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Pregunta 142:

¿Qué significado tiene la familia en el cristianismo? (TR)

 

Respuesta: Por regla general, el niño nace en el seno de una familia. Los primeros rostros que ve son los de su madre y su padre. Rodeado por el amor y el gozo de los padres el niño madura en su ser como un ser humano. De sus padres aprender a caminar erectamente. Sabe que puede contar con su amor. Quien no tiene esta experiencia es frecuente que, posteriormente, tenga problemas para confiar en los demás así como para creer en el amor y en ser amado. Sólo amando a los demás llega la persona a ser todo cuanto es para Dios, que es el mismo amor y que creó a toda persona a su imagen como varón y mujer. (Gn 1,27). Cuando un hombre y una mujer se conocen y se enamoran, ya no quieren seguir viviendo el uno sin el otro. Mediante el compromiso inician un tiempo especial de preparación para el matrimonio, verdadera escuela para aprender a vivir y a ser castos, un tiempo de gracia en el que la pareja profundiza en sus planes matrimoniales y los deberes que conlleva la vida matrimonial. Con el sacramento del matrimonio la pareja da, libre y recíprocamente, su consentimiento a una fidelidad que dura toda la vida. El matrimonio se realiza, en efecto, mediante este consentimiento. El amor humano de la pareja se transforma entonces internamente por el amor de Dios de modo que se intercambian recíprocamente el amor divino y se santifican mutuamente (cf. CatIglCat nn. 1639-1642). Sin embargo, puesto que este amor no es solamente el amor de dos personas sino que también incluye el amor de Dios, la pareja profesa públicamente su voto ante toda la comunidad eclesial (representada por los testigos) y ante el sacerdote o el diácono. Este representa a la Iglesia y sella el matrimonio bendiciendo a la pareja. Mediante la bendición, la pareja recibe el Espíritu Santo como comunión de amor entre Cristo y su Iglesia (cf. CatIglCat n.1624).

 

El mismo Jesús creció en el seno de una familia que estaba caracterizada singularmente por la santidad de María y José. Se revela a sus discípulos al comienzo de su vida pública realizando su primer milagro en una celebración nupcial (Jn 2,1-11): La Iglesia concede una gran importancia a la presencia de Jesús en las bodas de Caná. Ve en ella la confirmación de la bondad del matrimonio y el anuncio de que en adelante el matrimonio será un signo eficaz de la presencia de Cristo (CatIglCat n. 1613). Este es un gran misterio, y yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia (Ef 5,32). El vínculo es sellado por la consagración recíproca de cada cónyuge: se convierten en un cuerpo y un alma y, de este modo, encuentran su plenitud y su felicidad.

 

Por su naturaleza, el amor conyugal trasciende la unidad física y se abre a la fecundidad. La nueva vida puede proceder a partir del vínculo conyugal. El hombre y la mujer se convierten en padre y madre. Su vida se expande. Cada hijo es un don de Dios, pero también es un compromiso. De ahí la importancia de que los esposos tengan claro ante Dios y su conciencia el número de hijos que van a tener y las posibilidades de criarlos. Asimismo, todo niño tiene derecho a nacer en una familia fundada en el matrimonio. No se permite la anticoncepción artificial. Sin embargo, sí pueden usarse los métodos naturales de planificación familiar.

 

La unidad, la indisolubilidad, y la apertura a la fecundidad son esenciales al matrimonio. La poligamia es incompatible con la unidad del matrimonio; el divorcio separa lo que Dios ha unido; el rechazo de la fecundidad priva la vida conyugal de su "don más excelente", el hijo (CatIglCat n. 1664).

 

El matrimonio constituye un vínculo de por vida. En este sentido, dijo Jesús: Lo que Dios ha unido, que nadie lo separe (Mc 10,9). Para muchos suenan duras estas palabras porque no existe garantía de que una relación tenga éxito, por errores que se cometen, porque mengue el amor ante la enfermedad o las duras circunstancias de la vida. Puede suceder que dos personas que se amaban dejen de sentir simpatía recíproca, no puedan hablar entre ellos e incluso lleguen a separarse. En efecto, el sacramento del matrimonio no debe ser solamente un recuerdo de los tiempos felices, pues, en verdad, es una fuente siempre accesible de gracia que nunca se seca y que perdura hasta el final de la vida. A partir de él, la pareja puede renovar su amor recíproco, encontrar la fuerza para el perdón, hallar la ayuda en tiempos de tribulación y descubrir la alegría de la fidelidad.

 

No obstante, hay matrimonios que fracasan y los cristianos, acertadamente, creen que incluso en estos casos no se les exige renunciar al amor de Dios o a la Iglesia de Cristo. Sin embargo, no pueden volver a casarse (cf. CatIglCat nn. 1649-1651).

 

Sin embargo, existe la posibilidad de verificar mediante el proceso de anulación si el matrimonio fue contraído según el sentir y el pensar de la Iglesia.

 

La fórmula matrimonial es la siguiente: Yo, N., te quiero a ti, N., como mi esposo/a y me entrego a ti y prometo serte fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida.

 

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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