19,18), como revelación de la voluntad de Dios, y a los que profetas se refieren mediante acciones sociales concretas, se ve extraordinariamente confirmado y superado en Jesús y su mensaje. El, que es la justicia de Dios y que proclama el mensaje de la justicia de Dios como amor misericordioso, ordena, con palabras del profeta Oseas (6,6): Quiero misericordia, no sacrificios (Mt 9,13; 12,7)… Jesús amplía el marco general de la prohibición de matar. No solo el homicidio físico, sino que incluso la ira y el hablar mal equivalen a matar: Habéis oído que se dijo a los antepasados, No matarás, y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal (Mt 5,21). La razón última del mandamiento de no matar, no encolerizarse, no odiar, se encuentra en el mandamiento del amor, del que dependen todas las demás leyes (cf. Mt 22,37-40). Jesús expande este mandamiento del amor que incluye a todas las personas, incluso a los propios enemigos (Mt 5,44). No sólo manda una disposición interior de benevolencia, sino también hacer el bien en acciones concretas. El mismo Jesús expresa el amor al prójimo con su particular dedicación a los pobres, los débiles, los desfavorecidos y los enfermos. De acuerdo con el juicio que hace Jesús de las naciones (Mt 25), la decisión sobre la salvación o la condenación depende de si realmente hemos puesto en práctica este amor mediante obras de caridad. Jesús dijo que la caridad hacia los demás se identificaba con la caridad mostrada a él: Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis…cuando dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo (Mt 25,40.45).

 

El mandamiento que todo el mundo conoce con la formulación No matarás, cambia, bajo la influencia de la proclamación cristiana y el pensamiento modernos, a la siguiente formulación: Conserva la vida. Esta orientación positiva afecta a la gente en el mundo cambiante en el que vivimos con una urgencia que nuestros antepasados jamás hubieran percibido. Los avances científicos, tecnológicos, económicos y políticos han hecho más evidente que nunca antes la grandeza de la vida humana, pero también sus límites y las amenazas que se ciernen sobre ella. La responsabilidad ante la vida abarca todos los aspectos de la propia vida, de la vida de los demás, desde su comienzo hasta el final, la coexistencia pacífica en la sociedad, entre las naciones y los pueblos, y la conservación de la creación. Por consiguiente, el quinto mandamiento es al mismo tiempo individual y social (texto abreviado con algunas leves modificaciones del Catecismo de adultos de la Conferencia Episcopal Alemana, vol. II, pp. 270-275).

 

2. La guerra en la Biblia y el mandamiento del amor

 

Aun cuando la investigación actual sobre el Antiguo Testamento raramente acepta que el antiguo Israel conociera las guerras santas como la que llevaron a cabo la coalición de ciudades para auxiliar al santuario de Delfos, es evidente que el Dios de Israel era una dios de la guerra, venerado como el Señor de los ejércitos, el Dios de los ejércitos de Israel (1 Sm 17,45). La historia antigua de Israel se interpreta como una historia de autoafirmación militar con la ayuda de Yahvé. Los intereses de Yahvé y de Israel coinciden casi totalmente, por lo que las guerras de Israel son las guerras de Yahvé. La aniquilación del enemigo se considera como una acción del mismo Yahvé (Ex 15,21). Sin embargo, tras la consolidación del imperio davídico, Israel fue cuestionando cada vez más la anterior identificación entre la voluntad de Dios y la autoafirmación y el dominio militar del pueblo. Israel se vio involucrado cada vez más en los conflictos políticos y bélicos de su entorno y, finalmente, cae víctima de la cautividad de Babilonia. En particular, los profetas piden que se mantenga la calma en la guerra (Is 7,4.9; 30,15) y proclaman que el mismo Yahvé romperá las armas de Israel (Os 1,5) y suscitarán un tiempo definitivo de paz cuando el pueblo forje de sus espadas azadones (Is 2,4; Miq 4,3). También surge la esperanza de que Yahvé intervenga militarmente de forma definitiva poniendo fin al poder mundano (Ez 30). La tendencia de Israel a la guerra fue también un factor dominante en la época de los macabeos. Sin embargo, el judaísmo rabínico puso el acento en la primacía de la paz, pues tal era la voluntad de Dios y su mismo nombre. Sin embargo, en la actualidad, tras la creación del Estado de Israel, raramente se ha traducido en una disposición comprometida a favor de la paz…

 

El cristianismo primitivo vivió en un mundo de conflictos y sublevaciones políticas de gran trascendencia. El conflicto con los ocupantes romanos animó a la insurrección y a una lucha por la libertad, pero, desde sus comienzos, Jesús se distanció de toda visión mesiánica política (Mt 4,10; 26,52; Mc 10,42ss.; Jn 18,36). Al unir el título Hijo del hombre con la imagen del siervo sufriente de Dios, la comunidad primitiva rechazó en su proclamación la identificación de Jesús con el Mesías político. Además de los mandamientos de Jesús de amar al prójimo y renunciar a toda forma de violencia, tal como se nos han transmitido en el Sermón de la montaña (Mt 5,38ss.), encontramos también la exhortación a aceptar la autoridad de los poderes políticos (Rom 13,1ss.). Esta tensión caracteriza la relación del cristianismo con la guerra y la paz hasta el presente…

 

En tiempos recientes, las iglesias han quitado toda legitimación ética a la proliferación y almacenamiento de un número cada vez mayor de armas de destrucción masiva. Si bien no puede decirse que las tradiciones de una guerra justa hayan sido ya superadas por el ideal de una paz justa, el proceso desencadenado por el Concilio Vaticano II apunta claramente en la dirección de la justicia, la paz y la conservación de la creación (extraído de W. Lienemann, Krieg, Evangelisches Kirchenlexikon, Gotingan 1989, vol. 2, pp. 1477-1481).

 

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