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Pregunta 134:

¿No constituye un acto idolátrico creer que María, que se presentó a sí misma diciendo Soy la esclava del Señor, fue subida a los cielos e invocarla como reina? (TR)

 

Respuesta: Véanse las respuestas en p. 8 a las preguntas 71 y 72 sobre lo que piensa la fe católica de María. Sobre todo, el siguiente párrafo de lo que dijimos entonces: El hecho de la asunción de María al cielo, en cuerpo y en alma, es una consecuencia de su incomparable unión con Cristo. Lo que todos recibiremos al final de los tiempos, la resurrección del cuerpo, ha acontecido ya en María, porque ella es su Madre. Esta doctrina es especialmente importante en nuestro tiempo, cuando el cuerpo del ser humano se ve tan terriblemente degradado por las guerras, las drogas, la pornografía, cuando, en realidad, está destinado a ser gloria de Dios. En María contemplamos siempre nuestra propia dignidad y nuestra esperanza. En ella reconocemos la grandeza que Dios quiere que alcancemos. Una vez que hayas comprendido esto, nunca dejarás de venerar a María.

 

La fe en la asunción corporal de María fue solemnemente proclamada como dogma por el Papa Pío XII en 1950: Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial (DH 3903).

 

Esta dogma no se trata la cuestión de la tradición histórica sobre el tiempo, el lugar y las circunstancias en las que María vuelve a Dios (¿Jerusalén o Éfeso?). Carecemos de pruebas históricamente fiables sobre estos aspectos. A diferencia de la resurrección y ascensión de Jesús, que se nos atestiguaron mediante las apariciones del resucitado, carecemos de testimonios de la asunción de María a los cielos. Se trata de un acontecimiento realizado por Dios, pero no es un suceso que pueda datarse. El fundamento de nuestra esperanza en la resurrección se encuentra en la resurrección y la ascensión de Jesucristo, no en la asunción de María, si bien ésta es fruto de aquella esperanza y, por tanto, corrobora nuestra propia esperanza.

 

¿Qué razones justifican esta declaración de fe? Menciones en particular dos. En primer lugar, la íntima vinculación de María con Jesucristo, su hijo, y con su camino. La comunión con Cristo es comunión con la cruz y la resurrección. En principio, todos los cristianos estamos llamados a esta comunión. Pero, por su singular unión con Jesucristo, anticipamos como ya realizado en María aquello a lo que todos estamos destinados, es decir, a la resurrección de nuestros cuerpos. En segundo lugar, María es la nueva Eva, la nueva madre de la vida. Ella dio a luz al creador de la vida y con su sí realizó una contribución especial al triunfo de la vida sobre la muerte. En efecto, en ella podemos decir que la muerte ha sido devorada por la victoria (1 Cor 15,54). Así pues, la glorificación de María es una luz que brilla en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo (LG 68).

 

¿Qué significa este dogma para nosotros? En una situación como la nuestra, en la que la carne es venerada como un dios de hojalata y también es odiada por otros porque la gente se siente desesperanzadamente encerrada en las estructuras y los sistemas de nuestra época, nada se lograría si la Iglesia se dedicara solamente a proclamar programas, principios y llamamientos. En María, la Iglesia nos ofrece una prefiguración luminosa de la auténtica esperanza cristiana, que es para toda la humanidad. La carne también será salvada. Sin embargo, es una esperanza que no se corrobora mediante la sensualidad y con referencia al mundo de los sentidos, sino mediante la transfiguración y la glorificación que procede de lo alto y a él remite. Esta esperanza se sostiene por el acontecimiento de la resurrección de Jesús. Es el comienzo y la causa permanente de nuestra esperanza. En María vemos el fruto que esta esperanza aporta a nuestra vida y que incluye la perfección de toda la humanidad. Así pues, María prefigura la esperanza de todos los cristianos (texto abreviado y ligeramente modificado del Catecismo de adultos. El credo de la Iglesia, 1985, pp. 180-182).

 

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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