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Pregunta 194:

¿Cómo puede ser pecador un recién nacido para tener que bautizarse? (TR)

 

Respuesta: Al principio, en la Iglesia sólo se bautizaban los adultos […] Sólo llega a plantearse el tema o a aceptarse la práctica en la segunda generación. En el Nuevo Testamento no encontramos referencias directas a esta praxis. Sin embargo, en él se habla de que se bautizaba a toda una casa, es decir, a la totalidad de la familia incluida la servidumbre (cf. Hch 16,15.33-34; 18,8; 1 Cor 1,16). Es posible, por tanto, que también se incluyera a los niños. Las primeras referencias claras y específicas al bautismo infantil datan del siglo II. Así pues, esta praxis ha existido desde hace mucho tiempo tanto en las iglesias de oriente como de occidente. Diversos papas y sínodos, y, en particular, el Concilio de Trento (cf. DS 1514; 1626-1627; NR 356; 544-545), confirmaron y defendieron esta doctrina y su praxis […].

 

Tres son las razones principales que justifican esta práctica.

 

1. Hacerse cristiano mediante el bautismo es una gracia gratuita e inmerecida mediante la que Dios actúa antes de que nosotros actuemos y abraza nuestras vidas desde el comienzo (cf. 1 Jn 4,10.19; Tit 3,5); es una gracia que todos necesitamos desde los primeros instantes de nuestra vida por el pecado original. Esta gracia que precede a todo hacer y sin mérito alguno se expresa de forma especialmente clara en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres negarían al niño un bien muy importante si no le dieran el sacramento del bautismo después de nacer.

 

2. La fe siempre remite a, y depende de, la comunión de los creyentes. El bautismo de niños simboliza claramente esta dependencia e inclusión en la comunidad general sin la que el niño no podría literalmente sobrevivir. Mediante sus padres y padrinos, el niño es integrado en la comunión de todos los creyentes que son sus responsables ante Dios y ante el mundo. He aquí una de las razones por las que el niño sólo puede bautizarse si los padres o los familiares garantizan su formación cristiana posterior. Donde no se da esta garantía, lo prudente es posponer el bautismo.

 

3. La fe no es un acontecimiento de un instante, sino un proceso de crecimiento. El crecimiento en Cristo y en la fe es un proceso que dura toda la vida. El Nuevo Testamento no sólo conoce el movimiento que conduce desde la fe al bautismo y que encuentra en éste su forma más plena de expresión (cf. Hch 8,12-13; 18,8; 10,47; et passim).También se produce un movimiento inverso, mediante el que se recuerda su bautismo a los bautizados y se les conduce más profundamente a su realidad bautismal (cf. Rom 6,3-4; 1 Cor 6,9-11; Ef 5,8-9; 1 Pe 2,1-5). Después de todo, el bautismo no es solamente un signo de la fe, sino también la fuente de su fuerza; es el sacramento de la iluminación. Como tal, es el comienzo de un camino de fe que se desarrolla a lo largo de toda la vida.

 

A partir de estas reflexiones, se hace evidente la necesidad de una renovación de la preparación de los adultos para el bautismo. Esencialmente, toda la atención pastoral se centra en conducir a la persona hasta el bautismo y a desarrollar la nueva vida que le es inherente en su interior y en la parroquia. En su sentido restringido, la preparación de los adultos para el bautismo incluye el catecumenado propio y en el caso de los niños la preparación de sus padres y padrinos, la atención pastoral a quienes van a contraer matrimonio y a las parejas que se han vuelto a casar, y la implicación de toda la comunidad en la responsabilidad compartida de la formación cristiana de los niños. Una particular importancia tiene en este contexto la renovación de la catequesis comunitaria, mediante la que los niños al tiempo que crecen, se les va introduciendo en la fe y la vida de la iglesia (cf. Gem Synode, Schwerpunkte heutiger Sakramentenpastoral 2-3). El sacramento de este crecimiento es la confirmación (Katholischer Erwachsenen-Katechismus, vol. 1, pp. 337-339).

 

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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