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Pregunta 206:

Si Adán y Eva no hubieran comido del fruto, ¿habría sido innecesario Jesús? (TR)

 

Respuesta: La versión teológica de esta pregunta es: ¿Habría tenido Dios que encarnarse en Jesucristo si no hubiera sucedido la caída que nos describe el libro del Génesis (Gn 3)? A la luz de la revelación que se nos ha dado por y en Jesucristo, el ungido (Cristo), nuestra respuesta es afirmativa.

 

El misterio de la encarnación de Dios y la salvación que deriva de ella puede bosquejarse en cinco pasos:

 

1. Todo es creado en y mediante Cristo

 

Lo que la humanidad siempre ha anhelado y lo que cada ser humano, consciente o inconscientemente, ha esperado, se ha cumplido verdaderamente en Jesucristo […] de un modo tan singular que sobrepasa todo lo que se esperaba. El corazón de la humanidad es de tal modo que solamente Dios puede llenarlo completamente. Esto aconteció de una vez por todas mediante la encarnación del Hijo de Dios en Jesucristo. En él se ha revelado la plenitud de Dios (cf. Col 1,19) para cumplir y unir todo (cf. Ef 1,10).

 

El Nuevo Testamento utiliza una variedad de imágenes y conceptos para anunciar que Jesucristo es la plenitud de los tiempos. En él la vida y la luz que siempre brillaron en el mundo arden plenamente (cf. Jn 1,4.9). En él se ha revelado la múltiple sabiduría y el misterio eterno de Dios (cf. Ef 3,9-10), así que en él están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (Col 2,3). En él Dios ha congregado todo en la plenitud del tiempo y lo ha unido en el cielo y en la tierra (cf. Ef 1,10). El Nuevo Testamento se atreve a dar un paso más: en él y por él se ha hecho todo cuanto existe (cf. 1 Cor 8,6; Heb 1,2; Jn 1,3). Él es el primero y el último (cf. Ap 1,17; 22,13).

 

«Él es Imagen de Dios invisible,

Primogénito de toda la creación,

porque en él fueron creadas todas las cosas,

en los cielos y en la tierra,

las visibles y las invisibles,

tronos, dominaciones, principados, potestades:

todo fue creado por él y para él,

él existe con anterioridad a todo,

y todo tiene en él su consistencia» (Col 1,15-17).

 

[…] Los padres de la Iglesia decían frecuentemente que en toda la realidad, en la naturaleza como en la cultura, en las religiones como en la filosofía, se encuentran huellas, semillas, fragmentos del logos (razón, intelecto, sabiduría), que llegó a nosotros con toda su plenitud en Jesucristo. Por consiguiente, Cristo es la cabeza y la plenitud de toda la realidad (Ireneo de Lyon). El Vaticano II afirma: Jesucristo es «la clave, el centro y la meta de toda la historia humana» (GS 45). Y en otro lugar dice: El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones (ibíd., 45). En particular, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (ibíd., 22).

 

[…] Así pues, Cristo es para los cristianos la clave para entender el mundo y la vida en el mundo […] Sólo en Cristo se ilumina el sentido más profundo de toda la realidad (Katholischer Erwachsenen-Katechismus, vol. I, pp. 164-165).

 

2. La Palabra se hizo carne para que conociéramos el amor de Dios

 

En esto se manifestó entre nosotros el amor de Dios; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él (1 Jn 4,9). Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,16).

 

3. La Palabra se hizo carne para hacernos partícipes de la naturaleza divina

 

La Palabra se hizo carne y el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre para que el hombre, entrando en comunión con la Palabra y recibiendo así la filiación divina, pudiera ser hijo de Dios (Ireneo, Ad. Haer. 3,19,1 […]. (El Hijo Unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que, habiéndose hecho hombre, hiciera dioses a los hombres") (Santo Tomás de Aquino, Oficio de la festividad del Corpus, Of. de Maitines, primer Nocturno, Lectura I) (CatIglCat 460).

 

4. Este mundo, al que Cristo ha venido, está marcado por el pecado y la muerte

 

397 El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (cf. Gn 3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el primer pecado del hombre (cf. Rm 5,19). En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios y una falta de confianza en su bondad.

 

399 La Escritura muestra las consecuencias dramáticas de esta primera desobediencia. Adán y Eva pierden inmediatamente la gracia de la santidad original (cf. Rm 3,23). Tienen miedo del Dios (cf. Gn 3,9-10) de quien han concebido una falsa imagen, la de un Dios celoso de sus prerrogativas (cf. Gn 3,5).

 

401 Desde este primer pecado, una verdadera invasión de pecado inunda el mundo: el fratricidio cometido por Caín en Abel (cf. Gn 4,3-15); la corrupción universal, a raíz del pecado (cf. Gn 6,5.12; Rm 1,18-32); en la historia de Israel, el pecado se manifiesta frecuentemente, sobre todo como una infidelidad al Dios de la Alianza y como transgresión de la Ley de Moisés; e incluso tras la Redención de Cristo, entre los cristianos, el pecado se manifiesta de múltiples maneras (cf. 1 Co 1-6; Ap 2-3). La Escritura y la Tradición de la Iglesia no cesan de recordar la presencia y la universalidad del pecado en la historia del hombre (CatIglCat).

 

5. Cristo se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado

 

619 "Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras"(1 Cor 15,3).

 

620 Nuestra salvación procede de la iniciativa del amor de Dios hacia nosotros porque "Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados" (1 Jn 4,10). "En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo" (2 Cor 5,19).

 

621 Jesús se ofreció libremente por nuestra salvación. Este don lo significa y lo realiza por anticipado durante la última cena: "Este es mi cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Lc 22,19).

 

622 La redención de Cristo consiste en que Él "ha venido a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20,28), es decir "a amar a los suyos [...] hasta el extremo" (Jn 13,1) para que ellos fuesen "rescatados de la conducta necia heredada de sus padres" (1 Pe 1, 18).

 

623 Por su obediencia amorosa a su Padre, "hasta la muerte [...] de cruz" (Flp 2,8), Jesús cumplió la misión expiatoria (cf. Is 53,10) del Siervo doliente que "justifica a muchos cargando con las culpas de ellos" (Is 53,11; cf. Rom 5,19).

 

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