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Pregunta 226:

Si la Trinidad de Dios es verdadera, ¿por qué no habló de ella ninguno de los profetas del Antiguo Testamento? (ING)

 

Respuesta: Quien plantea esta pregunta debe releer con atención las respuestas que ya se han dado a las preguntas 1, 11 y 23, sobre todo el primer párrafo de la respuesta a la pregunta 23 (supra, sección 2).

 

Esta pregunta parece presuponer que los profetas del Antiguo Testamento hablaron o debían haber hablado explícitamente sobre los contenidos teológicos fundamentales de la Nueva Alianza para que estas doctrinas fueran verdaderas, como, por ejemplo, la Trinidad de Dios, la encarnación del Verbo de Dios en Jesucristo, la fuerza reconciliadora de la muerte de Jesucristo. Pero los profetas bíblicos no eran, en modo alguno, unos adivinos de los acontecimientos y las ideas que se producirían en el futuro. Su misión y mandato era discernir la acción y la palabra de Dios en la historia, reconociéndola e interpretándola.

 

El Dios de la historia

 

El Dios de la fe bíblica es, efectivamente, el Dios de la historia. El viviente, que abarca y está por encima del espacio y del tiempo, se hace presente en determinadas situaciones concretas, en ciertos lugares donde se le invoca. Viene a nuestra existencia espacio-temporal como una realidad perceptible notable, sorprendente y novedosa: en un sueño, para advertir sobre algo (Génesis 20,3; 31,34), envuelto en una nube, para dar autoridad a Moisés ante el pueblo (Éxodo 19,9) ; se presenta sobre el altar para bendecir (Éxodo 20,24). Es un Dios de la experiencia; una experiencia que se alcanzó en la historia de Israel y a partir de ella, y una experiencia que afectó a los individuos. […] En medio del drama de estas experiencias históricas impresionantes, de las que se infieren, a su vez, una implicación profunda y una preocupación gozosa ante el amor divino, pero también un temor terrible ante la severidad de sus castigos y un combate agobiante por no entender su justicia, una certeza confiada va clarificándose en la memoria del pueblo: el Totalmente Otro se aproxima con amor al ser humano. Se mantiene incomprehensible y misterioso, y, sin embargo, se revela en su preocupación real como el Dios que está ahí para su familia, para Israel en primer lugar, pero también como el Dios que se preocupa por toda la humanidad y por todo el mundo. Esta preocupación es tan esencial para su ser que se expresa en su propio nombre: Yo soy/estoy ahí para vosotros (cf. Éxodo 3,14) (Theodor Schneider, Was wir glauben. Eine Auslegung des Apostolischen Glaubensbekenntnisses, Patmos, Düsseldorf 1988, p. 105).

 

La manifestación fundamental que Dios hace de sí mismo [en la historia de la Antigua Alianza, y, posteriormente, en sus Sagradas Escrituras] puede resumirse, por tanto, en una afirmación dialéctica que está llena de tensión: el Dios único, trascendente, independiente del mundo e incomprehensible, aquel que es poderoso y eterno en la posesión absoluta de sí mismo, se ha hecho, por su propia determinación, un Dios para el mundo y para los seres humanos. El Dios trascendente se trasciende a sí mismo en su libertad personal con relación al mundo y a los seres humanos y revela esta preocupación libre como su propio ser (ibídem).

 

El nombre de Dios, Yahvé, revelado en Éxodo 3,14, es una expresión hebrea muy breve: Ähjäh, ascher ähjäh. Se trata de un juego de palabras en torno al verbo hebreo hajah— ser/estar. Es una expresión condensada para designar el ser de Dios, una especie de contraseña de Dios: Es aquel que se acerca a su pueblo liberándolo, es el futuro abierto y liberador, aquel que se acerca a nosotros.

 

Esta perceptibilidad de Dios, inhabitual y extraordinaria, se hace particularmente evidente en relación con el destino final, esperado y anhelado, de nuestro camino, con el fin mismo de la historia (cf. Salmo 50,2-6). Como la estrella de la mañana, como el sol, Dios se levantará, resplandeciente, sobre su comunidad de fieles. Entonces, se hará plena, definitiva y eternamente diáfano para toda la creación: Brame el mar y cuanto encierra, el mundo y cuantos lo habitan, aplaudan los ríos, aclamen los montes, ante Yahvé, que llega, que llega para gobernar la tierra. Gobernará el mundo con justicia, a los pueblos con equidad (Salmo 98, 7-9).

 

Los discípulos reconocen en Jesús a la Palabra de Dios hecha hombre

 

En la muerte de Jesús, en su resurrección y en el envío del Espíritu, los primeros creyentes experimentan al Dios único de Abrahán, de Isaac y de Jacob, de un modo totalmente especial como el Padre de nuestro Señor Jesucristo, a saber, como el Dios a quien Jesús se dirige en su oración con una confianza ilimitada, llamándolo cariñosamente Abbá, querido Padre, a quien quiere hacer un lugar en todo el espacio de Israel para que su voluntad salvífica, su plan de salvación, se haga realidad —como en el cielo así en la tierra. Jesús anuncia la cercanía de su Reino y deja que irrumpa y llegue mediante su acción; en su nombre y con su autoridad, perdona los pecados, cura a los enfermos, resucita a los muertos, somete a las fuerzas demoniacas, muestra la misericordia y la bondad infinitas de Dios, particularmente en el don que hace de su vida en la cruz por vosotros y por todos; recibe la potestad de ejercer el juicio de Dios en tanto que es el Hijo del hombre que viene en gloria.

 

Por esto, la actitud de Jesús con respecto a Dios-Padre no deja lugar a dudas: se sitúa en su presencia, se refiere constantemente a él, se distingue de él, porque es un ser mortal como nosotros, pues, efectivamente, es el Hijo del hombre. Y, sin embargo, la iglesia primitiva, a partir de su vida, su muerte y su resurrección, lo considera de forma muy especial como la imagen de Dios invisible (Colosenses 1,15), como el Emmanuel prometido, es decir, el Dios con nosotros (Mateo 1,23). Ha experimentado tan estrecha, íntima y particularmente su proximidad al Padre, su relación confiada y amorosa con él, su unión íntima con él, que los creyentes cada vez lo entendieron con más claridad: Jesús, aun siendo totalmente diferente de Dios el Padre, está, sin embargo, inseparablemente unido a él; en cuanto que es el Hijo, es absolutamente inseparable del Padre y ya existía antes de la creación del mundo, como la sabiduría eterna de Dios, a partir de la que Dios, desde la eternidad, inventó la creación, y como la Palabra eterna (logos), mediante la que llevó a cabo la creación al principio. La sabiduría y la palabra de Dios son conceptos que la teología sapiencial del Antiguo Testamento, la teología del logos del filósofo judío Filón de Alejandría (contemporáneo de Jesús) y la teología rabínica de la Torá ya habían sistematizado y que los primeros cristianos aplicaron a Jesús, convencidos como estaban de que en él la sabiduría de Dios ha tomado cuerpo en el tiempo (1 Corintios 1,24-31); en él, el logos, la Palabra de Dios se ha hecho carne (Juan 1,14); en él, se nos ha manifestado el amor de Dios (Tito 3,4) bajo forma humana; en él, en definitiva, se nos ha revelado y se nos ha dado Dios mismo tal como es.

 

Recurriendo al vocabulario de la filosofía griega, los grandes concilios de los primeros seis siglos de la historia cristiana expresaron esta misma experiencia del cristianismo primitivo con los siguientes términos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, de la misma naturaleza que el Padre (Credo de Nicea-Constantinopla). Aun cuando en este caso nos expresamos con un pensamiento diferente, el de la reflexión filosófica griega, estamos diciendo lo mismo que con el lenguaje bíblico, que es más gráfico. Se trata del intento de pensar y mantener al mismo tiempo inseparablemente unidos en la fe tres elementos objetivos: La representación monoteísta de Dios: solo existe un único Dios; la humanidad total de Jesús: es semejante en todo a nosotros, menos en el pecado (Concilio de Calcedonia) y la mayor unión pensable entre Dios y Jesús: distintos entre sí, pero en relación recíproca de modo singular e inseparable.

 

Henos aquí, hasta nuestros días, con los tres criterios o balizas que deben orientar toda forma de entender cristianamente la figura de Jesús, independientemente de los conceptos y las imágenes que las diferentes épocas y culturas puedan aportar desde su particularidad. Los dogmas cristológicos y trinitarios de los primeros concilios tienen el valor de guías supra-culturales que nadie puede obviar (fragmentos extraídos de la obra de Medard Kehl, An den dreieinen Gott glauben. Warum die kein entbehrliches theologisches Glasperlenspiel in der Begegnung mit dem Islam ist, Phil.-Theol. Hochschule Sankt Georgen, manuscrito inédito).

 

Así pues, los profetas de la Antigua Alianza no predijeron el desarrollo de la fe trinitaria ni la doctrina de la Trinidad. Pero, cada uno en su época ha reconocido y anunciado que el Dios de su fe es Yahvé, Soy/estoy ahí para vosotros, y, a partir de su ser, garantiza a su pueblo el perdón indefectible, la misericordia y la fidelidad. Jesús fue iniciado en esta fe por sus padres y sus maestros, y, partir de ella, pudo comprender la profundidad de su ser y de su misión como la Palabra de Dios que se ha metido definitivamente en la historia. La fe en Jesús, la Palabra de Dios hecha carne, abrió en seguida la vía al desarrollo pleno de la fe cristiana en la Trinidad.

 

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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