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Pregunta 141:

¿A qué se parecerá el último día? (TR)

 

Respuesta: Ya hemos expuesto lo esencial de la doctrina cristiana sobre el último día en la pregunta y respuesta n. 125 (p. 14). A lo ya dicho, me gustaría añadir lo siguiente.

 

¿Cómo volverán los muertos a la vida?

 

Nuestro lenguaje y nuestro vocabulario se relacionan con este mundo y con su realidad. Carecemos de las palabras adecuadas para hablar del mundo de Dios y de la realidad de Dios. Los primeros cristianos ya experimentaron esta dificultad cuando se preguntaron: ¿Cómo resucitarán los muertos a la vida de nuevo? ¿Qué será del cuerpo que se pudre en la tumba? ¿Seguirán siendo minusválidos después de la resurrección quienes antes lo eran? ¿Llegará a convertirse en adulto en el cielo quien muere siendo un niño? ¿Qué ocurrirá a todos los que ya han muerto en la esperanza de Dios y la fe en Cristo y los que aún tengan que morir?

 

Para responder a estas preguntas –y a tantas otras de este tipo – no tenemos mejor respuesta que mirar a Jesús resucitado, gloriosamente transfigurado y portando al mismo tiempo las heridas de su pasión como signo del gran amor por el que nos dio su vida. La tumba vacía, las marcas de los clavos y la nueva y misteriosa epifanía del Señor resucitado nos permiten decir que los difuntos resucitarán con sus cuerpos, pero transformados porque son glorificados, como el grano de trigo que cae en la tierra se transforma mediante la muerte para poder dar fruto (cf. Jn 12,24).

 

En este sentido, dice el Catecismo de la Iglesia Católica: ¿Qué es resucitar? En la muerte, separación del alma y el cuerpo, el cuerpo del hombre cae en la corrupción, mientras que su alma va al encuentro con Dios, en espera de reunirse con su cuerpo glorificado. Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la Resurrección de Jesús (n. 997).

 

Teniendo en cuenta este misterio que abarca la vida y el amor y que se fundamenta en el poder de Dios todopoderoso, dice san Pablo a la comunidad de Corinto: …Lo que ningún ojo vio, ni oído oyó, ni el corazón humano concibió, lo que Dios ha preparado para aquellos que lo aman (1 Cor 2,9).

 

Cuando participamos en la eucaristía damos a nuestro cuerpo como alimento el cuerpo de nuestro Señor: …nuestra participación en la Eucaristía nos da ya un anticipo de la transfiguración de nuestro cuerpo por Cristo (CatIglCat n. 1000). Quienes comen mi carne y beben mis sangre tienen vida eterna, y los resucitaré en el último día (Jn 6,54).

 

Como anticipo de la resurrección, el cuerpo y el alma del creyente ya tienen parte en la dignidad de pertenecer a Cristo. De ahí la exhortación a honrar nuestros cuerpos como también el de los demás, especialmente de quienes sufren (cf. CatIglCat n. 1004): El cuerpo es … para el Señor y el Señor para el cuerpo. Dios resucitó al Señor y también nos resucitará por su poder. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿No sabéis que el cuerpo es el templo del Espíritu Santo que habita en vosotros? … no os pertenecéis … Por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo (1 Cor 6,13-15.19-20).

 

El cristianismo y la muerte

 

La muerte aterra a las personas; incluso para quienes confían en Dios, la muerte significa una despedida y una separación. Todo cuanto forma la vida de una persona – posesiones y seres humanos – debe dejarse atrás. Todos sufrimos nuestra propia muerte y lo hacemos con las manos vacías.

 

Ningún moribundo debe avergonzarse por sentir miedo. También Jesús clamó a su Padre desde la cruz. Todos podemos clamar a Cristo cuando nos llegue nuestra hora. Como el delincuente crucificado con Jesús, todos podemos poner toda nuestra confianza en el salvador que nos responde: En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43). En comunión con Jesús, todo moribundo puede estar seguro de que el Dios misericordioso transformará el temor en alegría y llenará las manos vacías. Y para los que mueren en la gracia de Cristo, es una participación en la muerte del Señor para poder participar también en su resurrección (CatIglCat n. 1006).

 

Los cristianos creemos que nos encontraremos con Dios al morir. Se abrirán los ojos cerrados por la muerte. Nos situaremos ante Dios, cada uno con su historia, con nuestros amores y nuestros pecados; con todo cuanto de bueno o de malo hayamos hecho por amor a nuestro prójimo o en su perjuicio. Creemos que este encuentro es determinante para la vida.

 

Los profetas de Israel y el mismo Jesús hablan de esta experiencia llamándola juicio. Los ojos de Dios miran a la tierra. Nada puede ocultarse de su mirada, nada puede encubrirse. Él, que es infinitamente justo, sabe que somos débiles y lo tiene en cuenta. Él, que es infinitamente misericordioso, ve si reconocemos nuestras debilidades y esperamos todo de su misericordia. Entonces se emitirá la sentencia: recompensa o castigo, bienaventuranza o perdición, seno de Abrahán o fuego eterno, himnos de alabanza o llanto y rechinar de dientes (cf. Mt 8,12), baile en el banquete de bodas o llamada en vano a las puertas cerradas (Mt 25,1-13). Son imágenes realmente duras que nos impactan, pero se dirigen a quienes estamos en camino para que nos convirtamos, cambiemos nuestra vida y nos fortalezcamos en el amor de Cristo: en la fe, la esperanza y el amor.

 

Pues la vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, sino se transforma, y al abandonar nuestro cuerpo mortal sabemos que nos aguarda una morada eterna en el cielo (Prefacio de la Misa exequial).

 

La muerte marca el final de la vida terrenal y el comienzo de la vida eterna. El alma se separa del cuerpo corruptible. Se encuentra con Dios en un juicio particular. El último día, cuando Jesús vuelva de nuevo en gloria, todos los muertos resucitarán, sus almas se reunirán con sus cuerpos, los justos con un cuerpo transfigurado y glorificado, y los condenados con un cuerpo lleno de dolor y angustia.

 

Con respecto al juicio debe distinguirse el particular (el juicio del individuo) y el final. El particular se realiza inmediatamente después de morir. En este se decide la entrada en la beatitud celestial o la condenación inmediata y eterna. El juicio depende del esfuerzo de cada persona por realizar la voluntad de Dios y creer en Jesucristo. Este juicio es definitivo. El juicio final (el de las naciones) viene después y está relacionado con el último día en que vendrá Cristo de nuevo para revelar plenamente el reino de Dios, es decir, su propio reino. En este día resucitarán todos los muertos. En presencia de todas las naciones, que se congregarán ante Cristo, toda persona será juzgada con su alma y su cuerpo (cf. Mt 25,32).

 

La sentencia será acorde con las opciones libres que cada persona haya tomado durante su vida. Todo el que se ha separado consciente y libremente de Dios, no tendrá lugar entre los elegidos; su suerte será la de los malditos condenados al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles (Mt 25,41), es decir, el infierno. Quienes reconocen a Dios y a su Hijo Jesucristo, pero no se encuentran totalmente preparados o no son dignos de encontrarse con Dios en el momento de su muerte, necesitan un tiempo de purificación, de espera, de maduración. A este tiempo de espera le llamamos purgatorio. En él aguardan con la esperanza de entrar en plena comunión con Dios. Las oraciones de los fieles les ayudan. A los elegidos, es decir, a quienes dejaron que el amor de Cristo les empapara totalmente mientras vivían en la tierra y dejaron que su amor los convirtiera, Cristo les dice: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo (Mt 25,34). Verán a Dios tal cual es y serán como él (cf. 1 Jn 3,2); vivirán eternamente en comunión con Él. Esto es el cielo. (Este texto, salvo algunos ligeros cambios, procede de la obra Ich glaube. Kleiner Katholischer Katechismus, Aid to the Church in Need, Königstein im Taunus 2004, pp. 107-110).

 

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