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Pregunta 41:

¿Por qué los cruzados asesinaron a millares de inocentes? ?¿Qué amor de Dios y tolerancia se manifiestan así? (TR)

 

Respuesta: Me gustaría comenzar con una breve descripción de las cruzadas en un sentido restringido, es decir, las que se realizaron en Tierra Santa, basándome en la obra de Ludwig Hagemann (Was glauben Christen?Die Grundaussagen einer Weltreligion, Herder Taschenbub nr. 1729, Friburgo 1991, pp. 126s.). Cuando los turcos conquistaron Jerusalén en el año 1071 d.C., los peregrinos que regresaban informaban sobre el acoso y los obstáculos que sufrían por parte los nuevos gobernantes. Estas noticias no quedarían sin respuesta. Cuando César Alexio I (1081-118) pidió ayuda al Papa Urbano II (1088-1099) por la amenaza que se cernía sobre Constantinopla, la llamada que hizo para socorrer a los cristianos del oriente y liberar Tierra Santa de la ocupación musulmana en el Sínodo de Clermont el 17 de noviembre de 1995, encendió un movimiento de masas que unió a los pueblos de occidente durante dos siglos traspasando todas las fronteras nacionales.

 

Deus lo volt, Dios lo quiere, era el eslogan de la conquista. El mismo papa se puso al frente de la cruzada.

 

El objetivo original nunca se logró. Al contrario, todos los intentos por volver a establecer el dominio cristiano en Tierra Santa tuvieron éxito por un breve período de tiempo, pero terminaron fracasando. La motivación que subyacía en el movimiento, que originalmente había sido puramente religioso, llegó a oscurecerse por el deseo de guerra y aventura, el ansia de sangre y el clamor por saquear el territorio y conseguir el poder. La relación entre cristianos y musulmanes se puso altamente tensa y se organizó una nueva avalancha de los pueblos islámicos contra los cristianos. La Iglesia oriental sufrió más amargura que antes. Los esfuerzos por lograr la unión seguían sin obtener ningún éxito y el abismo entre la Iglesia occidental y la oriental se vio agrandado por la creación, aunque por poco tiempo, del Imperio Latino en Constantinopla (1204-1261).

 

En 2004 se organizó en la catedral y el museo diocesano de Mainz una excelente y bien documentada exposición con el título Ninguna guerra es santa. Las cruzadas, que suscitó un gran interés. En la presentación de esta exposición se afirma lo siguiente:

 

La historia de las cruzadas se ha descrito frecuentemente de forma idealizada y ha sido explotada por el Estado y la Iglesia por intereses políticos y religiosos. En el siglo XIX, con su romántica admiración por los caballeros y la caballería, se vieron las acciones de los cruzados como expresión de bravura, galantería y nobleza, así como de temor de Dios. Este modo de pensar aparece representado en los frescos de la catedral de Speyer en los que se muestra al gran predicador de las cruzadas Bernardo de Claraval, ilustrando claramente la representación acrítica y romantizada de un importante acontecimiento histórico. Estas representaciones de la historia tienen poco que ver con la realidad de los hechos.

 

Las cruzadas fueron sangrientas y crueles guerras de conquista que causaron desagracia y sufrimiento.

 

Pero aquellos que desde el año 1095 tomaron la cruz, actuaron de acuerdo con los valores de su tiempo, que actualmente nos resultan difícil de comprender. Los cruzados pensaban que la liberación de Tierra Santa de las manos de los infieles era una guerra justa que Dios mismo había autorizado a través de la autoridad del Papa. Las consecuencias de esta piadosa creencia fueron inmensas. En cualquier caso, la idea de las cruzadas, la mezcla de motivaciones de muchos que participaron en ellas y los modos en que se plasmaron históricamente, están contaminados por el error y el pecado. Las cruzadas no sólo provocaron cientos de miles de muertos, sino que también, y sobre todo, provocaron la profunda separación entre el mundo oriental musulmán y el mundo occidental cristiano, cuyas huellas podemos seguir apreciando en nuestros días.

 

La Iglesia Católica jugó un papel importante en todo esto, y, por esta razón, el Papa Juan Pablo II habló claramente sobre ello el día 5 de mayo de 2001 en Atenas. Pidió perdón por los pecados que los hijos e hijas de la Iglesia Católica habían cometido contra los cristianos ortodoxos. Específicamente, se refirió a la conquista de Constantinopla por los cruzados en 1204. Era la primera visita que un pontífice romano hacía a Grecia desde hacía más de mil años.

 

El día 6 de mayo de 2001, el Santo Padre visitó la Mezquita de los Omeyas en Damasco. Expresó allí su esperanza de que los líderes religiosos y los eruditos musulmanes y cristianos representarán a nuestras dos grandes comunidades religiosas como comunidades que dialogan respetuosamente entre sí y nunca jamás como comunidades en conflicto. Era la primera vez en la historia que un pontífice romano había pisado una mezquita.

 

Este reconocimiento público y la petición de perdón por las injusticias de las cruzadas, que eran, en parte, un fallo de la Iglesia, daría el necesario impulso para mejorar la relación entre las tres comunidades religiosas monoteístas: los cristianos, los judíos y los musulmanes (cita del Prólogo del catálogo de la exposición mencionada anteriormente).

 

El Papa Juan Pablo II declaró el primer domingo de cuaresma del año jubilar 2000 (12 de marzo) el Día del perdón. En el año 2000 los cristianos celebramos el 2000 aniversario del nacimiento de Jesús de Nazaret y el comienzo del tercer milenio. En la homilía de aquel domingo, el Papa dijo lo siguiente:

 

Ante Cristo, que, por amor, cargó sobre sí nuestras culpas, somos invitados a realizar un profundo examen de conciencia. Uno de los elementos característicos del Gran Jubileo es aquel que describí como la purificación de la memoria (Bula Incarnationis mysterium, n. 11). Como sucesor de Pedro, pedía que en este año de misericordia, la Iglesia, fortalecida por la santidad que recibe de su Señor, se arrodillara ante Dios e implorara el perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos e hijas (ibíd.). Me pareció que este primer domingo de cuaresma sería la ocasión adecuada para que la Iglesia, congregada espiritualmente en torno al sucesor de Pedro, implorara el perdón por los pecados de todos los creyentes. ¡Perdonemos y pidamos el perdón!

 

¡Perdonemos y pidamos perdón! Al tiempo que alabamos a Dios, que, con su amor misericordioso, ha producido en la Iglesia una maravillosa cosecha de santidad, celo misionero y consagración total a Cristo y al prójimo, no podemos dejar de reconocer las infidelidades al evangelio cometidas por algunos de nuestros hermanos, especialmente durante el segundo milenio. Pidamos perdón por las divisiones que se han producido entre los cristianos, por la violencia que algunos han usado en el servicio de la verdad y por las actitudes recelosas y hostiles que en ocasiones se ha tenido hacia los seguidores de otras religiones.

 

Aún más, confesemos nuestras responsabilidades como cristianos por los males de nuestro tiempo. Debemos preguntarnos por nuestra responsabilidad en el ateísmo, la indiferencia religiosa, el secularismo, el relativismo éticos, las violaciones del derecho a la vida y el desprecio hacia los pobres en muchos países. Pedimos humildemente perdón por la responsabilidad que cada uno hemos tenido en estos males por nuestras acciones, colaborando de este modo a desfigurar el rostro de la Iglesia.

 

Al mismo tiempo que confesamos nuestros pecados, perdonemos los pecados que otros han cometido contra nosotros. En numerosas ocasiones a lo largo de la historia, los cristianos han sufrido dificultades, opresión y persecución por su fe. Así como las víctimas de estos maltratos perdonaron a sus ejecutores, perdonemos nosotros también. La Iglesia siente actualmente, como siempre ha sentido, la obligación de purificar su memoria de aquellos tristes sucesos de todo sentimiento de rencor o venganza. De este modo, el Jubileo es para todos una oportunidad idónea para una profunda conversión al evangelio. La aceptación del perdón de Dios conduce al compromiso de perdonar a nuestros hermanos y hermanas y a reconciliarnos con ellos

(en www.vatican.va/santo_padre/juan_pablo_ii/homilias/documentos/hf_jp_il_hom_20000312_perdon_en.html).

 

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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