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Pregunta 255:

Pregunta: 

«Muy buenas. Soy cristiano, y me hago la siguiente pregunta: ¿Por qué el Dios iracundo del Antiguo Testamento mata a niños y comete masacres? Le agradecería que me ayudara. Que Dios le bendiga» (T)

 

Respuesta: 

Respondemos a esta pregunta en dos pasos:

En un primer paso tenemos que clarificar en qué forma hace la Biblia afirmaciones antropomórficas sobre Dios, es decir, de qué modo usa los antropomorfismos. Las afirmaciones antropomórficas sobre Dios son aquellas que lo presentan como si fuera un ser humano. Así, Dios tiene rostro, ojos, oídos, brazos, pies, entrañas, corazón, espaldas, etc.; se levanta, camina, se sienta, duerme, se despierta, viene, etc. Entre estas se incluyen también las que expresan emociones o sentimientos, por ejemplo, Dios ama, odia, se enfada, sonríe, se arrepiente, perdona y tiene celos. Con este recurso a las imágenes humanas en el Antiguo Testamento y, en menor medida, en el Nuevo Testamento, la Biblia sigue el lenguaje de las religiones antiguas. Diferenciándose de los mitos del Antiguo Oriente y de la mitología griega, la Biblia evita toda referencia sexual sobre Dios: él no es un padre o un esposo en el sentido físico.

Josef Schreiner escribe lo siguiente: «Los antropomorfismos (es decir, el lenguaje antropomórfico) aplicados a Dios no son un error que hay que evitar, porque, al igual que ocurre con otras expresiones abstractas (como espíritu, ser, etc.) sin connotaciones teológicas, solo nos es posible usar el lenguaje y las expresiones de los seres humanos. Constituirían un peligro para nuestra concepción de Dios si las entendiéramos ingenuamente como expresiones de la realidad de Dios de tal modo que él sería igual que un ser humano. Pero la Biblia rechaza estas interpretaciones: En la montaña de Dios, Israel no vio ninguna imagen, sino que solo escuchó la voz de Yahvé, el trueno, para ser precisos (Deuteronomio 4,12); por consiguiente, no está permitido hacerse imagen alguna de Dios (vv. 15ss). Dios no habita en una casa como un rey (1 Reyes 8) [...] en realidad, Dios no puede asemejarse a nadie [Isaías 40,25), él es un Dios oculto (Isaías 45,15). El hecho de que el ser humano fuera creado a imagen de Dios (Génesis 1,26) y como administrador de la creación, no significa que Dios tenga una forma humana, ni la prohibición de hacer imágenes de Dios, en el Deuteronomio, que se dirige contra la idolatría, implica una prohibición de los antropomorfismos. [...] Los antropomorfismos tienen en la Biblia un significado profundo y son de capital importancia: describen a Dios como un ser vivo, como alguien que se vuelve hacia el mundo y hacia el ser humano, que busca la comunión con las personas, que otorga personalmente la salvación y pide obediencia» (Josef Schreiner , «Anthropomorphismus». I. Biblisch., Lexikon für Theologie und Kirche 3ª ed., vol. 1, columnas 734-735,  cita en columna 735.)    

En un segundo paso,  reflexionamos sobre la ira de Dios desde la perspectiva bíblica y teológica. Para ello seguiremos las explicaciones de Renate Brandscheidt, con pequeñas omisiones y algunos cambios estilísticos («Zorn Gottes» (Ira de Dios), en Lexikon für Theologie und Kirche, 3ª ed., vol. 10, columnas 1489-1490). 

Muchas afirmaciones sobre la ira de Dios en la Sagrada Escritura describen la aversión que Dios tiene a todo mal (Amós 1,2). Se dirigen a quienes han violado la alianza (Oseas 8,1-14) y eliminan la verdad (Romanos 1,18). Muestran que, aunque en ocasiones la ira divina puede parecer misteriosa [...], no es un acto de arbitrariedad despótica provocada por una venganza furiosa ni tampoco la intervención de una potencia demoniaca maligna [...], sino la manifestación de la santidad de Dios y la aplicación de su derecho absoluto a actuar con fuerza (Salmo 5,5ss; Efesios 5,1-6). Esto nos sugiere que no debemos racionalizar la ira divina en una rígida doctrina de la venganza (Job: los discursos de sus amigos) o como una característica de Dios. Con su ira, Dios reacciona en aquellos momentos en los que se cometen grandes fallos y en contra de la hybris individualista que hace que los seres humanos se conviertan en el criterio de todo. Además, la ira de Dios no solo se expresa en actos individuales de venganza, sino también en la amenaza global de la humanidad y su mundo (Isaías 13,13; 34,1-4; Hebreos 10,31). Remite a la ruptura entre Dios y la humanidad que, según el Génesis, está relacionada con la desviación de la última con respecto al desarrollo querido por Dios (Génesis 3). Así pues, la ira de Dios incluye al mundo entero de la humanidad en tránsito (Salmos 90,9-12; 102,11 ss) y convierte este tiempo en un período de juicio (Isaías 26,20 s; Mateo 3,7; Efesios 2,3), en el que puede verse a Dios como la causa de toda desgracia (Amós 3,6). Puesto que para el Dios creador todo lo terrestre puede servir como instrumento de cólera, los creyentes se sienten a menudo expuestos al desastre sin defensa alguna (Job 16,9ss; 19,11; Jeremías 3; Macabeos 1,54-64). Pero la cólera divina provocada por el pecado no llega al extremo de destruir toda la creación, puesto que Dios cambia su juicio para afirmar su creación (Génesis 6,6; 8,21s). Al fin y al cabo, Dios es siempre el Dios de nuestra salvación. Su paciencia le impide derramar su cólera y pospone el juicio definitivo (Éxodo 32,13; Jeremías 18,8; Amós 7,3.6), suministrando así un espacio para el arrepentimiento y la conversión (Jeremías 26,3.13; Jonás 4,2; 2 Pedro 3,9). De este modo, los justos pueden purificarse y los pecadores son advertidos (Job 33; 36,1-14). Solo el rechazo al arrepentimiento (1 Pedro 3,20) hace inevitable el juicio colérico de Dios y remite al juicio del día de Yahvé, el día de la ira, que trae consigo el balance final y el juicio definitivo. [...]

La revelación escatológica y la encarnación visible de la voluntad salvífica de Dios que integra su cólera es, según el Nuevo Testamento, Jesucristo (Juan 3,16; Romanos 5,8-10; 9,22ss). Cristo es el cumplimiento de la ley (Romanos 3,25ss), cuyo verdadero sentido es reconocido y confirmado en la Nueva Alianza (Rom 3,21). De este modo, la ley misma no puede ya determinar la relación de Dios con la humanidad, es más, de seguir activa suscitaría la cólera de Dios (Rom 4,15). En Cristo la humanidad se divide entre los que son liberados de la cólera de Dios, porque se dejan salvar por su misericordia (Juan 5,24; 1 Tes 5,9), y los que rechazan a Cristo el Salvador, y se mantienen, así, bajo la cólera divina (Mateo 3,7ss; 25,41; Jn 3,36).

El teólogo Hans Urs von Balthasar opina que la cólera de Dios describe su reacción al pecado humano, que Cristo ha cargado en representación de la humanidad. Según su punto de vista sistemáticamente dramático, Cristo anunció a un Dios que nunca se encoleriza y que sale al encuentro del pecado con un amor que perdona. Pero las palabras de juicio muestran que la humanidad pecadora se encierra en un mundo que está lejos de Dios, y por eso solo puede experimentar a un Dios colérico. Puesto que los hombres, incluidos los creyentes, no dejan de formar parte de la humanidad pecadora, el tema de la ira divina no pierde nunca su importancia (véase Raymund Schwager, «Zorn Gottes», II. Systematisch-theologisch, en Lexikon für Theologie und Kirche, 3ª ed., vol. 10, columna 1490.)


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