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Pregunta 23:

En todo el Antiguo Testamento se dice que Dios estaba solo, que ninguna persona, absolutamente nadie estaba a su lado. El término Trinidad es usado por primera vez por Tertuliano (Padre de la Iglesia africano, ca. 160-225) en el año 200 d.C. ¿Puede señalar algún pasaje del Antiguo Testamento que contenga o haga solamente una referencia al termino Trinidad? (TR)

 

Respuesta: ¿Cómo se revela Dios como realidad trinitaria, como comunidad de amor, en la fe del Antiguo Testamento? Léase una vez más el capítulo 5, III, de nuestro libro.

 

Los judíos, los creyentes del Antiguo Testamento, que esperaban a Dios, ya lo conocían. Jesús también creció y se formó en la fe del pueblo judío. Al elegirlo, Dios hizo que el pueblo judío – y así todo judío obediente – tomara consciencia de esta vocación, a saber, que había asumido la responsabilidad de su existencia mediante la alianza. Desde antiguo, Dios habló a sus antepasados de muchas y variadas formas a través de los profetas (Heb 1,1). Dios permanecía ante el pueblo como un ser viviente, que desafiaba a su pueblo a dialogar. Sin embargo, el alcance de este diálogo, el esfuerzo que Dios estaba dispuesto a hacer y la respuesta que el pueblo tenía que darle, eran cuestiones que el Antiguo Testamento no estaba preparado para responder. Se mantenía una distancia entre Dios y sus siervos más fieles. Dios es un Dios misericordioso y clemente (Ex 34,6), tiene la pasión de un novio y la ternura de un padre (cf. Os 11 y Jr 2,1-9). Sin embargo, ¿qué misterios ocultaba Dios tras estas imágenes que respondían al deseo más profundo del creyente y que eran su sostén pero cuya realidad seguía aún velada?

 

Este misterio se reveló en Jesucristo. Como consecuencia de su aparición en la historia acontece el juicio, se produce una división de corazones. Los que se opusieron a creer en Jesús podían perfectamente decir sobre su Padre: Es nuestro Dios, pero el hecho era que apenas lo conocían, y, por ello, lo que comentaban era, por así decirlo, una mentira (Jn 8,54ss.; véase 8,19). A los que creen en Jesús, sin embargo, se les deja de ocultar el misterio, o, para decirlo mejor, se les invita al mismo misterio, al misterio impenetrable de Dios; se sienten cómodos en él y el Hijo es quien los introduce en él: Os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre (Jn 15,15). Desaparecen las imágenes, desaparecen los misterios. Jesús habla abiertamente de su padre (Jn 16,25). Ya no hay más preguntas que hacerle (Jn 16,23), la incertidumbre ha desaparecido (Jn 14,1), pues los discípulos han visto al Padre (Jn 14,7).

 

Dios es amor: este es el misterio (1 Jn 4,8.16) que conseguimos solamente mediante Jesucristo y lo conseguimos al reconocer que Jesús es el Hijo de Dios y conocer y creer en el amor que Dios nos tiene (1 Jn 4,16).

 

A partir de una lectura atenta del Nuevo Testamento percibimos que el Dios de Jesucristo, es decir, el Dios que Jesús encuentra en los escritos del Antiguo Testamento, es su padre. Jesús se dirige a él con la familiaridad y espontaneidad de un hijo, llamándole Abba. Pero también es su Dios, porque el Padre, que posee la divinidad sin recibirla de nadie, se la concede totalmente al Hijo, a quien engendró desde la eternidad, al igual que al Espíritu Santo, con quien ambos están unidos. De este modo, Jesús revela la identidad del padre y de Dios, el misterio divino y el misterio trinitario. San Pablo repite tres veces la frase hecha que expresa esta revelación: el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo (Rom 15,6; 2 Cor 11,31; Ef 1,3). Cristo nos revela la trinidad divina mediante el único camino que podemos – si es posible decirlo – percibir, es decir, el camino que Dios predeterminó para nosotros al crearnos a su imagen, a saber, mediante una relación como la que se tiene con un hijo.

 

Sin embargo, puesto que el Hijo es la imagen ideal, a los ojos de su Padre, de la creatura ante Dios, Jesús revela en Dios la imagen ideal de un Dios que reconoce la verdadera sabiduría y que se ha revelado a Israel. El Dios de Jesucristo posee aquellos rasgos que Dios reveló de sí mismo en el Antiguo Testamento con una abundancia y simplicidad que jamás la humanidad se hubiera atrevido a imaginar. Dios es para Jesús el primero y el último de un modo que nunca lo es para nosotros, pues es aquel de donde Cristo procede y aquel a quien retorna. Es el que lo explica todo y de donde surge todo, aquel cuya voluntad debe obedecerse siempre en cualquier circunstancia y el que siempre se basta a sí mismo. Es el único santo, el único que es bueno. El único Señor. Es el único con respecto al que nada más importa. Sin embargo, Jesús se sacrifica para mostrar la majestuosidad y sublimidad del padre, con otras palabras, para que el mundo sepa que yo amo al Padre (Jn 14,31). Todo atisbo de creación contrarresta el poder de Satanás y elimina el horror del sufrimiento, de la muerte, sí, de la muerte del que fue injustamente condenado a morir crucificado. El padre es el Dios vivo que constantemente cuida de su creación y ama totalmente a sus hijos. El celo consume a Jesús hasta que entrega el reino a su padre (Lc 12,50).

 

El encuentro entre el Padre y el Hijo se consuma en el Espíritu Santo. En el Espíritu Santo, Jesús oye que el padre le dice tú eres mi hijo y recibe su beneplácito (Mc 1,10). En el Espíritu santo, deja que su alegría por ser el Hijo llegue hasta el padre (Lc 10,21ss.). Así como Jesucristo sólo puede unirse al Padre mediante el Espíritu Santo, de igual modo no puede revelar al padre sin revelar al mismo tiempo al Espíritu Santo. Cuando el padre y el hijo son uno en el espíritu, entonces se donan, se hacen don. Sin embargo, esto significa que su unicidad es un don y hace nacer un don. Ahora bien, si el espíritu, que es un don, sella la unidad entre el padre y el hijo, entonces quiere decir que son un don en su ser, que su común esencia existe para darse el uno al otro, para existir en el otro y amar al otro. Este poder de vida, comunicación y libertad es el Espíritu Santo.

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