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Pregunta 28:

Si Alá ama a toda la humanidad, ¿por qué envía a tantos profetas? ¿Por qué ha permitido que personas de todas las religiones se mataran entre sí durante miles de años? Y, para colmo, leemos en la Torá (el Antiguo Testamento) que Alá dio órdenes tales como matad a todos los habitantes de esta ciudad. ¿Cómo podemos decir que Dios ama a la humanidad? (TR)

 

Respuesta: (Respondemos a esta pregunta basándonos, en su mayor parte, en el estudio sobre la violencia en el Antiguo Testamento del Prof. Dr. Norbert Lohfink de la Universidad Sankt Georgen de Fráncfort).

 

1. El envío de profetas es considerado como expresión de la misericordia de Dios tanto por el Corán como por el Nuevo Testamento. Aunque el pueblo olvida a Dios y transgrede reiteradamente o incluso tergiversa sus mandamientos, Dios, en su bondad, sigue enviándole profetas. Tienen la misión de recordar al pueblo la existencia de Dios y sus leyes, y de que, como creación de Dios, debe a él toda su existencia, por lo que está obligado a obedecerle y a darle cuentas en el día del juicio. Sobre todo, los profetas recuerdan al pueblo el mandamiento de que la vida humana es sacrosanta, que tiene el deber de ser justo y, en particular, respetar los derechos de los pobres y los desvalidos.

 

La Biblia también dedica una considerable cantidad de espacio al envío de los profetas. El Nuevo Testamento presenta a Jesús como la conclusión y la cima más elevada de la serie de los profetas. Así, en Hebreos 1,1-4 leemos: Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, llevada a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas, con una superioridad sobre los ángeles tanto mayor cuanto más excelente es el nombre que ha heredado. En esta perspectiva, Dios revela en Jesucristo su amor a la humanidad de un modo que sobrepasa todo entendimiento puramente humano. Léase en el libro, capítulo 12, III, 2.

 

2. La segunda parte de la pregunta trata del papel que juega la violencia en la Biblia y de cómo debe interpretarse correctamente el mensaje bíblico de la no violencia. En primer lugar, es importante establecer un principio fundamental: La Biblia apoya la visión de un mundo pacífico, no de un mundo violento. Es necesario afirmar esto porque siembre hay voces que acusan a las religiones monoteístas, sobre todo al cristianismo, de intolerancia y de provocar las guerras en el mundo. Es importante que distingamos en este punto. Es responsabilidad humana perseguir la paz. Pero también existe una alianza de Dios que es complementaria: Dios promete que habrá paz en la historia de la humanidad. Sin embargo, inmediatamente se añade algo más. Dios no lo promete a todos los pueblos. La alianza se hace con un pueblo particular. Concretamente, se trata de un pueblo mesiánico. Sólo mediante este pueblo puede la humanidad lograr la paz. He aquí el motivo determinante para toda la teología bíblica de la paz y la violencia: El papel que tiene el pueblo de Dios en resolver el problema de la violencia. Justo al principio de la Biblia se aborda el asunto.

 

El descubrimiento de la violencia en la prehistoria bíblica, Génesis 1-11

 

La prehistoria no se cuenta en la Biblia mediante las hipótesis del big bang o la evolución de la humanidad a partir del reino animal o el descubrimiento del fuego, sino mediante relatos en los que se recurre a imágenes. Ubicadas al comienzo de la historia, las imágenes utilizadas no nos cuentan lo que ocurrió solamente al principio, sino que nos presentan lo que siempre acontece en cualquier circunstancia. Por tanto, en estos relatos se hacen afirmaciones de carácter fundamental. Se aplican a todos los pueblos y gentes de todos los tiempos.

 

Estos relatos sobre los orígenes existieron y existen en cualquier parte. Ahora bien, si comparamos los relatos de los diferentes pueblos, descubriremos diferencias importantes. Así, por ejemplo, en los relatos mesopotámicos encontramos dos temas principales, a saber, que el ser humano es condenado a trabajar duramente y el problema que supone la superpoblación. Sin embargo, el tema principal que aborda la Biblia es la tendencia humana a la violencia. Se trata de un tema que nos pilla por sorpresa. No entenderemos bien el relato del paraíso y la caída del estado de gracia si nos quedamos con la expulsión del paraíso, pues debemos tener en cuenta el relato sobre Caín. Y, además, este relato no acaba con el asesinato de Abel, su hermano, sino con la canción de Lamec al final del capítulo 4 del Génesis. El pecado original no es pecado inicial, sino un pecado prototípico. Y como tal, tiene un doble aspecto: el de la relación del ser humano con Dios se ilustra con el pecado en el paraíso, y el aspecto que deriva de éste, a saber, el de la relación del ser humano con respecto otro ser humano se ilustra en el capítulo 4, en la historia de Caín y Abel. Bien es cierto que el asesinato sólo puede presentarse en la segunda generación de la humanidad. La desobediencia a Dios y el fratricidio son las dos caras de la misma moneda. Al decaer la confianza en Dios, en seguida desaparece la confianza como fundamento de las relaciones humanas. Surge la rivalidad y la tendencia a acabar con la eliminación del rival mediante la violencia.

 

Lo que más importancia tiene en la historia de Caín no es la presentación de los hechos, sino lo que ocurre a continuación: Dios protege a Caín de las consecuencias del primer acto de violencia. A largo plazo, las consecuencias se convertirían en un círculo de violencia cada vez mayor. Dios introduce el primer freno a la violencia: la venganza. Se trata, principalmente, de una institución preventiva. La amenaza de la venganza es un medio para controlar la violencia. A partir de esta primera institución humana, posteriormente, tras unas pocas breves oraciones, el relato de Caín desemboca en el nacimiento de la cultura y la civilización. Por problemas de espacio, no podemos explicar cómo el texto del diluvio (Gn 6,11-13), con Noé como personaje principal, desarrolla este tema en un segundo relato.

 

En todo caso, podemos resumir diciendo que a partir de la prehistoria que se nos cuenta en la Biblia, la tendencia a resolver los problemas mediante el uso de la fuerza constituye uno de los factores constantes en el destino de la humanidad y que el control de la violencia mediante la amenaza de la contra-violencia, que también se reconoce actualmente como la única solución efectiva, es indispensable para conseguir la paz. Tal es la voluntad de Dios. En estos relatos hallamos los fundamentos para comprobar cómo los dirigentes, con el consejo de los especialistas en cuestiones éticas y morales, piensan sobre el modo de limitar la tendencia recurrente a la violencia mediante el mantenimiento permanente de la amenaza de la contra-violencia, admitiendo, después de todos los debates, que no hay otra solución más allá del recurso a la amenaza. Esta es la solución al problema de la violencia que se nos muestra en la historia de Caín y de Noé en el libro del Génesis.

 

¿Es esta la última palabra que dice la Biblia sobre la violencia? En absoluto. Por ahora, la Biblia está solo comenzando a aportar su verdadero testimonio. ¿De verdad quiere Dios dejarlo en este mundo inferior que en definitiva es incapaz de lidiar con la violencia y que con frecuencia se convierte en un verdadero infierno de violencia? En el relato del diluvio comienza a despuntar un nuevo principio de acción por parte de Dios: Cuando la creación se ha descontrolado, Dios no intenta cambiarlo todo. Más bien, aprovecha un elemento y comienza algo nuevo a partir de él. La tierra entera estaba destruida, pero Noé seguía en pie. Dios lo sacó, lo salvó de la destrucción y comenzó de nuevo con él. Con Abrahán hizo lo mismo. En medio de toda la humanidad, Dios pone en marcha a un grupo que, comenzando con Abrahán, llevará la paz a su máximo nivel sin necesidad de recurrir a la amenaza. Esta paz es realmente la única que podemos llamar así en el pleno sentido de la palabra. Dios crea un pueblo elegido como sede de la paz verdadera.

 

El primer problema que se nos plantea es el de la opción por este único camino. ¿No le preocupa a Dios la totalidad de su humanidad? Sobre todo, en un mundo dominado por un pensamiento y una acción globales, ¿no deberíamos pensar en toda la humanidad? ¿Por qué elige Dios a una sola familia, después a una raza y tiene una historia exclusiva con ella? Es importante, a este respecto, que se lea el relato de la construcción de la torre de Babel inmediatamente antes de la llamada de Abrahán. La construcción de la torre fue un intento desde abajo por actuar en seguida en nombre de toda la humanidad. Esta acción iba dirigida contra los cielos, contra Dios, y acabó en la confusión de las lenguas, es decir, en tensión y conflicto. Aunque el nuevo comienzo se realiza con un solo individuo, con Abrahán, no obstante, su objetivo se extiende a toda la humanidad. Los textos de Is 2 y Miq 2, donde se habla de la transformación de las espadas en arados y de las lanzas en podaderas, muestran la esperanza final del viaje que se inició con la llamada de Abrahán. Los dos profetas tienen una visión de la Jerusalén ganada para Dios en un futuro distante. El monte Sión dominará sobre todas las montañas del mundo. En términos más sencillos: el pueblo de Abrahán llegará a convertirse en una sociedad que suscitará la fascinación de los demás pueblos. Se pondrán en camino hacia Jerusalén para aprender en ella qué es una sociedad justa. La orden que reciben allí es la siguiente: renunciar a la fuerza de las armas para imponer la justicia. No puede lograrse esta renuncia si no es a través de la fascinación por un pueblo que ha sido transformado por Dios y que demuestra con su radiante existencia que es totalmente posible conseguirlo.

 

Sin embargo, la unión de estos dos textos que tan alejados se encuentran en la Biblia también muestra que se trata una larga historia frecuentemente herida y vulnerada. En principio, el pueblo que Dios quiere transformar en su sociedad modelo intrahistórica debe soportar un doloroso proceso de conversión casi interminable que conduce a una nueva relación con la violencia. Para empezar, debe aprender a ver hasta qué punto está el mundo configurado por la violencia. La Biblia pone al descubierto la violencia. Con la Biblia no apartamos la mirada de la violencia, sino que la miramos directamente, no sólo en los demás pueblos, sino también en el mismo Israel. Después de todo, Israel procede de un mundo violento, del que se separó sólo lentamente y en el que recaía reiteradamente. Ahora bien, la Biblia no pasa por alto este dato, sino que lo llama por su nombre, por lo que, sobre todo el Antiguo Testamento, puede parecernos una obra llena de violencia y sangre. El lector que no entiende lo que ocurre, puede verse desconcertado y virar hacia otros libros religiosos que suenan más suaves. Pero he aquí donde reside el quid de la importancia de la Biblia: si nos dejamos conducir por ella, con su ayuda, podremos comprender nuestra propia adhesión a la violencia. Lo que resulta más difícil es que en los libros del Antiguo Testamento no estamos echando una mirada hacia atrás a partir de la cumbre que hemos alcanzado, sino que, hasta cierto punto, caminamos conjuntamente con Israel. Es verdad que la visión que tenemos del mundo depende de la imagen que tenemos de Dios. Quien adora la violencia desde lo profundo de su corazón, también proyecta una imagen de Dios con características violentas. Lo experimentamos con Israel a través del Antiguo Testamento y es importante que pasemos por esta fase, pues no somos tan diferentes.

 

Para que las sociedades humanas existentes, cohesionadas por la violencia, funcionen, es necesario extender un velo que la oculte todo cuanto pueda. Así, el primer paso que da el Antiguo Testamento hacia un mundo libre de violencia consistió en descubrir cómo ella determina nuestra realidad, como también la de Israel. Por esta razón, el Antiguo Testamento dice más sobre la violencia que cualquier otra obra literaria nacional o religiosa. En los escritos del Antiguo Testamento se nos cuenta sin restricción alguna la violencia cometida por Israel, hacia los de fuera y hacia los dentro, como también la violencia de otros pueblos. Deberíamos valorar positivamente este relato sin tapujos. Quien lo vea de forma diferente, debe preguntarse si lo que realmente quiere es crear ciertas estructuras de violencia echando un tupido velo sobre ellas. Un paso ulterior hacia el desenmascaramiento de la propensión social a la violencia se produce cuando se la contempla como el pecado por antonomasia.

 

Mientras que el primer paso que conduce a que Israel aprenda a convertirse en una sociedad pacífica consiste en actuar violentamente, al igual que ocurre en nuestra vida, el segundo paso consiste en denunciarla. La violencia se ve denunciada, condenada y se levantan voces para eliminarla. Este paso se da, sobre todo, en los libros de los profetas mayores. Son ellos quienes especialmente advierten la relación interna que existe entre la violencia, por una parte, y la injusticia y la falta de solidaridad, por otra. Los desfavorecidos y los desvalidos se encuentran en todas las sociedades. De un modo u otro, siempre se producirá la desigualdad de oportunidades y posibilidades en la vida. Según la óptica bíblica, la justicia y, por tanto, la paz son solamente posibles en una sociedad en la que el fuerte ayude al desvalido. Sólo entonces una sociedad se convierte en una sociedad justa. La voluntad de reconciliación debe acompañar a la justicia y la solidaridad. A menudo, somos responsables de las tensiones y del violento trato recíproco que suscitan, pero también pueden producirse sin culpabilidad alguna por nuestra parte. La cuestión reside en cómo afrontamos el hecho y si la sociedad se rige por la voluntad de renovar siempre su compromiso por encontrar un camino intermedio y por el perdón.

 

El pueblo de Israel tuvo que aprender a realizar estas conexiones lenta y dolorosamente. Fue el proceso de aprendizaje de Israel hacia el logro de la paz. En esta perspectiva, tuvo que experimentar la catástrofe del exilio babilónico, con el hundimiento total de su poder y de su gloria nacional, y percatarse de que es mejor ser víctima que vencedor violento. Una lección que se incrementa con la ulterior consciencia de que esta paz que sobrepasa la paz de nuestro mundo, siempre amenazada con la caída en la violencia, sólo puede proceder de las víctimas y no de los vencedores. Es una paz que los seres humanos no pueden producir, una paz que sólo es posible como milagro de Dios.

 

Todo esto se convierte en una experiencia colectiva en el exilio. Israel ha caído en esta decadencia nacional por sus propios fallos. En algún momento se dio la vuelta a todo y el pueblo victorioso se convirtió en el autor de la violencia. Israel, en su conjunto, es ahora una víctima y espera el rescate de su Dios. Fue entonces, en esta situación concreta, cuando, una vez más, se desarrolló la idea de que Dios quería intervenir en la historia de todos los pueblos del mundo mediante Israel. Y es precisamente en este contexto donde se ubica uno de los textos más extraordinarios del Antiguo Testamento, el denominado cuarto cántico del Siervo sufriente (Is 52,13-53,12). Es la cumbre de la teología veterotestamentaria de la paz, pero, al mismo tiempo, se mantuvo, en cierto modo, como un bloque errático. Toda su profundidad llegó a comprenderse plenamente en tiempos del Nuevo Testamento, cuando se aplicó al destino de Jesús. El siervo de Dios, que reaparece siempre como imagen en la segunda mitad del libro de Isaías, se describe como un individuo, pero, teniendo en cuenta el conjunto del libro, es evidente que se trata de un personaje simbólico del pueblo de Israel como la esposa de Sión, que siempre se menciona. Las afirmaciones que se hacen sobre el siervo de Dios y el papel del pueblo de Israel entre todos los pueblos, son, por tanto, mesiánicas, en el sentido de que el pueblo de Israel encontrará su encarnación más elevada en el futuro Mesías.

 

Así pues, según el cántico del Siervo sufriente, los pueblos del mundo conspiraron contra el siervo de Dios. Lo golpearon y lo torturaron, hasta que, finalmente, lo mataron. Pero, como aquellos que se lamentan en los salmos de lamentación, encuentra refugio en su Dios. No devuelve el golpe; acepta la violencia cada vez más intensa contra él y no la evita. Y Dios lo acepta. Repentinamente, oímos en este cántico la declaración de los demás pueblos y los reyes del mundo. Reconocen su complicidad en lo que ha ocurrido. El que fue ajusticiado cargó con los pecados del mundo. Pero Dios lo salvó e hizo que la paz entrara en el mundo mediante él y su destino. Mediante él, tendrá éxito el plan de Dios sobre la historia. A partir de este siervo de Dios, es decir, del pueblo de Israel, es ahora posible que los demás pueblos del mundo encuentren un nuevo camino justo, libre de violencia, que conduzca a la verdadera paz.

 

El clímax de esta historia se alcanza con la muerte y la resurrección del verdadero siervo de Dios, el Hijo del hombre: Jesús, el Mesías. En él se cumple lo que se inició en la historia de Israel. Ahora, con la muerte y la resurrección de Jesús se realiza la paz que Dios quiere para el mundo, y, aún más, mediante aquel que no venció la violencia con violencia sino que renunció a ella, se hace posible una sociedad en la que se puede verdaderamente vivir en paz, aun cuando le costara la vida.

 

En suma: Dios quiso la libertad de voluntad para que el mundo, tal como es, venciera la violencia con violencia. Sin embargo, también ofreció al mundo una paz mayor mediante su pueblo elegido, su Mesías y su Iglesia. Es una paz que el mundo no puede dar. Se realiza mediante la libre participación creyente-esperanzada-amorosa en el sufrimiento no violento y en la muerte y la resurrección del Mesías, Jesucristo. Podemos asumirla y vivirla en la libertad de la fe y en la confianza recíproca. Cuantas más personas lo hagan, mejor será la paz en el mundo.

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