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Pregunta 21:

Afirmáis que toda persona nace con el pecado original. Asumamos por ahora que es cierto. Con Jesús se produjo la reparación de los pecados de todos o bien pagó el precio del rescate por los pecados de todos. Pero, ¿dónde aparece aquí la responsabilidad del individuo? Es más, si Jesús ha pagado por los pecados de todos con su muerte y resurrección, ¿por qué siguen naciendo los niños con el pecado original? ¿Qué función tiene entonces Jesús [en cuanto redentor]? (TR)

 

Respuesta: Léase con atención el capítulo 3, III y IV.

 

Terminología y realidad del pecado original

 

Al interpretar la historia a la luz de la fe en Dios, la posición fundamental de la Biblia es la siguiente: Dios no quería que el mundo existiera y no lo creó del modo como actualmente lo encontramos. Quería y quiere la vida, no la muerte; detesta la injusticia, la violencia y la mentira. No quiere que la gente sufra, sino que sea feliz en comunión con él. Para subrayar la voluntad y el plan original de Dios, la Biblia nos narra la Historia del Paraíso (Gn 2,8.15-17). El objetivo de este relato, como enseñanza sobre los orígenes de la humanidad, no es de carácter paleontológico, sino afirmar una realidad desde el punto de vista de la fe, y, por consiguiente, se trata de una declaración teológica: Dios creó a la humanidad no sólo buena, sino muy buena; además, permitió a la humanidad que compartiera su vida.

 

El testimonio sobre el paraíso y los orígenes del hombre no es importante en sí mismo. Simplemente presenta el trasfondo para que podamos comprender la situación actual de la humanidad como un estado de distanciamiento y alienación que Dios no quiso ni creó. Así pues, ¿de dónde procede el mal? El pecado entró en el mundo por un hombre y la muerte entró por el pecado (Rom 5,12). Tal es la sucinta conclusión del apóstol Pablo, que sintetiza lo que gráficamente se nos cuenta en la historia de la caída del ser humano en las primeras páginas de la Biblia (véase Gn 3,1-24).

 

La Biblia no sólo cuenta esta una historia de la caída del estado de gracia. Esta historia es el inicio de una avalancha de otras historias de pecado en las que se hace manifiesta su dimensión social. (Léase, por ejemplo, la historia del asesinato de Abel por Caín y el consiguiente círculo vicioso de culpa y venganza [Gn 4]. De igual modo, la historia del caos que estalla en el diluvio [Gn 6] y la de la torre de Babel [Gn 11]). En el Nuevo Testamento, Pablo retoma las historias de pecado del libro del Génesis. En el texto citado anteriormente, pone a Adán en relación con el segundo, el nuevo Adán, Jesucristo (véase Rom 5,12.14.15.17).

 

Estos textos van más allá del testimonio que encontramos en el Antiguo Testamento. Sólo mediante Jesucristo se nos ha esclarecido la universalidad y la radicalidad del pecado, que nos revela nuestra verdadera situación con respecto a la salvación y también con respecto a la destrucción. Sólo ahora se descubre la universalidad del poder del pecado que rige a la humanidad como poder de muerte. Sin embargo, la percepción de la universalidad del pecado es solamente el lado negativo de la moneda de la universalidad de la salvación acontecida en Jesucristo. Puesto que sabemos que en Jesucristo todos somos salvados, podemos afirmar que la destrucción está fuera de Jesucristo. El testimonio del pecado no posee un significado independiente. Ejemplifica la universalidad y la plenitud de la salvación que Jesucristo ha traído. La situación problemática y desesperanzada de la humanidad se ve cubierta por la esperanza mayor y la certeza de la salvación que se nos concede en Jesucristo.

 

Un primer problema que la generación actual encuentra para entender correctamente esta lección es que son muchos los científicos que sostienen que en el comienzo de la historia no hubo solamente una pareja (monogenismo), sino que la vida humana se originó en diversos lugares simultáneamente a lo largo de un proceso de evolución (poligenismo o, incluso, polifiletismo). Sin embargo, el significado de lo que la Iglesia enseña se conserva cuando se mantiene que la humanidad, que constituye una sola entidad, se opuso al ofrecimiento de la salvación de Dios al comienzo y que el desastre resultante es una realidad universal de la que nadie puede liberarse por sus propios esfuerzos. Si mantenemos esta convicción de fe, entonces la cuestión del monogenismo o poligenismo es puramente de carácter científico, que debe resolverse por los especialistas con los pertinentes métodos científicos. Pero, debe quedar claro que no es una cuestión de fe.

 

Un segundo problema se encuentra en el modo de aproximarse a la comprensión de la doctrina del pecado original. Son muchos los que piensan que el término pecado original es una contradicción, puesto que se define como el estado de pecado que caracteriza a todos los seres humanos como consecuencia de la caída de Adán. Con otras palabras, es un pecado hereditario. Sin embargo, el término herencia parece suponer algo que nosotros no hemos logrado por nosotros mismos, sino que lo hemos conseguido a partir de nuestros antepasados. Ahora bien, el pecado es un acto personal del que cada uno es responsable. Nos encontramos, así, ante un dilema: o bien hemos asumido el pecado como una herencia, en cuyo caso no es un pecado, o se trata de un pecado, en cuyo caso el término original no pinta nada.

 

Los problemas se resuelven cuando renunciamos a la visión individualista de la humanidad que subyace en esta objeción y nos centramos en su solidaridad: nadie comienza desde el principio, nadie parte de un punto cero. Todos, en su yo más profundo, nos configuramos mediante nuestra historia personal, la historia de nuestra familia, la vida de los demás, la cultura e incluso la humanidad en su totalidad. De este modo, todos nos encontramos en una situación que está determinada por el pecado. Venimos a la vida en una sociedad que está dominada por el egoísmo, los prejuicios, la injusticia y la falsedad. Todo esto no sólo nos influye externamente, sino que determina nuestra realidad. Nadie vive solamente para sí mismo; todo cuanto somos, lo somos conjuntamente con los demás. Así pues, la pecaminosidad universal está en todos nosotros, la poseemos cada uno de nosotros. Existe, por tanto, una red de enredos recíprocos y una solidaridad universal en el pecado de la que no puede liberarse nadie. En particular, esto puede aplicarse también a los niños. Personalmente, no son culpables; sin embargo, su vida se desarrolla participando de la vida de los adultos, especialmente de sus padres. Por tanto, se hallan más interrelacionados en la historia de los adultos que los mismos adultos.

 

Según la doctrina católica, el pecado original existe en la calamitosa situación en que se encuentran las personas y la humanidad (cf. Rom 7,15.17-19.22-24). Esta doctrina tiene numerosas consecuencias en la práctica. Afirma que todo el mundo es pecador. Si decimos que no hemos pecado, lo convertimos en un mentiroso y su palabra no está en nosotros (1 Jn 1,10). Destruye también la ilusión que nos hacemos de nosotros mismos y nos conduce a dejar de soslayar nuestro pecado, a trivializarlo y a buscar siempre un chivo expiatorio en los demás, en el ambiente, en nuestra herencia común o en nuestra disposición. Sin embargo, esta doctrina del pecado original también nos enseña que debemos tener cuidado a la hora de hacer responsable a alguien de un pecado personal, a no apresurarnos a determinar el pecado y a juzgar a los demás. En definitiva, sólo Dios conoce el corazón de cada ser humano. Pero no quiere juzgar; sólo desea perdonar. Sólo conociendo este perdón es posible confesar el pecado. Por esta razón, afirmamos, una vez más, que por numerosos que sean los triunfos de la universalidad del pecado, éstos se ven oscurecidos por la luz de la fe, la universalidad de la salvación, que fue proclamada a lo largo de toda la historia del Antiguo Testamento y que finalmente se realizó en Jesucristo. La función más importante de la doctrina del pecado original consiste en remitir al perdón y al amor sanador de Dios que se nos ofrecen en Jesucristo.

 

La voluntad salvífica de Dios y la muerte de Jesús por nuestros pecados

 

La escandalosa muerte de Jesús en la cruz fue, desde el punto de vista judío, un castigo de Dios, una maldición (véase Gal 3,13). Los romanos la consideraban un deshonor y causa, como no pocos testigos afirman, de burla y desprecio. En 1 Cor 1,22-23 escribe Pablo: Pues los judíos piden signos y los griegos sabiduría, pero nosotros proclamamos a Cristo crucificado, un escándalo para los judíos y para los griegos una necedad.

 

Ciertamente, para los primeros cristianos fue realmente difícil entender adecuadamente este escándalo de la cruz. Sin embargo, al recordar las propias palabras de Jesús en la última cena y a la luz de la resurrección, llegaron a darse totalmente cuenta de que la impactante muerte de Jesús fue provocada en el nivel histórico por la falta de fe de la gente y su violencia, pero que tras este nivel se encontraba la voluntad de Dios, el plan salvífico de Dios, es decir, el amor de Dios. Los primeros cristianos reconocieron un deber divino (véase Mc 8,31; Lc 24,7.26.44) en el sufrimiento y la muerte de Jesús que ya estaba prefigurado en el Antiguo Testamento. En efecto, ya se decía en las tradiciones más antiguas del Antiguo Testamento que ya existían en la comunidad de Pablo, cuando éste se convirtió, que Jesucristo había muerto por nosotros según las Escrituras (véase 1 Cor 15,3). A la luz del cuarto cántico del Siervo sufriente del libro de Isaías (véase Is 52,13-53,12), Pablo llega a reconocer en la muerte de Jesús el inconmensurable amor de Dios, que no se conservó ni siquiera a su propio hijo, sino que, al contrario, lo entregó por nosotros (véase Rom 8,32.39; Jn 3,16), para reconciliar al mundo consigo mismo mediante Jesucristo (véase 2 Cor 5,18-19): La cruz es la expresión definitiva del amor total de Dios que se vacía de sí mismo. De este modo, se nos revela la naturaleza de Dios y el sentido del verdadero amor.

 

He aquí que prosperará mi Siervo,

será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera.

Así como se asombraron de él muchos

-pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre,

ni su apariencia era humana-,

otro tanto se admirarán muchas naciones;

ante él cerrarán los reyes la boca,

pues lo que nunca se les contó verán,

y lo que nunca oyeron reconocerán.

¿Quién dio crédito a nuestra noticia?

Y el brazo de Yahvé ¿a quién se le reveló?

Creció como un retoño delante de él,

como raíz de tierra árida.

No tenía apariencia ni presencia;

(le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar.

Despreciado, marginado,

hombre doliente y enfermizo,

como de taparse el rostro por no verle.

Despreciable, un Don Nadie.

¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba

y nuestros dolores los que soportaba!

Nosotros le tuvimos por azotado,

herido de Dios y humillado.

Él ha sido herido por nuestras rebeldías,

molido por nuestras culpas.

Él soportó el castigo que nos trae la paz,

y con sus cardenales hemos sido curados.

Todos nosotros como ovejas erramos,

cada uno marchó por su camino,

y Yahvé descargó sobre él

la culpa de todos nosotros.

Fue oprimido, y él se humilló

y no abrió la boca.

Como un cordero al degüello era llevado,

y como oveja que ante los que la trasquilan

está muda, tampoco él abrió la boca.

Tras arresto y juicio fue arrebatado,

y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa?

Fue arrancado de la tierra de los vivos;

por las rebeldías de su pueblo ha sido herido;

y se puso su sepultura entre los malvados

y con los ricos su tumba,

por más que no hizo atropello

ni hubo engaño en su boca.

Mas plugo a Yahvé

quebrantarle con dolencias.

Si se da a sí mismo en expiación,

verá descendencia, alargará sus días,

y lo que plazca a Yahvé se cumplirá por su mano.

Por las fatigas de su alma,

verá luz, se saciará.

Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos,

y las culpas de ellos él soportará.

Por eso le daré su parte entre los grandes

y con poderosos repartirá despojos,

ya que indefenso se entregó a la muerte

y con los rebeldes fue contado,

cuando él llevó el pecado de muchos,

e intercedió por los rebeldes (Isaías 52,13-53,12).

 

La sumisión de Jesús a Dios es la respuesta que da como propia sumisión obediente (este es el significado original de la palabra islam como sustantivo verbal) a la voluntad del padre por nosotros. Esta interpretación de la muerte de Jesús como sumisión de su vida por los demás, nos conduce a la esencia más profunda del testimonio neotestamentario.

 

La idea de representación se arraiga en una realidad humana fundamental, a saber, la solidaridad de todo el pueblo. La Biblia asume este tema y, de un modo novedoso, lo convierte en la ley fundamental de toda la historia de la salvación. Adán actúa como representante de toda la humanidad y suscita la solidaridad de todos en el pecado, a Abrahán se le dice que será una bendición para todas las generaciones (véase Gn 12,3) e Israel es la luz de todos los pueblos (véase Is 42,6). La Sagrada Escritura concreta esta idea en la imagen del sufrimiento vicario, que ya apreciamos en el cuarto cántico del Siervo sufriente (véase Is 53,4-5.12).

 

La idea de representación, que tan medular es en la Biblia, es particularmente idónea para clarificar nuestra fe en cómo la muerte de Jesús puede significar la salvación para nosotros. La consecuencia de la solidaridad humana en el pecado desembocó en la solidaridad de nuestro común destino: la muerte. Tal panorama demuestra, sobre todo, la situación irredenta y desesperanzada de la humanidad. Pero una vez que Jesucristo, la plenitud de la vida, expresa la solidaridad con nosotros en la muerte, convierte su muerte en el fundamento de una nueva solidaridad. Su muerte se convierte en la fuente de la vida nueva para todos lo que estábamos bajo el destino de la muerte.

 

Entender la muerte de Jesús como sufrimiento y muerte por nosotros constituye la quintaesencia del mismo Jesús. Así se evidencia en la antiquísima palabra (no comprendo qué entiendes tú por palabra antigua) que encontramos en Mc 10,45.

 

Otro de los conceptos que hoy día resulta difícil entender es la noción bíblica de sacrificio, concretamente, que la muerte de Jesús fue un sacrificio. Si queremos entender el sentido profundo de la noción de sacrificio, entonces debemos clarificar que el concepto no depende de los rituales exteriores. Las ofrendas sacrificiales que se hacían tenían su significado solamente como expresión del sacrificio personal; esta interioridad debe expresarse libre y materialmente. Con Jesús, el sacrificio personal de sí mismo se une plenamente con la ofrenda sacrificial; él es al mismo tiempo ofrenda y sacerdote. Así, su sacrificio fue el sacrificio perfecto, la plena realización de todos los demás sacrificios que eran mera sombra de este único sacrificio hecho de una vez por todas (Heb 9,11-28). Por esta razón, la carta a los Hebreos puede decir que este sacrificio no es algo exterior, sino el sacrificio que de sí mismo hace Jesús en obediencia al Padre (véase Heb 10,5-10). Mediante este sacrificio total por nosotros, la humanidad, que estaba distanciada de Dios, de nuevo se reconcilia plenamente con él. Mediante su único sacrificio, Jesús se convierte en el mediador entre la humanidad y Dios (véase 1 Tim 2,5). Con esta idea están asociadas las imágenes de la redención, la exoneración y la liberación.

 

Todas estas numerosas imágenes y afirmaciones tratan, en principio, del mismo tema. Quieren proclamar, de formas siempre nuevas, el amor salvífico y comprometido de Dios que Jesús nos consiguió de una vez por todas mediante su obediencia y su sacrificio para poner paz entre Dios y la humanidad como también entre los miembros de la comunidad humana. En este sentido dice la carta a los Efesios: Él es nuestra paz (2,14). En él, toda la alienación que habían provocado los pecados entre Dios y toda la humanidad, en la misma humanidad y en cada ser humano, es, una vez más, sanada y reconciliada. Por consiguiente, la cruz del profeta y del mesías no violento Jesús de Nazaret es, en definitiva, un signo del triunfo de Dios sobre todos los poderes y fuerzas hostiles a la humanidad. Es el signo de la esperanza.

 

La responsabilidad personal y la salvación

 

A nadie se le puede redimir en contra de su voluntad. La salvación que el amor infinito de Dios ofrece mediante su Hijo en el Espíritu Santo, quiere ser aceptada con libertad. El don libremente aceptado del amor redentor y sanador de Dios, es decir, de Dios, del mismo Espíritu Santo, pone en movimiento todo un proceso de sanación de por vida. Por el poder del Espíritu Santo, es decir, por la misericordia de Dios, y por la realización de obras buenas, una persona puede crecer espiritualmente. Sin embargo, la gracia puede perderse por el pecado, pero mediante la conversión sincera puede nuevamente lograrse. Así, la vida cristiana es una lucha contra la tentación de olvidar de nuevo a Dios, de desobedecer su voluntad. En este sentido, la vida cristiana es una constante vuelta hacia a Dios, un constante retorno a él. Esto siempre exige renovación y profundización. Sin embargo, aun cuando hayamos hecho todo, seguimos siendo unos pobres siervos (véase Lc 17,10).

 

La buena noticia de la salvación se anuncia a todo el mundo

 

Dios quiere que todo el mundo se salve y llegue al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4). No quiere que el pecador muera, sino que se convierta y viva (véase Ez 33,11; 2 Pe 3,9). El Concilio Vaticano II subrayó la universalidad de la voluntad salvífica de Dios; así leemos en la Constitución Lumen Gentium:

 

En efecto, los que sin culpa suya no conocen el evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Dios en su Providencia tampoco niega la ayuda necesaria a los que, sin culpa, todavía no han llegado a conocer claramente a Dios pero se esfuerzan con su gracia en vivir con honradez. La Iglesia aprecia todo lo bueno y verdadero que hay en ellos, como una preparación al evangelio y como un don de Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener finalmente vida (n. 16).

 

La elección de la vocación por cada persona, y también su donación, confirma también, lógicamente, que Dios acepta y toma en serio a cada uno. Esta es la razón por la que quiere que cada ser humano responda y acepte su ofrecimiento con total libertad. Sí, en efecto, con su amor, Dios hace que la realización de su voluntad salvífica dependa de nuestra libertad. Lo que significa que también podemos malograr la salvación por nuestro pecado.

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