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Pregunta 257:

Pregunta: ¿Cuándo se considera en la comunidad cristiana que alguien es un «alma perdida»? ¿A causa de su angustia, por no observar los mandamientos de la religión y porque está poseída? ¿Cómo se trata a estos cristianos? (D)

 

Respuesta: 

La pregunta consta de dos partes. En primer lugar, (1), ¿cómo trata la comunidad cristiana, es decir, la Iglesia, a sus miembros pecadores y a quienes voluntariamente se separan de ella? Y en segundo lugar, (2), ¿cómo actúa en caso de «posesión»? 

(1.1.). La expresión «alma perdida», empleada en la pregunta, se encuentra en el lenguaje contemporáneo, sin embargo, es desacertada desde un punto de vista cristiano. La Iglesia habla de seres humanos pecadores, entre quienes se incluyen a todos los bautizados, que siempre volverán a caer en el pecado.

Recordemos, de entrada, que solo Dios perdona los pecados: solo él tiene el poder de perdonarlos (cf. Mateo 2,7). Puesto que Jesús es Dios, puede decir de sí mismo «que el Hijo del hombre tiene la autoridad para perdonar los pecados en la tierra» (Marcos 2,10). Él ejerce esta autoridad divina: «Tus pecados son perdonados» (Marcos 2,5; Lucas 7,48). Además, gracias a su autoridad divina, él, a su vez, autoriza a los seres humanos (Juan 20,21-23) a que ejerzan esta potestad en su nombre. Cristo quiso que su iglesia, en su totalidad, mediante su oración, su vida y sus acciones, fuera un signo y un instrumento para el perdón y la reconciliación que él adquirió con el precio de su sangre. Concedió la autoridad de perdonar los pecados en su nombre al ministerio apostólico. Este ministerio está encargado de ofrecer el «servicio del perdón» (2 Corintios 5,18). Los apóstoles son enviados «en el nombre de Cristo»; a través de él, Dios mismo exhorta y suplica: «¡Reconciliaos con Dios!» (2 Corintios 5,20). Durante su ministerio público, Jesús no solo perdonó pecados sino que también mostró las consecuencias del perdón: volvió a integrar a los pecadores arrepentidos en la comunidad del pueblo de Dios, del que el pecado los había distanciado o incluso excluido. Para manifestarlo con un signo visible, Jesús invita a los pecadores a su mesa e incluso se une a sus mesas –una acción que expresa clara y conmovedoramente el perdón de Dios y el retorno a la comunidad del pueblo de Dios. Al otorgar a los apóstoles la autoridad de perdonar pecados, el Señor también les otorga la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia (cf. CatIglCat nn. 1441-1444).   

El bautismo es el primero y el más importante de los sacramentos por el que se perdonan los pecados; une al creyente con Cristo, que murió y resucitó, y le confiere el Espíritu Santo. La Iglesia ofrece a los bautizados que están en pecado y culpa el sacramento del arrepentimiento y la reconciliación. Es el don especial que el Señor hace a su Iglesia para lograr la reconciliación. El pecado es un insulto a Dios y una ruptura de la comunión con él. Pero también perjudica a la comunión con la Iglesia. Jesús no solo perdonó los pecados, sino que también autorizó a la Iglesia y le encargó que liberara a la gente de sus pecados. Mediante el sacramento del arrepentimiento y la reconciliación se ofrece a todos los creyentes el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia (cf. CatIglCat nn. 981; 1440). «No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar. "No hay nadie, tan perverso y tan culpable que, si verdaderamente está arrepentido de sus pecados, no pueda contar con la esperanza cierta de perdón" (Catecismo Romano, 1, 11, 5). Cristo, que ha muerto por todos los hombres, quiere que, en su Iglesia, estén siempre abiertas las puertas del perdón a cualquiera que vuelva del pecado (cf. Mt 18, 21-22). La catequesis se esforzará por avivar y nutrir en los fieles la fe en la grandeza incomparable del don que Cristo resucitado ha hecho a su Iglesia: la misión y el poder de perdonar verdaderamente los pecados, por medio del ministerio de los apóstoles y de sus sucesores» (CatIglCat nn. 982-983). 

(1.2) «Ciertos pecados particularmente graves están sancionados con la excomunión, la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos, y cuya absolución, por consiguiente, sólo puede ser concedida, según el derecho de la Iglesia, por el papa, por el obispo del lugar, o por sacerdotes autorizados por ellos. En caso de peligro de muerte, todo sacerdote, aun el que carece de la facultad de oír confesiones, puede absolver de cualquier pecado y de toda excomunión» (CatIglCat n. 1463). 

(1.3.) Además de perdonar los pecados, la Iglesia tiene también el encargo de la atención pastoral. Un aspecto de esta es el servicio del perdón y la reconciliación. Incluso quienes no están cercanos a la Iglesia asocian el término atención pastoral positivamente como sinónimo de un sentido de responsabilidad, empatía, confidencialidad, fidelidad y valentía. La atención pastoral no se limita a los miembros de la Iglesia. La Iglesia ha sido llamada por Cristo para servir y para dar testimonio de su verdad y de su amor a todas las personas. Así pues, la función pastoral de la Iglesia abarca toda su misión en el mundo. La constitución pastoral del Vaticano II «sobre la Iglesia en el mundo actual», Gaudium et spes, comienza con las siguientes palabras: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón». Se trata de una tarea que compete a todo el pueblo de Dios y que cada uno desarrolla según su carisma (p. ej., los dones especiales que les ha conferido el Espíritu Santo, cf. Romanos 12,6; 1 Corintios 12,11: «Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad», por ejemplo, dentro de la familia, en un grupo carismático, en el servicio telefónico de ayuda al necesitado, etc.), también con el encargo expreso de la iglesia local (asistente pastoral, servicios de consejo pastoral, etc.). 

Distinguimos dos tipos de atención pastoral: la de apoyo y la de consejo. La de apoyo se produce cuando el pastor toma la iniciativa (p. ej., visitar las casas, visitar a los enfermos), mientras que la de consejo es aquella que se produce cuando toma la iniciativa la persona que desea apoyo: busca ayuda porque tiene conflictos con otras personas o porque sufre una crisis personal que no puede superar por sí misma (cf. Rolf Zerfass, «Seelsorge/Seelenführung» [Atención pastoral/Orientación pastoral), en Christian Schütz (Ed.), Praktisches Lexikon der Spiritualität [Léxico práctico de espiritualidad, Herder, Friburgo 1988).

¿Qué es, concretamente, un consejo pastoral? El psicoterapeuta Lorenz Wachinger, que tiene muchos años de experiencia en este campo, escribe: «Se trata [...] simplemente de conversar de forma útil durante las crisis existenciales, como las separaciones, las despedidas, los fracasos de los proyectos de vida, la vejez y la muerte. Es un servicio que se ofrece a quienes lo necesitan. [...] La cuestión fundamental del consejo es la siguiente: en las dificultades de todo tipo, ¿nos quedamos solos o hay una comunidad y un soporte, una "iglesia" en la que no somos simplemente considerados como un enfermo, un pobre, o un "otro", sino en la  que una necesidad es comprendida como una señal, pero también como una protesta, como una oportunidad para llegar a ser más sincero con uno mismo?» («Seelsorgliche Beratung» [Consejo pastoral] en Walter Fürst y Jürgen Werbick (eds.), Katholische Glaubensfibel, Publishers CMZ-Verlag, Rheinbach 2004,  pp. 321-324.

(2). Sobre las posesiones dice el Catecismo de la Iglesia Católica lo siguiente: «Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del Maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó (cf. Mc 1,25-26; etc.), de Él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar (cf. Mc 3,15; 6,7.13; 16,17). En forma simple, el exorcismo tiene lugar en la celebración del bautismo. El exorcismo solemne llamado "el gran exorcismo" sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso del obispo. En estos casos es preciso proceder con prudencia, observando estrictamente las reglas establecidas por la Iglesia. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia. Muy distinto es el caso de las enfermedades, sobre todo psíquicas, cuyo cuidado pertenece a la ciencia médica. Por tanto, es importante, asegurarse , antes de celebrar el exorcismo, de que se trata de un presencia del Maligno y no de una enfermedad» (n. 1673). 

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