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Pregunta 183:

¿A qué se parecen el paraíso y el infierno de los cristianos? (TR)

 

Respuesta: Para responder a esta pregunta necesitamos un poco más de espacio y considerar lo que un prestigioso teólogo de nuestro tiempo dice sobre la muerte, la vida eterna y, por consiguiente, también sobre el cielo (el paraíso) y el infierno.

 

Muchos de nuestros contemporáneos, incluso bautizados, encuentran grandes dificultades para aceptar la última proposición del credo, al igual que ocurrió con los atenienses de los tiempos de san Pablo (Hch 17,32).

 

Supuestamente, esta dificultad se debe a las imágenes míticas que el Nuevo Testamento tomó de la antigua tradición apocalíptica judía y que la Iglesia transmitió durante siglos mediante la predicación y el arte, a saber, que en el último día, con la segunda venida de nuestro Señor a la tierra, las tumbas se abrirán y los cuerpos de todos los difuntos volverán a la vida de modo que todos se congregarán ante Cristo, el juez, para el juicio final.

 

Actualmente, muchos creyentes y la gran mayoría de los teólogos están convencidos de que podemos imaginar la resurrección de los muertos de un modo diferente al que estas imágenes tan excesivamente corporales-materiales nos conducen, sin tener que abandonar el contenido vinculante de nuestra fe. En esta perspectiva, hoy se da un énfasis muy especial a la unidad de cuerpo y alma, también en lo que respecta a la finalización de la vida en Dios. Esto implica que creemos que tras la muerte todos los seres humanos nos encontramos cara a cara con el amor de Dios en la forma del Cristo resucitado, con cuerpo y alma, con toda nuestra humanidad y el conjunto de la historia de nuestra existencia, con cuanto hemos experimentado y sufrido, con lo que hemos hecho o hemos dejado de hacer. Como en la eucaristía, en la que recibimos el cuerpo de Cristo (es decir, a Cristo resucitado), el término cuerpo no se refiere a la realidad biológica (con piel, carne y huesos), sino a lo que san Pablo denomina cuerpo espiritual de la resurrección (1 Cor 15,44), es decir, el cuerpo penetrado y transformado por el Espíritu Santo, el dador de vida. En él queda almacenado todo cuanto de nuestra vida terrenal, de nuestra realidad física pasajera, con sus experiencias de felicidad, amor y alegría, es importante para la salvación de los seres humanos en Dios. La resurrección del cuerpo no se opone a la inmortalidad del alma, pues el significado que ésta tiene en la Biblia subraya la apertura del ser humano a Dios y la posibilidad de establecer con él una relación de amor y de amistad que va más allá de su conexión física con la tierra y la creación. Desde el punto de vista de Dios, este amor y esta amistad no terminan nunca, y, por tanto, son inmortales. Por consiguiente, la resurrección de los muertos describe la salvación del ser humano individual y colectivamente.

 

La muerte constituye para los seres humanos el final definitivo de la vida en la tierra con sus diversas fases en el espacio y en el tiempo. Así pues, la vida eterna tras la muerte no sólo corre simplemente eternamente y en paralelo a nuestro tiempo, sólo que en un nivel más elevado, celestial, invisible. Más bien, con la muerte nuestra vida en la tierra alcanza su forma final o definitiva con Dios. Ahora bien, esto no debe entenderse como si Dios codificara el resultado de nuestra vida para siempre. Más bien, con final o definitiva queremos decir que presentamos el fruto de nuestra vida a Dios. Él lo acepta, lo conserva, lo purifica y lo perfecciona en la interminable conversación de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. A la luz de este amor, el fruto de nuestra vida puede alcanzar su plenitud y aquella forma que Dios había planificado para cada uno desde el comienzo de nuestra existencia. Una vez que toda la humanidad haya sufrido la muerte y haya entregado el fruto de su vida a Dios, entonces Cristo volverá de nuevo. Este será el último día de la historia. Como toda la creación, no es una fecha más en el calendario y, por tanto, no puede calcularse por adelantado.

 

En este definitivo encuentro con el amor de Dios cara a cara, entenderemos la verdad de nuestra vida, con toda claridad y sin poder eliminarla. Se hará patente la enorme discrepancia que existe entre nuestra vida y el amor que Dios nos tiene. Su amor tomará la forma de un amor de juicio (juicio) que espera que avancemos hacia el reconocimiento de la verdad, la aceptación de nuestro pecado y el arrepentimiento final. Si aceptamos entonces la misericordiosa mirada, infalible, verdadera e infinita, de Dios sobre nuestra vida, su amor purificará lo más profundo de nuestra existencia. Entonces, aceptaremos verdaderamente el perdón de Dios y dejaremos que nos transforme para hacernos sinceramente dignos del cielo. La tradición llama a este proceso el purgatorio (purificación) y constituye las puertas del cielo.

 

El cielo se define como existencia gozosa de la humanidad en unión con el Dios Trinidad, pero también con el cuerpo de Cristo, que reunirá a todos los que han cultivado la fe, la esperanza y el amor en la tierra; y, finalmente, también con toda la creación, que es amada por Dios desde la eternidad y que con nosotros aún sufre los dolores de parto, pero que será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom 8,21s.).

 

A diferencia del cielo, Dios no asigna el destino del infierno (como castigo) a nadie. Por sí mismo Dios sólo se comunica a sí mismo, pero solamente como amor que no desea sino que todos se salven. Sin embargo, a los seres humanos se les ha dado la absoluta libertad de decir no a la misericordia de Dios, por muy improbable que pueda parecernos una opción semejante. Por ejemplo, cuando están tan orgullosos de sus propios logros que no aceptan la salvación de Dios por pura gracia, sino que la exigen como algo que se les debe. Sólo puede entenderse esta finalidad negativa como una fosilización por congelación, una negación de la vida y de todas las relaciones, como un egocentrismo que se ve a sí mismo como el único absoluto. Podemos y debemos esperar que no haya nadie para quien esta sea la última palabra sobre ellos y su vida. Pero no podemos excluir la posibilidad con certeza absoluta, pues desconocemos la relación definitiva que se establecerá entre la misericordia infinita de Dios y la infinita libertad del ser humano. Por ahora, forman parte del misterio de la fe y de la esperanza (Medard Kehl S.J., en W. Fürst y J. Werbick [eds.], Katholische Glaubensfibel, Herder, Friburgo, pp. 87s.).

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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