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Pregunta 243:

San Pablo escribe que los solteros no deberían casarse. ¿No sería esto el final de la humanidad?

 

Respuesta: La pregunta se refiere a las afirmaciones que Pablo hace en el capítulo 7,1-40 de la Primera Carta a los Corintios. Nuestra respuesta se basa ampliamente en la notable exegesis realizada por Norbert Baumert y publicada en 2007 en su libro  Sorgen des Seelsorgers: Übersetzung und Auslegung des ersten Korintherbriefes [La preocupación de un pastor: traducción y exégesis de la Primera Carta a los Corintios], Echter, Wurzburgo 2007, p. 77-113). Parte III, C, 6,12-20: Die Würde des Leibes [La dignidad del cuerpo]; Parte IV: 7,1-40: Schutz der Ehe [La protección del matrimonio]. 

La pregunta se basa en una premisa errónea: en ninguna de sus cartas realiza Pablo una recomendación general a no casarse, ni tampoco dicta una prohibición general que impida casarse a los solteros. 

Las partes más importantes del texto que nos interesan son las siguientes:

7,8 «No obstante digo a los solteros y a las viudas: Bien les está quedarse como yo [es decir, soltero por causa de Cristo]. Pero si no pueden contenerse, que se casen».

7,26-28  «Por tanto, pienso que es cosa Buena, a causa de la angustia presente, quedarse el hombre así. ¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿No estás unido a mujer? No la busques. Mas, si te casas, no pecas. Y, si la joven se casa, no peca».


7, 39s «La mujer está obligada a su marido mientras él viva; mas, una vez muerto el marido, queda libre para casarse con quien quiera, pero solo en el Señor. En mi opinión, es más feliz si se queda como está; que también creo yo tener el Espíritu de Dios».

NB. En un resumen de su exegesis sobre la intención principal de 6,12-7,40, titulada La redención de la sexualidad, Baumert comenta lo siguiente: 

[...] A partir de la encarnación, el amor de Dios ha comprendido al ser humano más completamente, y, por tanto, redime de la sexualidad y la cambia en su consumación en el matrimonio como también en el celibato. El no tener nada, que debe ser común a todos los cristianos, puede ser vivido por algunos de una forma visible, es decir, viviendo sin tener realmente nada. En el celibato por el reino pueden mostrar al mundo que Cristo es la realización más profunda del ser humano. Lo que no significa que los célibes sean los únicos que pueden vivir una consagración completa, puesto que todo cristiano debe vivirla, pero la viven de un modo específico. Por el tipo de relación que tienen con Cristo, su vocación consiste en vivir su relación personal más profunda solamente con Cristo. Su capacidad para amar ha sido tocada y colmada por Cristo de tal modo que no desean vivir en matrimonio con una pareja. En las circunstancias adecuadas, tienen todo el derecho a elegir este modo de vida. Pablo tuvo que crear la aceptación de esta opción en primer lugar. Por otra parte, hay otros que reconocen, precisamente a partir de su relación con Cristo, que este les invita a tener una pareja, pudiendo expresar, así, su amor a Dios mediante el amor matrimonial. Esta es, al menos, la estructura básica de las dos vocaciones […].

Por consiguiente, antes de motivar a los jóvenes a la vocación religiosa ¿quién puede decir fácilmente a quién elige Dios? Habría que decirles que toda opción, matrimonial y celibataria, debe proceder de Dios. La primera tarea consiste en orientar a los jóvenes para que pongan su vida en las manos de Dios, es decir, a elegir a Dios como su primera opción (que podría llamarse entregar la propia vida y puede realizarse mediante la renovación personal de las promesas bautismales). Este es el fundamento para reconocer de qué modo el individuo tiene que vivir su compromiso total: en el matrimonio o en el celibato (cf. 1 Cor 7,7). Las experiencias de la vocación a una forma de vida o a otra incluyen también, por lo general, una invitación a un compromiso total en cada una de las opciones (7,6). [...]

Cuando Pablo intentó crear un espacio en la iglesia primitiva para el celibato con cuidado y reverencia espiritual, este era algo nuevo y no surgió a raíz de un resentimiento. Como fiel judío no era hostil al cuerpo ni tenía miedo a la sexualidad. Tampoco sublimó la sexualidad y la despojó de su carácter natural con la finalidad de establecer un proceso espiritual (o de otro tipo) en su lugar. Este planteamiento conduce fácilmente a la represión. Lo que Pablo más bien creía es que la persona puede ser capturada y penetrada por el Espíritu Santo hasta el punto de que su sexualidad, que, después de todo, es solo una mera parte de un todo, se convierte también en un espacio integrador y en expresión del Espíritu (1 Cor 7,33s). Donde este no ocupa el centro vital, no se da el celibato por el reino, y tal afirmación falaz puede incluso desembocar en un crecimiento atrofiado, en amargura, en satisfacción vicaria o un escape. [...]

La redención de la sexualidad se produce cuando las personas la contemplan totalmente fundamentada en su relación con Cristo, cuando no la expulsan de su vida con Dios, sino que la integran en ella. Las personas deben mostrar todo lo que mueve sus corazones o su imaginación hacia Dios, de modo que él pueda enseñarles a mirarlo con sus ojos. Si las personas se saben aceptadas y amadas por Dios en lo más profundo, la cercanía de la relación les da cada vez más fuerza para configurar su compromiso matrimonial, a partir de esta base, o para entregarse totalmente a Dios, renunciando temporal o permanentemente a su realización humana, sin por ello caer en la amargura. A menudo, se trata de un proceso doloroso de maduración. Pero quienes lo afrontan, aprenden cada vez más a estar completamente seguros con Dios y a que son valiosos para él, que pueden llegar a ser uno con él en el Espíritu Santo y que la Gloria de Dios resplandece en sus cuerpos (ibid., pp. 111-113)

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Prof. Dr. Christian W. Troll,

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