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Pregunta 216:

¿Permite el cristianismo el trasplante de órganos? ¿Da igual que los donantes estén vivos o que hayan muerto? (TR)

 

Respuesta: Entre la amplitud de formas de vivir al servicio de los demás se incluye también la posibilidad de que otros recuperen la salud o se les salve la vida mediante la donación de tejidos y de órganos. […]

 

La posibilidad del trasplante de órganos plantea una serie de cuestiones y de dificultades. Son diferentes los problemas que se suscitan en torno al trasplante de órganos de un donante que vive y de alguien que acaba de fallecer.

 

La donación en vida solo es aceptable éticamente si se trata de órganos que tenemos duplicados, como, por ejemplos, los riñones. También es aceptable siempre que la vida y la salud del donante no corran ningún peligro y si se está seguro de que no sufrirá ningún otro daño importante e irreversible que perjudique a su vida, su salud y su capacidad laboral. Por otra parte, tiene que darse la esperanza razonable de que el trasplante del órgano prolongue la vida del receptor o de que mejore considerablemente su salud, Y, finalmente, el trasplante de un órgano tiene que ser el único medio para salvar la vida del receptor. Otra exigencia es que la motivación para hacer la donación sea el amor al prójimo y que el donante haya dado su consentimiento libremente tras una reflexión meticulosa y una información exhaustiva. Actualmente, se evita en gran medida el trasplante de órganos de personas que están vivas. Solo puede aceptarse en muy determinados casos como un sacrificio personal de enorme valor. No se debe presionar moralmente a nadie para que done sus órganos.

 

Diferentes son los problemas que surgen al analizar el trasplante de órganos de personas que acaban de morir a un receptor para quien ese trasplante (riñón, corazón, hígado) le puede salvar la vida o prolongársela. Numerosas personas tienen temores y reticencias profundamente arraigadas para donar sus órganos después de morir o tomar una decisión en nombre de un familiar fallecido. Creen que el respeto debido al cuerpo prohíbe esta violación de la integridad física del difunto. Otros temen que a los moribundos se les declare prematuramente muertos.

 

Dado que desde un punto de vista ético solo está permitido extraer el órgano cuando se está seguro de que el donante ha muerto, es de capital importancia determinar el momento de la muerte con toda seguridad. Teniendo en cuenta los avances de la medicina moderna, ya no son suficientes las últimas señales aparentes de que existe vida (el último aliento o el último latido del corazón), porque la circulación sanguínea o la respiración pueden mantenerse artificialmente. Muchos optan por sustituir el criterio anterior de muerte clínica por el de muerte cerebral, que consiste en el fallo total e irreversible de la función general del cerebro. La muerte cerebral es un criterio seguro para determinar que el deterioro de esta vida humana ya no es reversible. A partir de ese momento puede procederse a extraer los órganos para el trasplante.

 

La posibilidad de determinar la muerte definitiva de una persona puede eliminar el temor a que se le extraigan los órganos antes de morir. Además, la extracción de los órganos de una persona fallecida está sometida a ciertas condiciones, porque entra en colisión con la integridad del cuerpo muerto. Las leyes de los gobiernos regulan, por consiguiente, las condiciones que deben darse para proceder a la extracción de los órganos. Es importante el consentimiento del donante antes de morir o de sus familiares en el caso de que haya fallecido. El trasplante de órganos no es moralmente aceptable si el donante o sus representantes no han dado su consentimiento consciente (Catecismo de la Iglesia Católica 2296). Solo en casos urgentes, es decir, cuando el único medio para salvar la vida a otra persona es el trasplante, el objetivo de salvar otra vida tiene prioridad sobre la exigencia de conservar la integridad del cuerpo muerto. Las leyes gubernamentales y las directrices de los médicos tienen como objetivo impedir el abuso, sobre todo prohibiendo categóricamente comprar y vender órganos humanos.

 

En general, las iglesias cristianas creen que la donación de órganos es una oportunidad para poner en práctica la caridad después de la muerte, pero también están a favor de una evaluación ponderada de cada donación personal (cf. la declaración conjunta de la Conferencia Episcopal Alemana y del Consejo de la Iglesia Protestante Alemana titulada Dios es amigo de la vida, VI, 4: el trasplante de órganos). Hacerse la tarjeta de donante no puede ser algo obligatorio, pues el consentimiento debe ser siempre libre, meditado y motivado por el amor (Katholischer Erwachsenen-Katechismus, vol. 2, pp. 314-316; trad. esp. Catecismo Católico para Adultos, 2 vols., BAC, Madrid 1990).

 

Contáctenos

J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

Kolleg Sankt Georgen
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D-60599 Frankfurt
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