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Pregunta 225:

¿Dónde se encuentra en el Nuevo Testamento la afirmación de que Jesús murió por los pecados de la humanidad. ¿Lo dijo él mismo? ¿Quién fue el que divulgó por primera vez esta afirmación? (ING)

 

Respuesta: Esta pregunta se plantea en el contexto más amplio de la cuestión sobre el sentido que tuvo la muerte de Cristo en la cruz para la salvación. Por tanto, debemos comenzar con el tema de la voluntad salvífica de Dios, para abordar, posteriormente, lo que significa la muerte expiatoria de Jesús.

 

La voluntad salvífica de Dios

 

El Nuevo Testamento comprende la entrega obediente de Jesús a la voluntad del Padre por nosotros como su respuesta a la entrega que Jesús hace a través de Dios, su Padre. No fue nada fácil para la iglesia primitiva asumir el escándalo de la muerte vergonzosa en cruz que sufrió Jesús de Nazaret, el inocente. La muerte vergonzosa de Jesús en la cruz ha sido para los judíos un juicio divino e incluso una maldición (cf. Gálatas 3,13), para los romanos una deshonra, y, de acuerdo con el testimonio de los que la presenciaron, una causa de desprecio y de burla. En este sentido escribe Pablo: Así, mientras los judíos piden signos y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Mesías crucificado, escándalo para los judíos, locura para los paganos (1 Corintios 1,22-23).

 

La iglesia primitiva se acordaba de las mismas palabras que Jesús había pronunciado durante la última cena; a la luz de su resurrección por Dios, tomó plena consciencia de que la muerte escandalosa de Jesús había sido ciertamente provocada, a nivel histórico, por la incredulidad y la hostilidad de los hombres, pero que, en el fondo, estaba la voluntad de Dios, su plan de salvación, el amor de Dios. Mediante el discernimiento, llegó a encontrar en el camino de pasión y muerte de Jesús una respuesta a una necesidad divina (cf. Marcos 8,31; Lucas 24,7.26.44), que ya estaba prefigurada en el Antiguo Testamento. Por esta razón se dice en una de las tradiciones más antiguas del Nuevo Testamento, que Pablo encontró en las comunidades tras su conversión, que Jesús había muerto por nosotros según las Escrituras (1 Corintios 15,3). De ahí surgieron los diferentes enfoques para interpretar el sentido teológico más profundo del destino trágico de Jesús: según una interpretación antigua, Jesús comparte la suerte de los profetas, que habían sido rechazados y matados por Israel (cf. Lucas 13,34; Mateo 23,29-31.35). Por esta razón le aguarda en Jerusalén, la ciudad de Dios, una muerte violenta, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén (Lucas 13,33). El relato antiguo de la pasión, que procede de Marcos, presenta a Jesús como el justo perseguido por los hombres que sufre injustamente; Marcos entiende el destino de Jesús según el salmo 122. Se otorga un significado muy especial al cuarto cántico del Siervo sufriente de Dios del libro de Isaías (cf. Isaías 52,13-53,12), que el Nuevo Testamento interpreta como una profecía sobre Jesús. En correspondencia, Pablo puede reconocer en la muerte de Jesús el amor insondable de Dios, que ni siquiera se ha reservado a su propio Hijo, sino que lo ha entregado por nosotros (cf. Romanos 8,32.39; Juan 3,16), para reconciliarse mediante él con el mundo (cf. 2 Corintios 5,18-19). La cruz es la máxima expresión del amor Dios que se desprende de sí mismo.

 

La muerte expiatoria de Jesús como muerte vicaria

 

La interpretación vicaria de la pasión y muerte de Jesús se encuentra en los relatos de la cena del Nuevo Testamento y se remonta, en su núcleo, al mismo Jesús. Podemos verla en este dicho muy antiguo: Pues el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida como rescate por muchos (Marcos 10,45).

 

En efecto, la interpretación vicaria de la pasión de Jesús entró en las tradiciones más antiguas de las comunidades (cf. 1 Corintios 15,3), y una y otra vez se retoma y se profundiza a lo largo del Nuevo Testamento (cf. Juan 10,15; 1 Juan 4,10; 1 Pedro 2,21-25; 1 Timoteo 2,6; et passim). Sobre todo, Pablo retoma este pensamiento de la sustitución y habla específicamente del cambio que se ha producido entre Jesucristo y nosotros. No duda en llegar incluso a decir que Jesús se ha convertido por nosotros en una maldición (cf. Gálatas 3,13), él, que no tenía pecado, se ha hecho pecado por nosotros, para que pudiéramos llegar a ser por él justicia de Dios (cf. 2 Corintios 5,21). (Hemos seleccionado estos párrafos del Catecismo Católico para Adultos, original Katholischer Erwachsenen Katechismus, vol. 1, p. 189).

 

Además, también es indispensable que veamos las ideas que sobre la sustitución aparecen en la Biblia como un hecho fundamentalmente humano. Esta idea se apoya en la concepción de la solidaridad que existe entre todos los seres humanos. La Biblia retoma esta idea y la convierte en una ley fundamental de toda la historia de la salvación: Adán actúa como representante de toda la humanidad e instaura la solidaridad de todos con respecto al pecado; Abrahán es llamado a ser una bendición para todas las generaciones (cf. Génesis 12,3); Israel es llamado a ser luz para las naciones (cf. Isaías 42,6). La Sagrada Escritura concreta esta concepción con la idea del sufrimiento vicario, que ya encontramos en cuarto cántico del Siervo de Dios: Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba… Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados… pues llevó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores (Isaías 53,4-5.12).

 

Este pensamiento sobre la sustitución, que tan importante es en la Biblia, tiene una especial importancia para comprender mejor cómo pudo ser salvífica la muerte de Jesús. La consecuencia de la solidaridad de todos los seres humanos con respecto al pecado, desembocó, en efecto, en la solidaridad de todos en la condición mortal, que vemos, sobre todo, en la situación de pérdida y desesperación de la humanidad. Si ahora Jesucristo, la plenitud de la vida, se hace solidario con nuestra muerte, hace de su muerte el fundamento de una solidaridad radicalmente nueva. Su muerte se convierte, a partir de entonces, en la fuente de una vida novedosa para todos los que su destino era la muerte. (Ibíd., pp. 188 s.)

 

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Prof. Dr. Christian W. Troll,

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