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Pregunta 181:

Dios dijo a Moisés: El que me ve morirá. Si Jesús es Dios, ¿por qué no murieron los que le vieron? (TR)

 

Respuesta: Esta pregunta se refiere concretamente a la siguiente sección del libro del Exodo (33,18-23): Entonces Moisés dijo a Yahvé: «Déjame ver tu gloria». Él le contestó: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre de Yahvé; pues concedo mi favor a quien quiero y tengo misericordia con quien quiero». Y añadió: «Pero mi rostro no podrás verlo, porque nadie puede verme y seguir con vida». Yahvé añadió: «Aquí hay un sitio junto a mí; ponte sobre la roca. Al pasar mi gloria, te meteré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no lo verás».

 

Existe un abismo tan enorme entre la santidad de Dios y la indignidad de la humanidad que los seres humanos morirían si vieran a Dios (cf. Ex 19,21; Lv 16,2; Nm 4,20) o simplemente lo escucharan (Ex 20,19; Dt 5,24-26; cf. 18,16). Así pues, Moisés (Ex 3,6), Elías (1 Re 19,13) e incluso los serafines (Is 6,2) cubren su rostro en presencia de Yahvé. Quienes siguen con vida después de haberlo visto se sienten gratamente sorprendidos (Gn 32,31; Dt 5,24) o experimentan el temor y el temblor religiosos (Jue 6,22-23; 13,22; Is 6,5). Es raro que Dios conceda esta gracia (Ex 24,11) tal como lo hace con Moisés, su amigo (Ex 33,11; Nm 12,7-8; Dt 34,10), y Elías (1 Re 19,11s.). Los dos serán los testigos de la transfiguración de Cristo, la manifestación de Dios (es decir, la teofanía) de la nueva alianza (Mt 17,3b), y se considerarán como los principales representantes de la visión mística de Dios (junto con Pablo, en 2 Cor 12,1s.), pero ninguno llega a ver al Padre, excepto Jesús, el Hijo (Jn 1,18; 6,46; 1 Jn 4,12). Los seres humanos llegarán a ver a Dios cara a cara solamente cuando se encuentren con él en la beatitud celestial (Mt 5,8; 1 Jn 3,2; 1 Cor 13,12; cf. 2 Cor 4,4-6). Los cristianos pueden advertir la gloria de Dios en Jesús, pero sólo mediante la fuerza de la fe que otorga el Espíritu Santo. Durante su vida terrenal, la majestad gloriosa de Jesús estuvo oculta en su naturaleza humana, pues, como afirma el himno del segundo capítulo de la carta de Pablo a los filipenses, siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo. Asumiendo semejanza humana y apareciendo en su porte como hombre, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (2,6-8).

 

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