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Pregunta 44:

Si he entendido correctamente, los protestantes sostienen que Jesús os ha perdonado todos los pecados y os ha prometido el Reino de los Cielos. Esto implicaría que podéis cometer tantos pecados como os guste y ser tan malos que queráis, porque ya habéis sido salvados. ¿Cómo es posible creer en esta doctrina de los Evangelios? ¿No os equivocáis en esto? ¿Enseñan realmente los Evangelios una fe que anima a la gente a cometer pecados? ¿Qué opina de esto? (Pues por la gracia habéis sido salvados mediante la fe, y esto no procede de vosotros, sino que es un don de Dios; no procede de las obras, de modo que nadie se vanaglorie, Ef 2,8-9) (TR)

 

Respuesta: El mismo Nuevo Testamento reconoce el peligro de malinterpretar sus enseñanzas. Recomiendo la atenta lectura de la carta de Pablo a los Romanos (5,12-6,23) y su carta a los Gálatas (6,1-10). La carta de Santiago, que la Iglesia católica estima al mismo nivel que las otras cartas de los apóstoles, rechaza esta interpretación errónea. Véase especialmente Sant 1,14-26.

 

La tarea de los concilios de la Iglesia consiste en clarificar las enseñanzas que han conducido o que pueden conducir a interpretaciones erróneas, usando no sólo la Escritura, sino también la reflexión teológica. En su n. 40, comenta la Constitución Dogmática Lumen gentium la cuestión de la gracia, las buenas obras y la santificación:

 

El Señor Jesús, Maestro divino y modelo de toda perfección, predicó a todos y a cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fueran, la santidad de vida, de la que él es el autor y consumador: Sed, pues, perfectos como vuestro padre del cielo es perfecto (Mt 5,48)… Los seguidores de Cristo han sido llamados por Dios y justificados en el Señor Jesús, no por sus propios méritos, sino por su designio de gracia. El bautismo y la fe los ha hecho verdaderamente hijos de Dios, participan de la naturaleza divina y son, por tanto, realmente santos. Por eso deben, con la gracia de Dios, conservar y llevar a plenitud en su vida la santidad que recibieron. El Apóstol les anima a que vivan como conviene a los santos (Ef 5,3), se revistan como elegidos de Dios, santo y amados, de ternura entrañable, de bondad, humildad, modestia y paciencia (Col 3,12) y produzcan los frutos del Espíritu para llegar a ser santos (cf. Gal 5,22; Rom 6,22). Pero, como todos tropezamos muchas veces (cf. Sant 3,2), tenemos siempre necesidad del perdón de Dios y debemos orar cada día: Perdónanos nuestras deudas (Mt 6,12).

 

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