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Pregunta 193:

¿Por qué es obligatorio que un sacerdote escuche la confesión? (TR)

 

Respuesta: La doctrina católica sobre este tema se encuentra en el Catecismo de la Iglesia Católica bajo el epígrafe El sacramento de la Penitencia.

 

Los Evangelios nos dicen que Jesús perdona los pecados: Tus pecados son perdonados (Mc 2,5; Lc 7,48). También da esta autoridad a la gente (Mt 9,8). La Iglesia en su conjunto debe ser un signo e instrumento de reconciliación. Sin embargo, de modo especial, esta autoridad ha sido otorgada al ministerio apostólico. A este se le ha conferido el servicio de la reconciliación (cf. 2 Cor 5,18); somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos: ¡reconciliaos con Dios! (2 Cor 5,2). Por consiguiente, la Iglesia atribuye la autoridad de su ministerio de perdonar los pecados al mismo Señor resucitado: Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos (Jn 20,22-23).

 

El perdón de los pecados tiene siempre para Jesús un aspecto comunitario. Jesús reconcilia a los pecadores con Dios integrándolos en la comunión eucarística con él y entre unos y otros. El pecador se aísla de Dios y de los hermanos. Con el pecado se daña a la comunión del pueblo de Dios y se vulnera la santidad de su vida. El pecador es, por tanto, excluido de la plena comunión con la Iglesia (cf. 1 Cor 5,1-13; 2 Cor 2,5-11; 7,10-13); en particular, no puede participar plenamente de la eucaristía, el sacramento de la unidad y del amor. Mediante la confesión, el penitente tiene que desandar el camino en el que le salió la reconciliación al encuentro la primera vez. Tiene que reconciliarse con sus hermanos para lograr la comunión renovada con Dios. De igual modo, el perdón de Dios nos reconcilia también con la iglesia, que fue herida por el pecado y que ayuda a la conversión mediante el amor, el ejemplo y la oración (LG 11). Observamos claramente esta estructura comunitaria y la dimensión eclesial del perdón en las palabras que Jesús dirige a Pedro: Te daré las llaves del reino de los cielos. Lo que ates en la tierra será atado en el cielo y lo que desates en la tierra será desatado en el cielo (Mt 16,19).

 

Este dicho de Jesús se aplica a la iglesia en su conjunto (cf. Mt 18,18). Los verbos atar y desatar significan lo siguiente: a quien excluyáis de vuestra comunidad (atar = confinar) será también excluido de la comunión con Dios; pero a quien integréis de nuevo en vuestra comunidad (= levantar la exclusión), Dios lo integrará en la comunión con él. Así pues, la reconciliación con la Iglesia es el camino que conduce a la reconciliación con Dios. Este aspecto se expresaba claramente mediante el arrepentimiento público en la Iglesia antigua. En este sentido, la fórmula de absolución que ha sido obligatoria desde 1975 dice: Que él te conceda por el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz.

 

El sacramento de la penitencia ha tenido una compleja historia en la que ha sufrido numerosos cambios, aunque siempre se han mantenido dos dimensiones estructurales: El sacramento consiste, por una parte, en un acto de conversión que es posible por la gracia, el arrepentimiento, la confesión y la reparación, y, por otra, es un acto de la Iglesia, porque es la comunidad eclesial, gobernada por los obispos y los sacerdotes, la que ofrece el perdón de los pecados en nombre de Jesucristo, determina la reparación necesaria, ora por el pecador, se arrepiente vicariamente por él y, finalmente, le concede la plena comunión con ella y el perdón de sus pecados. El sacramento de la penitencia es, por tanto, un acto completamente personal y también una celebración litúrgica realizada por la Iglesia. De ahí que el Concilio de Trento enseñe que las acciones del pecador penitente mediante el arrepentimiento, la confesión y la reparación son cuasi la sustancia del sacramento, mientras que la absolución representa su forma (cf. DS 1673; NR 647-648)). El fruto de este sacramento es la reconciliación con Dios y con la Iglesia. A menudo le acompaña una sensación de paz, de alegría y de una gran tranquilidad en el alma (cf. DS 1674-1675; NR 649).

 

Describamos los elementos específicos de la penitencia sacramental más detalladamente. La acción fundamental del penitente es la contrición. Por contrición entendemos el dolor del alma y la repugnancia por el pecado cometido, con la determinación de no volver a pecar en adelante. Se denomina contrición perfecta cuando es provocada por el amor a Dios (contritio). Esta acción tiene la fuerza de conceder el perdón de los pecados cometidos habitualmente; también produce el perdón de los pecados graves cuando se combina con la firme resolución de la confesión sacramental. Se denomina contrición imperfecta cuando surge por la meditación sobre la fealdad del pecado o por el miedo a la condenación eterna y a otros castigos (atrición). Esta sacudida de la conciencia puede ser meramente un comienzo que se perfecciona por el don de la gracia, en particular, el perdón de los pecados mediante el sacramento de la expiación (cf. DS 1676-1678; NR 650-651).

 

Desde un punto de vista humano, la confesión de la culpa tiene un efecto liberador y reconciliador. A través de ella, la persona afronta su pasado pecaminoso y se hace responsable de él; se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia y, de este modo, adquiere un nuevo futuro. Según la doctrina de la Iglesia, la confesión es una parte importante e indispensable del sacramento de la penitencia para someterse al juicio misericordioso de Dios (cf. DS 1679; 1706; NR 652; 665). Por consiguiente, es necesario confesar los pecados graves (los pecados mortales) de los que uno se acuerda tras un meticuloso examen de conciencia, expresando real y adecuadamente su número, características y circunstancias (cf. DS 1707; NR 666). Según el Derecho Canónico, todo creyente que ha alcanzado la edad de la razón debe confesar sus pecados graves con sinceridad al menos una vez al año (CIC c. 989). No es obligatorio confesar los pecados habituales (los pecados veniales) que no nos excluyen de la comunión con Dios, pero la Iglesia recomienda su confesión por su utilidad. Esta confesión devocional es una ayuda importante para la formación de la conciencia personal y el crecimiento de la vida espiritual. Por tanto, se recomienda su práctica, especialmente en las épocas penitenciales del año litúrgico.

 

La finalidad de la restauración consiste en reparar cuanto sea posible el daño y la aflicción provocados por el pecado de un modo apropiado (por ej., devolver lo robado, la restauración de la reputación de los calumniados o difamados). La restauración es también expresión de una nueva forma de vivir; es un remedio contra la debilidad. La verdadera restauración debe, por tanto, ser proporcional, cuanto sea posible, a la gravedad y las características de los pecados. Puede desarrollarse mediante la oración, el sacrificio, la renuncia, el servicio a los demás y las obras de misericordia. No se trata de lograr por sí mismo el perdón, sino que es el fruto y el signo del perdón concedido y realizado por el espíritu de Dios (370). La absolución que pronuncia el sacerdote durante el sacramento no es meramente la proclamación de la buena noticia del perdón de los pecados o una declaración de que Dios los ha perdonado; la doctrina eclesial afirma que, en cuanto readmisión a la plena comunión de la iglesia, es un acto de juicio que sólo puede ser dispensado por alguien que puede actuar en el nombre de Jesucristo para la comunión plena de la iglesia (cf. DS 1685; 1709-1710; NR 654; 668-669). Ahora bien, el sacramento de la penitencia es un juicio misericordioso en el que Dios, el Padre misericordioso, por el Espíritu Santo, confronta al pecador con la gracia obtenida por la muerte y la resurrección de Jesucristo. Del mismo modo, el confesor asume el papel de juez como también el de doctor. Se le exige que actúe como un padre y un hermano. Representa a Jesucristo, que, en la cruz, derramó su sangre por los pecadores. Debe, por tanto, proclamar y explicar al penitente el mensaje del perdón de los pecados y aconsejarle para ayudarle a vivir una vida nueva, orará por él y se arrepentirá, vicariamente, por él, y, finalmente, absolverá sus pecados en el nombre de Jesucristo.

 

Desde la renovación del Ritual de la Penitencia en 1974 contamos con tres formas de celebrar el sacramento.

 

Forma A: Celebración individual. Esta forma también debe poseer una cierta estructura litúrgica: acogida por el sacerdote, lectura de la Escritura, confesión del pecado, imposición de la penitencia, oración, extensión de las manos del sacerdote con la fórmula de absolución seguida por la acción de gracias y la despedida con la bendición sacerdotal. Aunque por razones pastorales el sacerdote puede omitir o abreviar las partes del ritual, no obstante deben mantenerse las siguientes: la confesión del pecado y la aceptación de la penitencia, la petición de contrición, la absolución y la despedida. Cuando hay peligro de muerte basta con que el sacerdote pronuncie las palabras de la absolución: Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sin embargo, en la práctica no ha llegado generalmente a adoptarse esta nueva forma de celebración del sacramento.

 

Forma B: Celebración comunitaria de la reconciliación con confesión y absolución individual. Esta forma combina la confesión y la absolución individual con una celebración comunitaria de la penitencia como preparación y acción de gracias comunitarias. La confesión individual se encuentra, así, incrustada en una celebración litúrgica en la que se lee la Escritura, se comenta en la homilía, se hace examen de conciencia y confesión general de los pecados, se ora, se reza la oración del Señor y se dan las gracias comunitariamente. Esta celebración hace más claro el carácter eclesial comunitario de la penitencia (371).

 

Forma C: Celebración comunitaria de la reconciliación con confesión y absolución general. Esta forma sólo está permitida si existe necesidad urgente. Aparte del peligro de muerte, esta necesidad sólo se plantea cuando hay un número insuficiente de confesores, de modo que no se tiene suficiente tiempo para oír la confesión individual y los fieles, de otro modo, no por su propia culpa, tendrían que permanecer un largo tiempo sin la gracia de los sacramentos o de la sagrada comunión. Esta forma presupone la voluntad de confesar individualmente los pecados mortales tan pronto como sea posible. La decisión de determinar si se dan las condiciones de necesidad urgente es responsabilidad del obispo diocesano, que consulta a los miembros de la Conferencia Episcopal (cf. CIC c. 961). La Conferencia Episcopal Alemana no piensa que se dé habitualmente esta necesidad urgente, salvo cuando un gran grupo corre peligro de muerte.

 

Estas tres formas de la celebración sacramental de la penitencia no son iguales que las celebraciones en un sentido más restringido. Las celebraciones penitenciales son expresión y renovación de la conversión efectuada en el bautismo. En estas celebraciones, el pueblo de Dios se reúne para escuchar la Palabra de Dios, que llama a la conversión y a la renovación de la vida, y que proclama la liberación del pecado mediante la muerte y la resurrección de Jesucristo. Este tipo de celebraciones consta de los siguientes elementos: Introducción (cántico, acogida y oración), lecturas de la Sagrada Escritura intercaladas por un himno o un momento de silencio, homilía, examen de conciencia comunitario y oración de perdón, en particular la oración del Señor, pero no se da la absolución sacramental. Así pues, este tipo de celebraciones no deben confundirse con la celebración del sacramento de la penitencia. Sin embargo, son muy útiles para la conversión y la purificación del corazón. Pueden potenciar el espíritu de la penitencia cristiana y ayudar a los fieles a preparar su confesión individual, a profundizar en el sentido del carácter comunitario de la penitencia, y, en particular, a educar a los niños en la penitencia. Si, por consiguiente, existe un verdadero espíritu de conversión y se realiza una contrición perfecta, se perdonan los pecados veniales con este tipo de celebraciones. Son, por tanto, un medio efectivo de salvación. Deberían formar parte de la vida de la parroquia y celebrarse especialmente durante las épocas penitenciales (cf. Gem. Synode, Schwerpunkte heutiger Sakramentenpastoral, c. 4; Katholischer Erwachsenen-Katechismus, vol. 1, pp. 367-371).

 

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