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Pregunta 20:

¿Cómo puede comerse a Dios en la eucaristía? Jesús dice en los Evangelios que todo cuando pasa por la boca llega al estomago y luego se expulsa. Por consiguiente, ¿cómo podéis llamar Dios a lo que coméis y bebéis en la eucaristía? Tras comer los dones eucarísticos, ¿sólo quedan en vosotros dos de los tres Dioses? (TR)

 

Respuesta: La eucaristía es uno de los siete sacramentos de la fe católica.

 

¿Qué son los sacramentos? ¿Qué significa recibirlos?

 

Los sacramentos son signos en los que los cristianos experimentamos de modo especial la lealtad que Dios nos tiene mediante Jesucristo. En ellos encuentra su expresión lo que realmente recibimos, es decir, el encuentro con Cristo. La Iglesia Católica admite siete sacramentos: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia y reconciliación, unción de enfermos, orden sacerdotal y matrimonio. Los sacramentos acompañan a los seres humanos a lo largo de toda su vida, desde el nacimiento hasta la muerte. En el bautismo recibimos la nueva vida mediante Jesucristo, que nos integra en la comunidad de la Iglesia. Con la confirmación Cristo nos fortalece con el Espíritu Santo para que podamos vivir no como niños, sino como cristianos responsables en el mundo y podamos dar testimonio de nuestra fe. En la eucaristía nos hacemos uno con Cristo y con los demás. Mediante la penitencia y la reconciliación, Cristo nos concede de nuevo, una y otra vez, el perdón de nuestros pecados y culpas. Con la unción de los enfermos, Cristo permanece junto a nosotros cuando nos encontramos gravemente enfermos y en peligro de muerte. Mediante el sacramento del orden, confiere al destinatario la fuerza plena para proclamar su palabra y dispensar los sacramentos. Con el matrimonio, cuando dos personas se dicen sí recíprocamente, Cristo los une con un vínculo indisoluble hasta la muerte.

 

Los sacramentos fundamentales son el bautismo y la eucaristía. En el Nuevo Testamento encontramos testimonios abundantes de su práctica. Al sostener que los sacramentos son siete, la Iglesia Católica se apoya en un largo desarrollo cuyo origen se remonta a la vida de la iglesia primitiva y que terminó aproximadamente en el siglo XII. En el siglo XVI se convirtieron en objeto de controversia entre las iglesias. A partir de entonces, las Iglesias de la Reforma sólo reconocen dos sacramentos: el bautismo y la Última Cena (eucaristía). Sin embargo, puede notarse una cierta convergencia en los últimos años.

 

La recepción de los sacramentos pertenece a las condiciones que uno debe cumplir para ser cristiano: el bautismo, que hace posible la entrada en la comunidad, es el primer requisito fundamental. Posteriormente, la eucaristía asegura la unión con Cristo que él prometió. Sólo es posible la vida cristiana mediante la recepción de los sacramentos. Sólo quien está en relación con Cristo puede cumplir con su vocación de cristiano.

 

La eucaristía es partir el pan con, es decir, ponerse a la mesa con Jesucristo, y, por tanto, es expresión de la unión con él y con Dios.

 

La eucaristía hace visible la unidad con Cristo porque todos cuanto participan en la sagrada cena toman parte en el cuerpo de Cristo. El pan que partimos, ¿no es acaso comunión con el cuerpo de Cristo? Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un mismo pan (1 Cor 10,16b-17). La última cena que Jesús comparte con sus discípulos, y que es transmitida numerosas veces en el Nuevo Testamento (1 Cor 11,23-25; Mc 14,22-25; Mt 26,26-29; Lc 22,15-20), es la última comida en lo que puede haber sido una larga serie de banquetes con sus discípulos. La fracción del pan ha sido siempre la marca distintiva de relación y de vida en común que encontró expresión en compartir un banquete.

 

Es de suponer que Jesús recurrió a esta forma religiosamente significativa del banquete judío ritualmente configurado: al comienzo, el cabeza de familia alababa a Dios, donador del pan, por el pan ácimo, lo partía en trozos para cada uno (fracción del pan) y lo repartía. Al terminar la comida, se repetía el mismo rito con la copa de vino. Con este trasfondo, los discípulos entendieron sin duda alguna lo que Jesús hizo y dijo en la última cena. Con sus palabras, Tomad, esto es mi cuerpo, esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos (Mc 14,22b-23), iba más allá del banquete ceremonial, dándole un nuevo significado, un nuevo sentido: con el pan y el vino se refería a sí mismo. Ante la inminencia de su muerte, que aceptó, habló de sí mismo como el sacrificio: como el pan ácimo, así será partido mi cuerpo; como el vino derramado, así se derramará mi sangre. En esta perspectiva, el sufrimiento y la muerte de Jesús se entienden como sacrificio y expiación por los pecados.

 

Recordando la última cena del Señor, los cristianos celebraron y celebran constantemente el banquete común: Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva (1 Cor 11,26), escribe Pablo. Sin embargo, este banquete conmemorativo no es un banquete funerario, sino de alegría, pues celebramos la resurrección de Jesús (1 Cor 15) y damos gracias (cf., en particular, Hch 2,46) por: 1. El sacrificio de Jesús, su vida y su muerte por nosotros; 2. Su solidaridad con nosotros, pues, en realidad, el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? (1 Cor 10,16b) y 3. La esperanza de su advenimiento en gloria (cf. Mc 14,25 26,29; 22,18).

 

El término griego eucharistia significa acción de gracias. Por eso, llamamos eucaristía a nuestra comida de acción de gracias. Constituye el centro de toda comunidad cristiana, el corazón de la Iglesia, el pan que nutre al creyente cristiano.

 

De este modo, la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, una comunidad igualitaria a partir del cuerpo de Cristo, unida por el vínculo del amor; en este sentido exhorta Pablo: amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros, con un celo sin negligencia; con espíritu fervoroso; sirviendo al Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad (Rom 12,10-13).

 

El vínculo cristiano de la unidad y el fundamento de la fraternidad y la solidaridad mutuas no se encuentran ya en las relaciones de sangre y la pertenencia a la misma tribu, sino en la fe común, en Cristo resucitado, que une a los cristianos entre sí mediante el sacramento de la eucaristía en el Espíritu Santo.

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J. Prof. Dr. T. Specker,
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