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Pregunta 204:

En el Nuevo Testamento se dice que las mujeres deben cubrir su cabeza en la iglesia. ¿Por qué no se sigue obedeciendo esta ley? (TR)

 

Respuesta: Respondemos en dos partes.

 

¿Son válidas para siempre todas las directrices y normas bíblicas que rigen el comportamiento ético?

 

La validez generalmente absoluta de las normas éticas plantea la cuestión de si las directrices de épocas anteriores, incluidas las que encontramos en los textos bíblicos, poseen aún un carácter vinculante para la gente de nuestro tiempo y su formulación sigue siendo aplicable a toda situación sin excepción. Las normas siempre exigen una interpretación y una aplicación apropiada. Este proceso desemboca en ocasiones en el descubrimiento de que las normas individuales de tiempos pretéritos (por ejemplo, las que regulaban el estatus de los esclavos) ya han dejado de tener validez alguna en nuestro tiempo.

 

También sucede que en unas circunstancias cambiantes, las normas ya no protegen el bien que originariamente pretendían proteger. En este caso, el cambio de circunstancia también conduce a un cambio o a una completa revocación de la norma que anteriormente era válida. Así, por ejemplo, la usura podía conducir al abuso y al chantaje en ciertos sistemas económicos basados en la agricultura, mientras que es totalmente justa en otros sistemas, donde el dinero prestado da fruto y produce intereses.

 

La pretensión de validez absoluta de las normas no excluye la posibilidad de que los bienes que deben ser protegidos por una norma entren en conflicto entre sí. Durante el proceso de evaluación ética, debemos considerar con cuidado qué bien debe priorizarse en un determinado caso.

 

También puede cambiar el modo de entender la persona y las relaciones humanas. Por ejemplo, existen numerosas convergencias entre la forma de entender la sexualidad humana en tiempos de san Agustín (354-430) o Tomás de Aquino (1224-1274) y la perspectiva del Vaticano II, pero también se dan notables diferencias. El último refleja los avances de la medicina y la antropología, pero también las experiencias culturales que han influido considerablemente en la visión de la sexualidad y del matrimonio. La humanización de la sexualidad y del matrimonio que encontramos en el Concilio no habría sido entendida por Agustín, ni por Tomás ni siquiera por el Código de Derecho Canónico de 1917. Esto pone de manifiesto que el ethos adquiere diferentes formas en diferentes etapas y que lo ensayado y comprobado se mantiene mientras que lo nuevo prueba su validez […].

 

Vivimos en tiempos de grandes cambios en los sentimientos, las ideas y los valores. Dado el pluralismo de opiniones, visiones y convicciones, no resulta siempre fácil discernir qué es moral y justo ante Dios. En este contexto, nosotros, es decir, los católicos, tenemos que recordar los orígenes de nuestra fe y las convicciones morales de todo el pueblo de Dios. Siempre que se incremente nuestro conocimiento y sea necesario realizar una profunda exégesis de las normas anteriormente válidas, tenemos que tener en cuenta qué valor debe protegerse (cf. Veritatis splendor, n. 53). El Vaticano II nos da un ejemplo con respecto a la libertad de religión y de conciencia. La concepción anterior no había tenido suficientemente en cuenta a quienes se equivocan subjetivamente. En este caso, la nueva orientación no tuvo por objetivo ablandar los principios morales, sino, más bien, ofrecer una nueva interpretación que muestra más claramente las exigencias del evangelio y su carácter vinculante con normas relativas a los derechos humanos fundamentales (Katholischer Erwachsenen-Katechismus, vol. 2, pp. 103 s.).

 

Bajo estos aspectos, resulta claro que muchas normas de las Sagradas Escrituras, en particular las que poseen un origen cultural, tienen que reconsiderarse e interpretarse constantemente. Tal exigencia también afecta a las observaciones que el apóstol Pablo hace sobre el estatus de las mujeres en la familia y la comunidad.

 

¿Qué es lo que dice en concreto el texto bíblico?

 

El texto al se refiere esta pregunta es probablemente 1 Cor 11,3-16, en el que Pablo habla sobre el velo de las mujeres. El famoso especialista en las cartas de Pablo, el Dr. Norbert Baumert, resume su investigación sobre este texto en los siguientes términos:

 

¡Cuántas batallas se han librado con este texto! A menudo las mujeres se han visto limitadas por su culpa e incluso se han visto forzadas hasta el punto de tener que ponerse un papel en la cabeza al entrar en una iglesia si no llevaban el velo de tela […]

 

El origen de la exhortación del apóstol se encuentra en que las mujeres que oraban en voz alta y anunciaban oráculos proféticos en las celebraciones se soltaban el pelo y distraían con ello. En ocasiones, los profetas y las profetisas de Grecia se soltaban el pelo y gesticulaban como locos para intensificar la importancia de su rol profético, de modo que el cabello les caía sobre su rostro y cuello de modo más o menos impactante. Pablo critica este comportamiento en el caso de los hombres y de las mujeres, pero dado que entonces la mayoría de los hombres no se dejaban el pelo largo, la formuló de forma diferente: los hombres expresan su vanidad e importancia ocupándose de su cabeza. Las mujeres siempre llevaban cabello largo y si se casaban se lo recogían o sujetaban con alfileres. La mujer cubría su cabeza con su cabello (no su cabello con un velo). Este modo de hablar no sería apropiado para un varón, pues nunca se recogería su cabello con alfileres. Como en todas las épocas, también había hombres que ya no tenían cabello con el que cubrir su cabeza. Así pues, con cabello largo o corto, con mucho o con poco, un orador puede siempre atraer la atención o intentar impactar dramáticamente.

 

Si mover la cabeza durante la oración y la proclamación profética es siempre inapropiado, entonces afecta a la posición social de las mujeres, incluso más que a los hombres, puesto que el pelo recogido es también un signo de que está casada. Al mismo tiempo, soltarse el pelo es, hasta cierto punto, una provocación a los hombres, como puede deducirse del término esquilada o pelada que se aplica a las adulteras y las prostitutas. Además, la causa real de la exhortación parece haber sido el mal comportamiento de las mujeres, porque no se critica aquí a los hombres, que también podrían haberse comportado mal a este respecto.

 

Lo que resulta interesante es la reacción afectiva del apóstol y cómo, con verdadero estilo rabínico, ofrece razones bíblicas y teológicas para el reproche que hace. Puesto que la cuestión es la cabeza de la mujer, Pablo busca citas bíblicas y teológicas en las que aparezca el término y luego juega con los dos sentidos que posee, es decir, el sentido fisiológico y orgánico y el sentido interpersonal de ser cabeza de algo, de estar por encima de ello, de tener prioridad. La palabra que en griego tiene ambos sentidos es kephalé. Esta palabra no posee el sentido interpersonal de tener prioridad, pero denota origen (por ejemplo, la fuente es la cabeza del río). Pablo piensa en el segundo relato de la creación (Gn 2,21s.). También supone que el lector juzgará la conducta al igual que él y que, por consiguiente, comprenderá y aceptará su argumento. Él mismo fue criado en un ambiente griego y conoce perfectamente lo que culturalmente es aceptado o no. Además, el problema no afectaba a todas las mujeres, sino a algunas que él pensaba que carecían del tacto suficiente.

 

El texto (1 Cor 11,3-16). «3 Sin embargo, quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo; y la cabeza de la mujer es el hombre; y la cabeza de Cristo es Dios. 4 Todo hombre que ora o profetiza con la cabeza cubierta, afrenta a su cabeza [es decir, a Cristo]. 5 Y toda mujer que ora o profetiza soltando su cabello, afrenta a su cabeza [es decir, a su marido]; es como si estuviera rapada. 6 Por tanto, si una mujer no se cubre la cabeza [con su cabello], que se corte el pelo. Y si es afrentoso para una mujer cortarse el pelo o raparse, ¡que se cubra! [con su cabello].7 El varón no debe cubrirse la cabeza, pues es imagen de la gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. 8 En efecto, no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón. 9 Ni fue creado el varón por razón de la mujer, sino la mujer por razón del varón. 10 He ahí por qué debe llevar la mujer sobre la cabeza una señal de sujeción por razón de los ángeles.11 Por lo demás, ni la mujer sin el varón, ni el varón sin la mujer, están en el Señor.12 Porque si la mujer [Eva] procede del varón [Adán], el varón, a su vez, nace mediante la mujer, y todo proviene de Dios.13 Juzgad por vosotros mismos. ¿Está bien que la mujer ore a Dios con el cabello suelto? 14 ¿No os enseña la misma naturaleza que es una afrenta para el varón si intenta impresionar con su pelo, 15 mientras es una gloria para la mujer si intenta impresionar con su pelo? En efecto, la cabellera le ha sido dada a modo de velo.16 De todos modos, si alguien quiere discutir, no es ésa nuestra costumbre ni la de las iglesias de Dios».

 

Vemos, así, que la sección forma una unidad completa y posee un hilo claro de argumentación (Frau und Mann bei Paulus. Überwindung eines Missvertändnisses, Echter, Wurzburgo 1992, pp. 166-168).

 

En una carta que me envió el 14 de octubre de 2009, Baumert añade lo siguiente:

Otro ejemplo puede hallarse en 1 Cor 14,33-36, donde habitualmente leemos: «Las mujeres deben callarse en la iglesia». Ahora bien, en 1 Cor 11,5 Pablo supone que oran en voz alta y proclaman oráculos proféticos en la iglesia. Sin embargo, en 14,33 no se refiere a un encuentro de oración o a una actividad en la iglesia, sino que el término «congregación» se usa aquí con el sentido original de ekklesia, es decir, congregación para tomar decisiones. Es el término que designa la reunión oficial de los habitantes de una ciudad; en nuestro caso, se aplica a la iglesia doméstica. Y en uno y otro caso, no se admitía la presencia de mujeres. Además, Pablo no les exige que se callen, sino que sólo dice lo que se aplica en general: el código del municipio no permite que las mujeres hablen. Y la razón no es porque tal esta la voluntad inalterable de Dios, sino porque ni en la tradición judía ni en la helenista era habitual que las mujeres estuvieran presentes en estas reuniones, dijeran lo que dijeran. El principio que subyace tras esta orden es el siguiente: «Haced lo apropiado y adecuado según las circunstancias en que viváis». Puesto que las circunstancias han cambiado, Pablo aplicaría actualmente este mismo principio y diría que las mujeres pueden hablar en una reunión donde se tomen decisiones.

 

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