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Pregunta 230:

La convicción islámica de que la suerte de los hombres después de esta vida —el paraíso o el infierno— se decidirá pesando sus buenas y malas acciones como en una balanza, suena de una forma bastante desconcertante. ¿Creen también los cristianos que se pueden cancelar sus malas acciones gracias a las buenas acciones? (TR)

 

Respuesta: Esta pregunta concierne a un tema fundamental de la fe cristiana, a saber, a la cuestión de la justificación. Winfried Henze ha formulado el problema del que aquí se trata de un modo desenvuelto en los siguientes términos: Del arte de dejarse obsequiar. Escribe en esta perspectiva: En tiempos de Jesús había una cantidad enorme de prescripciones religiosas —obligación de ayunar, reglas de purificación, obligaciones de rezar, directrices concretas sobre la ley del sábado, por ejemplo, cuántos pasos podían darse. Y numerosos fariseos [un grupo de maestros religiosos del judaísmo de entonces] pensaban que si observaban todo ello escrupulosamente se podrían presentar irreprochablemente ante Dios, presentándole sus acciones como una factura. Jesús los criticó con severidad, y Pablo, que fue fariseo, repetía a menudo y con insistencia: no nos justificamos ante Dios por el cumplimiento de la Ley, sino que es Jesús quien nos justifica por su redención. Jesús ha muerto por los pecadores, y solo quien acoge su gracia, quien recibe con fe el amor y le responde, está justificado. Ser cristianos significa dejarse obsequiar por Dios. Quien se abre totalmente a él, recibe tesoros increíbles: el perdón de los pecados, la liberación del sinsentido, de la desesperanza, la amistad con Dios. Se convierte en una creación nueva, vive en la luz, no en las tinieblas, toma parte en la propagación del reino de Dios y deja de estar sometido a la presión insensata de tener que realizar por sí mismo su propia salvación. Su salvación se le da como un obsequio.

 

Esta idea constituye un obstáculo para muchas personas. Piensan que el hombre puede salvarse por sí mismo [mediante sus buenas acciones], incluso sin la necesidad de la gracia de Dios. Es lo que Pelagio, un hereje de ca. 400 d.C., pretendía, y también en nuestros días hay numerosos partidarios de la salvación lograda por uno mismo. La Iglesia se opone a esta idea. En un antiguo cántico al Espíritu Santo (en torno al 1200) podemos leer: Sin tu soplo de vida nada puede existir en el hombre, nada seguro, nada sano (Liturgia de las Horas) (Winfried Henze, Glauben ist schön. Harsum 2001, pp. 102s.)

 

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