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Pregunta 189:

¿Qué piensa sobre el destino? ¿Están nuestras vidas predeterminadas? (TR)

 

Respuesta: La fe en la creación adquiere su máxima profundidad y seriedad existencial solamente mediante la fe en la providencia divina. Al mismo tiempo, la fe en la providencia plantea las más difíciles cuestiones de la existencia. Una y otra vez nos hallamos en situaciones en las que nos preguntamos: ¿Por qué tengo que sufrir esto? En general, la gente decía, y sigue diciendo, que es cuestión de un destino ciego positivo y negativo, que está escrito en las estrellas y puede descubrirse mediante la astrología. En nuestro lenguaje secularizado, decimos que alguien es un hombre de suerte o que ha nacido de pie o bajo la estrella de la fortuna o está gafado. Consciente o inconscientemente, aún mantenemos muchos vestigios de superstición: un talismán, el temor a las personas con gafe, la fe en los signos favorables o desfavorables, etc.

 

La Biblia también asume que la vida y la realidad en su totalidad tienen un orden que domina poderosamente a la humanidad. Pero para ella no se trata del poder de un destino anónimo, sino de la orientación personal de Dios. Ya en el Antiguo Testamento nos habla de esta orientación personal en el caso de ciertos individuos, como José, en Egipto, Moisés, que es sacado de las aguas del Nilo gracias a la solicitud de Dios, y Tobías, a quien Dios envía un ángel para que lo acompañara en su viaje. Esta orientación personal se expresa con fuerza en el famoso salmo 22:

 

El Señor es mi pastor, nada me falta…

Restaura mis fuerzas.

Me guía por caminos de justicia

Haciendo honor a su nombre.

Aunque fuese por el valle de las sombras de la muerte,

No tendré miedo al mal,

Pues tú estás conmigo,

Tu vara y tu cayado me sosiegan (1, 3-4).

 

De forma semejante nos habla el salmo 91, que también es un himno: El que habita al amparo del Altísimo. El libro de la Sabiduría de Salomón da fe de esta providencia divina en general: él mismo hizo a pequeños y grandes, y de todos cuida por igual (Sab 6,7). Jesús, en particular, muestra constantemente que su vida, su ministerio y su muerte son totalmente voluntad de su Padre. Por consiguiente, puede alentarnos con una confianza casi infantil:

 

Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida… Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, y, sin embargo, vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?... No andéis, pues, preocupados… Pues los paganos se afanan por todas estas cosas, pero vuestro Padre celestial sabe que las necesitáis (Mt 6,25-26.31-32; cf. 10,26-31).

 

El Nuevo Testamento resume en el mensaje de Jesús en estas palabras: Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues él cuida de vosotros (1 Pe 5,7)

 

No son pensamientos idílicos de personas piadosas que no están en el mundo. Más bien, la fe en la providencia divina se sitúa en el Antiguo y el Nuevo Testamento en el contexto del plan salvífico de Dios. De acuerdo con este, Dios condujo a la humanidad a través de numerosos pasos (las alianzas con Noé, Abrahán, Moisés y David) a la plenitud de la nueva alianza en Jesucristo al final de los tiempos. Con su Espíritu, también él conduce a la iglesia a preparar, mediante la providencia, el reino de Dios que todo lo abarca. Gracias a la providencia divina, cada individuo puede entender exhaustivamente el plan de la salvación. La clave de acceso a la fe de Jesús en la providencia se encuentra en la siguiente afirmación: Buscad primero el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,33). No es esto expresión de un optimismo ingenuo, sino que lo quiere decirnos es lo siguiente: haced de Dios y de la solicitud por su reino el centro de vuestra vida y, entonces, el mundo cambiará en torno a vosotros.

 

La fe en la providencia divina expresa que toda la creación y el plan salvífico de Dios están orientados al ser humano, es decir, que la finalidad de la creación y de la historia se decide en cada ser humano. La providencia, por lo tanto, no puede entenderse erróneamente como un plan que no tiene en cuenta el deseo de las personas. Supone la cooperación del ser humano que se confía al cuidado de Dios. En la medida en que una persona confía en la voluntad de Dios y cambia su vida, también cambia su destino. Quien logra estar en armonía con Dios, también consigue estarlo con el mundo. Las cosas y los acontecimientos pierden, así, su extrañeza o alienación y se manifiestan como realidades causadas por Dios de forma especial. Dondequiera que esto acontezca para un creyente, Dios es ya para él todo y [está] en todo. Incluso donde no puede cambiar su situación exterior, no obstante cambia, porque sabe que nada puede separarlo del amor de Cristo (cf. Rom 8,35) y considero que nuestros sufrimientos de ahora no son nada comparados con la gloria que se revelará en nosotros (Rom 8,18).

 

La íntima vinculación de la providencia divina que todo lo abarca y la libertad de los seres humanos se hace particularmente patente en la oración de intercesión. El hecho de que se nos permita interceder, pone de manifiesto que los seres humanos tienen acceso a Dios y pueden saber que son aceptados. Revela que Dios oye, escucha y afirma a los seres humanos. Por consiguiente, esta intercesión no reduce en modo alguno a la persona a una posición de sometimiento. Al contrario. El plan de Dios incluye la intercesión eterna. La providencia todopoderosa de Dios no elimina la iniciativa humana, sino que la incluye y cuenta con ella. Si, por consiguiente, una persona presenta su situación ante Dios en la oración, puede estar segura de ser escuchada. El mismo Jesús nos dice: Así pues, yo os digo que todo lo que pidáis en la oración, creed que lo habéis recibido y será vuestro (Mc 11,24; cf. Mt 7,7; 21,22; Lc 11,9).

 

Muchos se preguntarán sorprendidos: Si Dios responde verdaderamente toda oración, ¿qué ocurre con aquellas que, al parecer o verdaderamente, no son escuchadas, es decir, en las que Dios se queda en silencio aun después de haberlo sitiado con nuestras plegarias? No es fácil responder a esta pregunta. Pero a la luz de lo dicho por Jesús, podemos replicar: Dios responde a toda oración de un modo que sobrepasa todas nuestras esperanzas. Si, por consiguiente, no se nos da la respuesta a una oración del modo que desearíamos tal vez es porque nuestro deseo no responde aún verdaderamente a lo que es mejor para nosotros. San Agustín expresa esta convicción del siguiente modo: El bien es Dios, que, a menudo, no nos da lo que queremos para darnos lo que deberíamos más bien querer. En esta perspectiva dice Santa Teresa de Lisieux: Si no respondes a mis plegarias, te amo más aún. En particular, cuando Dios corrige nuestros deseos y acrecienta nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, nos reconcilia con nuestra situación en la oración y nos concede una paz que sobrepasa todo (cf. Flp 4,7).

 

Todo esto muestra que, en definitiva, la providencia divina mantiene su misterio, el misterio de un Dios y de su amor que siempre son mayores. Esta fe en la providencia no elimina los misterios de la existencia ni los convierte en una realidad fácilmente transparente. No nos permite adentrarnos en el pensar de Dios ni nos explica los pormenores de la providencia divina y su influencia en el mundo. No convierte nuestra vida en una historia transparente desde la que pudiéramos divisar todo con claridad total y no nos ahorra la oscuridad y el desafío. Sobre todo en relación con la historia, Dios se nos manifiesta como un Deus absconditus (cf. Is 45,15).

 

¡Oh abismo de riqueza, de sabiduría y de ciencia el de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento del Señor? O ¿quién fue su consejero? (Rom 11,33-34).

 

Pero lo que permanece incomprehensible cuando se contempla con los ojos de la fe en la sola providencia divina, ahora se transforma en un misterio aún insondable pero que suscita confianza. Mientras que quienes creen en el destino encuentra en su fondo la indiferencia y el vacío, los que creen en la providencia descubren el amor del Padre. Aunque no podamos conocer exhaustivamente los caminos por los que nos orienta la providencia divina, podemos, no obstante, reconocer constantemente sus signos, que los creyentes experimentan como orientaciones de Dios. La fe se ve así confirmada y fortalecida por la convicción de que sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de aquellos que han sido llamados según su designio (Rom 8,28) (extraído del Katholischer Erwachsenen-Katechismus, vol. 1, pp. 102-106).

 

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