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Pregunta 133:

¿Es que los cristianos no lograron comprender ni reconocer a Jesús al principio, hasta el punto de que todavía seguían discutiendo sobre su naturaleza en el año 325 d.C.? (TR)

 

Respuesta: En el año 325 d.C. se celebró el primer concilio ecuménico, el Concilio de Nicea, que condenó la doctrina de Arrio. En la profesión de fe de este Concilio, denominada el credo niceno, se reconoce solemnemente que Jesús es de la misma sustancia (en griego, homoousios) que el Padre.

 

Muchos contemporáneos se jactan diciendo que ellos solamente abordan los problemas desde un enfoque no dogmático y pragmático. A mucha gente le suena negativamente la palabra dogma, porque la asocian con lo inconmovible, la estrechez de miras y la falta de libertad, y despierta los recuerdos de la Inquisición, las guerras de religión, la coacción de la conciencia, etc. Con toda razón, actualmente se tiene en gran estima la libertad de pensamiento, de opinión, de investigación, de conciencia y de religión, también en el seno de la Iglesia. Algunos llegan a decir incluso que ha llegado el tiempo de un cristianismo no dogmático que esté orientado a la praxis.

 

¿Por qué se han producido y siguen produciéndose discusiones dentro de la Iglesia sobre la comprensión correcta de la fe y de sus enunciados? El mismo Jesús advierte en el Evangelio de Mateo: El que se declare partidario de mi delante de los hombres, también yo me declararé partidario suyo ante mi Padre en el cielo. Pero quien me rechace delante de los hombres, también yo lo rechazaré ante mi Padre en el cielo (Mt 10,32-33). Todos los cristianos deben hacer esta declaración sin equívoco alguno. Para que el credo no sea ambiguo se exige esta declaración unánime. Puesto que la Iglesia ha sufrido desde sus comienzos divisiones y enfrentamientos (cf. Hch 6,1; 1 Cor 1,11-13; etc.), es comprensible que encontremos frecuentemente en el Nuevo Testamento advertencias sobre la importancia de la unidad: Os exhorto, hermanos, …, a que seáis unánimes en el hablar y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio (1 Cor 1,10). La diversidad en la proclamación de la palabra de Dios, la liturgia, la teología y el derecho, es legítima e incluso deseable. Con esta exhortación neotestamentaria no se quiere imponer una simple uniformidad. Ahora bien, debe distinguirse la pluralidad legítima de la diversidad de enunciados contradictorios de fe y de moral que afectan a cuestiones fundamentales de la vida. Un pluralismo descontrolado y exagerado dejaría sin significado alguno la cuestión y la búsqueda de la unidad. Si la verdad cristiana no fuera clara y no estuviera definida, la celebración compartida de la fe no tendría sentido y la misma fe carecería de credibilidad. La Iglesia está agradecida por el don que Dios le concede de acercarse más a la verdad por el poder del Espíritu Santo en medio de la ambigüedad confusa y destructiva, y que lleva a cabo a través de su pueblo y de las acciones humanas, es decir, mediante las reflexiones, y en ocasiones controversias, entre los teólogos y los pastores de la Iglesia, que son llamados a servir a su unidad.

 

Un dogma como el credo del Concilio de Nicea sobre Jesucristo no es un añadido al auténtico evangelio ni tampoco una nueva revelación. Es una exégesis, oficialmente vinculante para toda la Iglesia, de una revelación válida que define la fe contra interpretaciones erróneas, reduccionistas o adulteradas. Los dogmas contienen dos aspectos: Deben referirse a la revelación original y común de la verdad, y deben presentarse de forma oficial, definitiva y vinculante para todos los creyentes. Cuando la Iglesia actúa así, está confiando en la presencia de Jesús y en la ayuda del Espíritu Santo que se le prometió y que la conducirá a la verdad plena (cf. Jn 16,3).

 

La fe es una concepción global de la vida y una actitud holística con respecto a la existencia. En su conjunto, no es objeto de una proposición o un conjunto de proposiciones, sino de confiar y construir nuestra vida sobre el fundamento de Dios tal como se nos ha revelado en Jesucristo. Por consiguiente, no creemos en los dogmas del mismo que creemos en Dios, en Jesucristo y en el Espíritu Santo. Creemos en los dogmas como una forma concreta de mediación de un contenido de la fe. No son los dogmas los que confirman la verdad de la fe, sino al revés. No son verdad porque fueran solemnemente proclamados, sino que fueron proclamados por que expresaban la verdad. Los necesitamos para que podamos confesar, como un solo cuerpo, la verdad de la fe sin equívocos. Remiten más allá de su literalidad a la realidad de que Dios es el Padre todopoderoso y el Padre de Jesucristo. Todo depende de esta verdad fundamental (texto abreviado del Catecismo de adultos, vol. 1, pp. 54-58).

 

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