German
English
Turkish
French
Italian
Spanish
Russian
Indonesian
Urdu
Arabic
Persian
Casa     Citas Biblia y Corán     Preguntas     Responsables

Pregunta 221:

¿Qué opina el Vaticano sobre los sistemas políticos? ¿Ha dejado de aceptar un régimen totalitario en el que los cristianos tengan el poder? (TR)

 

Respuesta: En el capítulo 9 (III, 2 y IV) de esta página web abordamos esta cuestión. A lo que ahí decimos podemos agregarle lo que al respecto comenta el Catecismo Católico para Adultos (vol. 2, sección 3: Los cristianos y la comunidad política). Cuanto decimos a continuación procede de esta obra.

 

Los Evangelios y el poder político

 

Los cristianos vivían y siguen viviendo en diferentes sistemas políticos. ¿Qué orientación podemos extraer de los Evangelios para que se formen una opinión sobre la comunidad política, el ejercicio del poder político y la posición del pueblo con respecto a la autoridad política? […]

 

La respuesta que dio Jesús a la pregunta sobre el impuesto al César, que todo judío tenía que pagar (el tributo), debe entenderse desde el trasfondo de las agitaciones y las diversas confrontaciones políticas de la época. La moneda, con la imagen y la inscripción, contenía la exigencia requerida por el César de que se le venerara como a un ser divino. Así pues, los zelotes se oponían al impuesto mientras que otros estaban dispuestos a pagarlo, aunque con recelo. Con la pregunta sobre si era legítimo pagar el impuesto se pretendía tender una trampa a Jesús. Si respondía afirmativamente, sus adversarios dejarían de creer en su proclamación del Reino de Dios; si respondía negativamente, podría ser acusado de rebeldía contra la soberanía del César y, por tanto, condenado. La respuesta de Jesús, Dad al César lo que es el César y a Dios lo que es Dios (Mc 12,17), es de capital importancia. Jesús reconoce el derecho del Estado a lo que es deber suyo, pero también lo limita con la superioridad de Dios. Va más allá de la cuestión política y proclama la superioridad del derecho de Dios. Se trata de una disposición contra las exigencias y reivindicaciones injustas del poder que desprecia a Dios. Las palabras de Jesús nos orientan en el modo como debemos responder a la autoridad del Estado, pero no nos suministran unas instrucciones concretas o cómo responder en cada caso. A lo largo de la historia se han interpretado de formas diferentes sus palabras. Las situaciones diferentes exigían opciones diferentes y concretas nuevas.

 

El punto de vista realista de Jesús sobre las condiciones de su época y permanentes en el mundo, y la enseñanza sobre la respuesta requerida por los discípulos se encuentra en otro pasaje. Con respecto a la necesidad de aparecer como alguien importante, que también afecta a los discípulos, enseña lo siguiente:

 

Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestros servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos (Marcos 10,42-44).

 

Esta es la ley fundamental que Jesús dicta para la comunidad de hermanos y hermanas que quieren servir a Dios. Servirse unos a otros según el ejemplo dado por Jesús (Marcos 10,45) constituye la antítesis de toda la lucha por el poder que domina el mundo. Dios quiere que todo el mundo sea liberado de la opresión y la injusticia. Este principio afirmado por Jesús se convierte en un desafío para toda forma humana de pensar y en una acusación contra el Estado que abusa de su poder, cualquiera que sea la forma que adopte. Con su proclamación, que se fundamenta en el mensaje de liberación por parte de Dios, Jesús también condiciona toda adscripción a una forma determinada de gobierno. Siempre que el Estado ejerza su poder en beneficio de todos, sirve a Dios y puede reivindicar el respeto y la obediencia debidos.

 

Asimismo, san Pablo exhorta a los cristianos de Roma a que se sometan a los poderes superiores (el Estado) (Rom 13,1-7), de modo que quien se opone a la autoridad, se resiste al orden divino (13,2). Los ciudadanos deben obedecer a la autoridad, no por temor al castigo, sino porque saben que las autoridades son servidores de Dios (13,4s.). Pero también se da una advertencia: El Estado es responsable ante Dios y no puede reivindicar un poder absoluto. Su tarea consiste en proteger a los buenos y castigar a los malos. Si el Estado se excede en sus competencias, desaparece el deber de obedecerle. […]

 

Desde el principio, los cristianos se opusieron a las autoridades que traspasaban las fronteras dadas por Dios. […]

 

Las diferentes afirmaciones que encontramos en el Nuevo Testamento ponen de relieve las diferencias de opinión que sobre el poder político existían en la iglesia primitiva. En la medida en que los dirigentes políticos no atentaran contra la ley de Dios, los cristianos se comportaban como fieles ciudadanos del Estado. Pero tan pronto como este abusara de su autoridad o se convirtiera en un Estado ilegítimo, los cristianos se sentían obligados a no obedecerle. La autoridad de Dios está siempre por encima de la autoridad del Estado.

 

En la relación entre el cristianismo y la autoridad política cobra una particular importancia el mandamiento de amar a los enemigos. Jesús exhorta a sus discípulos a orar por los que los persiguen (Mt 5,44; cf. Lc 1,28). En las Cartas Pastorales se nos recuerda que debemos orar por todos, incluyendo los gobernantes y todos los que ejercen el poder (1 Tim 2,1s.). Incluso durante las persecuciones, los cristianos seguían amando a sus enemigos (Mt 5,44; cf. Lc 6,28) y nunca dejaron de orar por quienes estaban en el gobierno. La oración más antigua sobre este particular fue escrita por Clemente de Roma en torno al 96 d.C.:

 

[Que seamos obedientes…] y a nuestros príncipes y jefes de la tierra. Tú, Señor, les diste el poder del reino por tu magnífica e indescriptible fuerza, a fin de que, conociendo la gloria y el honor que les has dado, les obedezcamos sin oponernos a tu voluntad… Tú, Señor, endereza su voluntad hacia lo bueno y agradable en tu presencia, para que, atendiendo piadosamente, con paz y mansedumbre, el poder que les has dado, alcancen de ti misericordia (1 Clemente 60,4-61,2, en Clemente de Roma, Carta a los Corintios, introducción, traducción y notas de J. J. Ayán Calvo, Fuentes Patrísticas 4, Editorial Ciudad Nueva, Madrid 1994, pp. 149-151).

 

Principios y objetivos de la comunidad política moderna

 

Entre los principios y objetivos de las comunidades políticas modernas ha llegado a tener una importancia considerable la idea de los derechos humanos. En un Estado de derecho ya no existe el anterior sistema de estamentos. Todos los ciudadanos son iguales ante la ley. La sociedad es pluralista. En ella encontramos diferentes religiones y filosofías. El Estado garantiza a cada individuo y a las instituciones religiosas de la sociedad la libertad de religión y de religiones […].

 

Los cristianos pueden vivir como creyentes en cualquier sistema político, incluso como iglesia oprimida y reducida al silencio, pero no son indiferentes a la justificación de las comunidades políticas y sus autoridades, al modo en que cuentan con la dignidad de los seres humanos y con los derechos humanos, y si reconocen o bien oprimen la religión.

 

La iglesia como comunidad de fieles no puede ordenar la estructuración real de la comunidad política, pero el dinamismo interno de su mensaje religioso desemboca en una empresa a favor de lograr de forma humana la coexistencia entre los seres humanos […].

 

Si seguimos la orientación de la Doctrina Social de la Iglesia, y la Carta de los Derechos Humanos de Naciones Unidas, según la cual la persona es el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones (cf. Gaudium et spes 25s.; 63), la forma de gobierno que con mayor probabilidad cumple con sus requisitos es un Estado de derecho y democrático. El pueblo, unido en Estado nacional, tiene que decidir qué forma de gobierno considera más apropiada para su propia situación (cf. Gaudium et spes 74). Con toda intencionalidad, el Concilio Vaticano II no hace comentario alguno sobre la cuestión de cuál es la mejor forma de Estado, subrayando que la Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del carácter trascendente de la persona humana (Gaudium et spes 76). La historia y los tiempos en que vivimos muestran que una forma de gobierno democrática es probablemente la que crea las condiciones justas que son apropiadas para el individuo y la sociedad en su conjunto.

 

Una visión realista sobre la condición humana no pasa por alto el hecho de los peligros que también entraña la democracia. Se podría intentar, por ejemplo, asegurarse por decisiones de la mayoría cuestiones que no son competencia del parlamento, sino que afectan a la conciencia y a la moral. También es peligroso para la democracia la discriminación o eliminación de las minorías o la presión excesiva que los lobbies pueden ejercer sobre los miembros del parlamento.

 

El ejercicio verdaderamente democrático del poder es posible donde este se divide entre varios poderes. En una democracia parlamentaria, el pueblo es el soberano y elige al poder legislativo. Este, a su vez, instituye al poder ejecutivo y lo controla. Ambos crean las condiciones para un poder judicial independiente. Los poderes individuales se limitan entre sí.

 

La tarea más noble del gobierno consiste en proteger los derechos constitucionales. Estos derechos no son otorgados a los ciudadanos por la autoridad política, sino que emanan de ellos mismos y deben ser protegidos y puestos en práctica por esta.

 

En nuestros días están aumentando las relaciones internacionales y la dependencia recíproca entre todos los seres humanos y las naciones. Cada vez cobra más importancia entender el bien común no como un bien nacional, sino como un bien universal, y llenarlo de sentido, en particular, porque de facto ya existe una sociedad mundial en la industria, la ciencia, la tecnología, las comunicaciones, etc. Desde Pío XII, todos los Papas han acentuado cada vez más la necesaria colaboración de los Estados nacionales a nivel mundial y han resaltado la responsabilidad que tienen en la comunidad internacional […]

 

Desde un punto de vista económico, social, político y cultural, parece razonable que las naciones limiten su soberanía en diferentes áreas, lo que no significa que por eso pierdan necesariamente su identidad como comunidades de derecho y culturales4 (Ibíd., pp. 244-252).

 

Fe y política, Iglesia y Estado

 

Durante un largo período de tiempo la relación entre la iglesia y la democracia no ha estado exenta de tensiones. El desarrollo hacia al Estado moderno secularizado, y, en particular, hacia un Estado democrático de derecho, ha hecho posible que las relaciones entre la fe y la política así como entre la Iglesia y el Estado no se vean tan tensas como en tiempos anteriores.

 

Una vez que la Iglesia vio con buenos ojos las democracias libres, el Concilio Vaticano II (1965) pudo decir lo siguiente sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado:

 

La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficacia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo (Gaudium et spes, 76).

 

La iglesia está interesada en la salvación de todos los seres humanos para gloria de Dios mediante el seguimiento de Cristo. Esta salvación se fundamenta en la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo; está oculta, y solo llegará a ser plenamente visible con la segunda venida de Cristo. La historia del mundo y el proceso de la salvación están vinculados, pero no pueden combinarse en un sistema político al que la gente pueda acceder. No puede existir la teocracia en la tierra. Por consiguiente, no es función de la iglesia planear ni estructurar la situación en la tierra mediante la política y la ciencia. La iglesia contribuye a la justicia y el amor que florecen en la sociedad, proclama los principios y critica abiertamente aquellos casos en los que las condiciones políticas entran en conflicto con la dignidad de los seres humanos (cf. Gaudium et spes, 63; 76).

 

La iglesia no desarrolla un listado de medidas políticas. La misión y la meta que Cristo le ha dado son de naturaleza religiosa (GS 42). Su misión es completamente diferente a la de los políticos. Su liberación, que es liberación de la esclavitud de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom 8,19), incluye también la preocupación por el ordenamiento de la sociedad humana (GS 39). La iglesia es un signo e instrumento para conseguir la unión más profunda con Dios y para la unión de todo el género humano (Lumen gentium 1; cf. GS 42). Mediante la proclamación de la fe y la santificación de los fieles a través de los sacramentos, une a los seres humanos con Dios. De aquí debe surgir un modo nuevo de vivir comunitariamente como seres humanos. Una área importante en la que los cristianos como ciudadanos del Estado deben realizar esta exigencia es el campo de la actividad política. Los cristianos no renuncian a la responsabilidad política por miedo a ensuciarse las manos…. […]

 

Cuando los movimientos políticos llegan a convertirse en movimientos de salvación aparente e intentan convertir el Estado en la fuerza más completa y significativa para la existencia humana, el cristiano tiene el deber de introducir conceptos morales humanos e impedir que la gente se convierta en meros objetos del Estado y de la sociedad. […]

 

A los cristianos se les pide Dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mc 12,17). Tal petición les exige que den a las autoridades políticas lo debido, pero nada más. No pueden, ni deben, acatar las exigencias que son incompatibles con el sentido real y último de la humanidad. Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5,29) (Ibíd., p. 252-254).

 

Contáctenos

J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

Kolleg Sankt Georgen
Offenbacher Landstr. 224
D-60599 Frankfurt
Mail: fragen[ät]antwortenanmuslime.com

Más información sobre los autores?