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Pregunta 187:

¿Cuántas veces vino el Espíritu Santo? Una vez Jesús lo exhaló tras su resurrección, pero, posteriormente, en el libro de los Hechos, aparece otra vez (TR)

 

Respuesta: Los datos bíblicos que nos hablan de la venida del Espíritu Santo deben interpretarse en el marco de la convicción de que el Espíritu está presente y actúa en la vida de los cristianos. Las Sagradas Escrituras entiende el Espíritu Santo como el poder creador de toda vida: da vida a todo, sostiene todo y orienta todo hacia la meta de la salvación escatológica. Está activo principalmente en Jesucristo: en su concepción, bautismo, ministerio público, muerte y resurrección. Con su muerte, resurrección y glorificación, Jesús llevó a cabo el comienzo de la nueva creación, que un día alcanzará su plenitud con la transfiguración de todo cuanto existe. Así pues, Jesús es el Cristo, es decir, el ungido por el Espíritu Santo. Según Lucas, Jesús se aplica la promesa del profeta: El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido (Lc 4,18; cf. Hch 10,38; Jn 1,32). Nuestra redención y salvación consisten en participar en el Espíritu que llena a Jesucristo. Somos cristianos, es decir, ungidos por la participación en la unción de Cristo con el Espíritu Santo.

 

Esta participación en Jesucristo es un don del mismo Espíritu. El Espíritu ha sido enviado para actualizar en la historia una y otra vez y perpetuamente a Jesucristo, su persona, su palabra y su acción. Así pues, toda realidad está penetrada y llena del Espíritu Santo que es el espíritu de Jesucristo. Por lo tanto, Pablo puede decir: Ahora, el Señor es el Espíritu y donde está el Espíritu del Señor hay libertad (2 Cor 3,17). Es decir, el Espíritu es la presencia activa y la actividad presente del Señor resucitado en la iglesia y en el mundo. No es meramente el don de la vida nueva en Cristo, sino que también es el dador de este don; es decir, una persona divina propia. Dondequiera que intervenga se inicia, aquí y ahora, el reino escatológico de la libertad. El don del Espíritu Santo recibido con fe es la realidad de la nueva alianza (Tomás de Aquino).

 

Lucas lo expresó en su relato sobre la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés (Hch 2,1-13). Pentecostés era en su origen la fiesta de la cosecha, pero posteriormente se convirtió en el día en que se celebraba la alianza del Sinaí. Lucas se inspira en esta conmemoración. Con su relato sobre la efusión del Espíritu Santo, Lucas quiere indicar que ya ha empezado el período final de la salvación, el cumplimiento de las profecías (Joel 3,1-3) y el anuncio de Jesús (cf. Hch 1,8). Para expresar esta convicción usa las imágenes bíblicas que se habían aplicado a las apariciones de Dios en el Antiguo Testamento, en particular en el Sinaí. La ráfaga de viento muestra el poder del Espíritu, que es el aire y el viento de la nueva vida. Las lenguas de fuego, que se posan sobre cada uno de los que estaban reunidos, indican que se capacita y se anima a los discípulos para que den testimonio. El hablar y entender las lenguas extranjeras, junto con la lista de las naciones, indica que la misión universal confiada a los discípulos pone punto final a la confusión de Babilonia y muestra que volverá a unirse la humanidad fragmentada. Mediante la misión, las naciones serán unidas en un pueblo de Dios. En Pentecostés se cumple la promesa: al final de los tiempos el espíritu de Dios será derramado sobre toda carne, sobre grandes y pequeños, jóvenes y ancianos, judíos y paganos (cf. Joel 3,1-2; Hch 2,17-18; 10,44-48).

 

Pablo también conoce los dones extraordinarios del Espíritu. No pone el énfasis en los fenómenos llamativos, sino en la vida cristiana cotidiana. El Espíritu no es tanto el poder o la fuerza de lo extraordinario, sino, más bien, de lo ordinario de un modo extraordinario. Se hace particularmente manifiesto en compromiso con Jesucristo (cf. 1 Cor 12,3) y en el servicio que contribuye a la creación de la comunidad (cf. 1 Cor 13-14). También lo entiende como fuerza rectora en la vida de cada creyente. El creyente no será guiado por la carne sino por el Espíritu (cf. Gal 5,16-17; Rom 8,12-13) y producirá los frutos del Espíritu: Pero el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, modestia, dominio de sí (Gal 5,22-23). Por tanto, el Espíritu produce una doble apertura en la persona: a Dios, que se manifiesta particularmente en la oración (cf. Gal 4,6; Rom 8,5-16.26-27), y al prójimo. Esto ya señala a la liberación de la creación de su corrupción y servidumbre, una liberación que espera y anhela. El Espíritu es el primer don que da un fundamento sólido a la esperanza cristiana (cf. Rom 8,18-27) (Catecismo de Adultos, pp. 222ss.).

 

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