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Pregunta 252:

Pregunta: 

Un amigo me ha hablado de los orígenes del cristianismo. Lamentablemente, no supe responderle, porque desconozco totalmente el tema. ¿Podría responderme a esta pregunta? Otro amigo me preguntó por los orígenes de los evangelios (indschīl). También me preguntó por qué el primer capítulo del Génesis no habla de los orígenes de Dios, sino sobre su creación, es decir, de un Dios que actúa y crea. Le estaría muy agradecido por sus explicaciones (IN).

 

Respuesta:

En esta pregunta hay tres cuestiones.

  1. El origen de Dios

Nutridos por la espiritualidad bíblica, los cristianos se dirigen a Dios llamándole Padre. Jesús de Nazaret les dijo que se dirigieran a Dios con este nombre. Así pues, siguiendo el  ejemplo de Jesús, los cristianos llaman Padre a Dios, un Dios que interviene en la historia trayendo la salvación. A pesar de todas las diferencias, hay una característica que Dios comparte con los seres humanos: Él puede actuar.

En nuestros días son muchos quienes no creen en un Dios que puede actuar y que llama a la existencia lo que no existe. Los científicos nos han mostrado cada vez más las inconmensurables profundidades y distancias del universo. De ahí que mucha gente sospeche que la fe en un Dios personal que hizo el mundo de la nada se fundamenta en ideas mitológicas que pertenecen al pasado.

La Biblia da por sentada la fe, basada en el conocimiento, en un origen sin origen que antecede a todo, y no la cuestiona. En sus relatos y teologías de la creación remite al poder creador de Dios. Pero su objetivo es proclamar a los hombres que la creación tiene unos orígenes buenos y que se adhieran a Dios, que puede poner orden en el caos de nuestra experiencia del mundo. Los antiguos padres de la Iglesia, como Ireneo de Lyon (130-200 d.C.), desarrollan esta idea de Dios. El Dios de la Biblia, el Dios a quien Jesús se dirige y proclama como Padre, es el único Dios. «Y como el único Dios, él es también el origen de todo;  no solo es la realidad que conserva todo en la existencia, sino también la realidad que es el fundamento de todo cuanto existe a partir de la nada» (para esta cita y la respuesta completa, véase el artículo de Magnus Striet, en Walter Fürst y Jürgen Werbick [eds.], Katholische Glaubensfibel, CMZ-Verlag, 2004, p. 69). «Hablar de Dios de un modo tan humano no tiene que significar dejarse embaucar por visiones del mundo que pertenecen al pasado, sino que significa ante todo no renunciar a la esperanza. Y en la medida en que no hay pruebas para lo contrario, significa correr el riesgo de apostar por Dios como la alternativa más humanizadora. Porque la otra alternativa implica que todos nuestros éxitos y fracasos están destinados al olvido» (ibid, p. 71).

 

  1. El origen del cristianismo

 

«Todo movimiento religioso entra en una fase crítica cuando desaparecen su fundador y la primera generación de testigos oculares. En el caso de la iglesia primitiva esta fase fue aún más crítica, puesto que Jesús no había creado una estructura organizativa que pudieran asumir sus seguidores mientras esperaban su retorno. Ni creó una estructura horizontal con ciertos cargos y ministerios, ni tampoco vertical con dirigentes para que la gobernaran. San Pablo esperaba que fuera el Espíritu Santo quien suscitara aquellos dones y talentos que son necesarios para la vida de una comunidad, los carismas para gobernar, para enseñar o para reconciliar (cf. 1 Corintios 12,28), hasta el retorno del Señor, que se esperaba en un futuro próximo. Pero al pasar el tiempo, el hecho de que surgieran enseñanzas contradictorias y de que las divisiones amenazaran a las comunidades, convirtió en algo esencial para la supervivencia: 1. asegurar las bases de la fe mediante las Sagradas Escrituras y el canon, y 2. reglamentar la guía y el gobierno de la comunidad a través de la institución de unos cargos específicos. Con respecto a estos se plantearon dos problemas: ¿cómo deberían estructurarse y cómo podrían legitimarse? Puesto que Jesús solo ordenó que quienes tuvieran un cargo no podían fundamentarlo en el poder ni en el conocimiento (cf. Mateo 23,1-12), las comunidades simplemente adoptaron los ejemplos y los títulos usados en las sinagogas en Palestina (presbíteros [anciano]) y en la organización de los cultos helenísticos (epískopos [obispo] y diákonos [diácono]). Se creó así un cargo u oficio para el gobierno y el servicio que pudiera cumplir todas las funciones y tareas que eran necesarias para la existencia y la misión de la iglesia. La celebración del culto, la dispensación de los sacramentos, la proclamación y la conservación de las enseñanzas, como también el gobierno y el cuidado caritativo y pastoral de la comunidad. Solo dos generaciones después de Jesús y sus discípulos, no más tarde de mediados del siglo II, se había concluido la formación del triple ministerio. Por entonces, todas las comunidades de cada ciudad contaban con un solo obispo, con presbíteros y diáconos. Nadie ponía en duda que esta era la estructura correcta, es decir, aquella que estaba de acuerdo con la voluntad de Dios y en conformidad con la tradición apostólica. En comparación con esta estructura fundamental, todos los desarrollos posteriores son irrelevantes, con la excepción del ministerio petrino, el papa y el primado. Nos referimos concretamente a los cardenales, los arzobispos, los protonotarios y los prelados, los arciprestes y archidiáconos, y todos los demás rangos que hacen tan colorida la jerarquía de la Iglesia [...]. 

«Todas las denominaciones cristianas están de acuerdo en los orígenes y el desarrollo de los cargos y los ministerios en la Iglesia. Lo que se debate es la valoración de este desarrollo: ¿es legítimo o es una desviación de la estructura fundamental de la naturaleza de la Iglesia? Para dar una respuesta a esta pregunta no es suficiente con recurrir a la historia, sino que exige una elección dogmática, es decir, creer que el desarrollo de la Iglesia desde el primer grupo de los discípulos hasta la configuración actual, formada por los obispos y por el papa, es algo querido por Dios e inspirado por el Espíritu Santo, y en qué medida se cree que es vinculante la tradición eclesial, sobre todo cuando esta forma parte de las decisiones posteriores de los concilios, como en el caso de los cargos y los ministerios» (Ernst Dassmann, «Bischöfe – Presbyter – Diakone», en  Walter Fürst y Jürgen Werbick [eds.], Katholische Glaubensfibel, Publishers CMZ-Verlag, Rheinbach 2004. pp. 118-119.121).

 

  1. El origen de los Evangelios

«Los primeros cuatro libros del Nuevo Testamento son conocidos como evangelio o injil . Los cristianos creen que el Mesías mismo es el evangelio, es decir, la buena noticia [...] Es importante saber que el evangelio recoge la vida y las enseñanzas de Jesús el Mesías. Los Evangelios incluyen su vida y enseñanzas porque él mismo es el Evangelio. La revelación sobre quién es y qué hace el Mesías es tan importante como la revelación que acontece mediante sus enseñanzas y otras predicaciones. El evangelio escrito es, por consiguiente, un retrato del Mesías.

Este evangelio, que es el Mesías mismo, fue visto por los hombres. A los más cercanos a él se les llama discípulos. Algunos de estos discípulos llegaron a ser apóstoles de Dios. Los apóstoles fueron los testigos oculares del Evangelio. Ellos habían vivido con el Mesías y habían pasado mucho tiempo con él. Lo conocían personalmente. Tras su muerte y resurrección, Dios los inspiró para que pusieran por escrito lo que habían oído y visto. Los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, se pusieron por escrito en cuatro libros. Cada libro es un fragmento del testimonio apostólico sobre Jesús, el Mesías. Este aspecto testimonial de los evangelios está magníficamente documentado en los primeros versículos del evangelio escrito por Lucas: «Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lucas 1,1-4)

(David W. Shenk, en Badru D. Kateregga y David W.Shenk, Woran ich glaube. Ein Muslim und ein Christ im Gespräch [What I believe - a Muslim and a Christian talk], Neufeld Verlag, Schwarzenfeld 2005, pp. 171s). 

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