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Pregunta 39:

¿Por qué una gran parte de los Evangelios (supongo que se quiere decir de la Biblia) se lee como un libro de historia? (TR)

 

Respuesta: Digamos en primer lugar (basándonos en el catecismo titulado Katholischen Erwachsenen Katechismus, pp. 38s.) unas palabras sobre la concepción cristiana de la revelación. Desde el comienzo del mundo, Dios se ha revelado a través de la creación, en particular a través de la conciencia humana y la intervención del hombre en la historia. Existe, por tanto, una historia general de la revelación de Dios. El Vaticano II enseña: Ya desde la antigüedad y hasta el momento actual, se encuentra en los diferentes pueblos una cierta percepción de aquella fuerza misteriosa que está presente en la marcha de las cosas y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el reconocimiento del Ser Supremo e incluso del Padre… (Nostra Aetate, n. 2).

 

Pero Dios no quiere revelarse solamente al individuo, sino también en la sociedad y en la historia. Quiere congregar a la humanidad en un pueblo y hacerlo a la luz de todos los pueblos (véase también Is 42,6). Así pues, porque existe una historia general de Dios y el hombre, existe también una historia específica de la revelación de Dios. En esta historia, Dios mismo se da a conocer en ciertas ocasiones y en ciertos lugares a ciertas personas de un cierto modo. Esta revelación específica comienza con la llamada de Abrahán y los patriarcas. Con la congregación de Israel y su liberación de Egipto, la historia entra en una nueva fase. Mediante los profetas, Israel aprende más sobre Dios y se prepara para la revelación final en Cristo Jesús.

 

Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo el universo (Heb 1,1-2).

 

La Biblia (que procede del término griego biblos = libro) es Sagrada Escritura para los cristianos. En ella se recogen las experiencias que la humanidad ha tenido a lo largo de su historia con Dios a través de su revelación mediante palabras y hechos.

 

La Biblia, que está formada por el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, es, por consiguiente, similar a la Carta de la Alianza que Dios hizo con la humanidad. Dado que la palabra hebrea berit (alianza) se tradujo al latín por testamentum, las Sagradas Escrituras judías (Corán: at-taurât) se denominaron Antiguo Testamento y a las cartas de los apóstoles y los Evangelios (Corán: indschîl) se les llamó Nuevo Testamento.

 

El Antiguo Testamento contiene la historia del pueblo de Israel con Dios (usamos generalmente el término abreviado Israel, pero entiéndase que con este término NO nos referimos al moderno Estado de Israel); en sus diversos escritos y tipos de literatura, incluyendo la literatura histórica, refleja la existencia creyente de un pueblo que está seguro de la alianza que Dios ha hecho con él y que, a lo largo de los siglos, experimentó una y otra vez la gracia salvífica de Dios.

 

El Nuevo Testamento nos da el testimonio de la experiencia que los discípulos y la iglesia primitiva tuvieron de Jesucristo. Los escritos del Nuevo Testamento son testimonios de la fe en Jesucristo. Son testimonios sobre él como el Mesías profetizado en el Antiguo Testamento.

 

Los autores del Nuevo Testamento entienden el Antiguo Testamento como un testimonio de la acción del mismo Dios a quien Jesús proclama. Y tienen razón al hacerlo, pues Jesús era un judío; su fe era la fe judía, la fe de los padres. Ven el Antiguo Testamento como una antología de textos que refleja la especial relación de Dios con su pueblo elegido, y, por tanto, también como el Libro de las Promesas que se han cumplido en Jesucristo. Esta es la fe cristiana, y por esta razón los cristianos creen que los dos Testamentos están unidos.

 

La Biblia es una colección general de escritos que reflejan la vida religiosa y la fe del pueblo elegido por Dios, y al que, por consiguiente, han contribuido numerosas personas y comunidades. El Antiguo Testamento se fue formando a lo largo del I milenio a.C.; el Nuevo Testamento durante el siglo I d.C. Precisamente, este largo período de creación constituye un notable testimonio del poder de la palabra de Dios: Tras encontrarlo, personas de los más diversos orígenes y con diferente formación han intentado, una y otra vez, proclamar a los demás la Palabra de Dios como la fuerza vital que da fortaleza permanentemente, cada uno en su propia época, con sus estilos de vida diferentes y en sus respectivas circunstancias sociales y políticas.

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