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Pregunta 56:

¿Se prolonga el matrimonio más allá de la muerte o termina con ella? ¿Pueden seguir unidos los cónyuges en la vida eternal? Además, ¿es cierto que recibiremos unos cuerpos nuevos en la vida eternal? (TR)

 

Respuesta: ¿Qué pasará conmigo después de morir? La humanidad tiene inculcado el anhelo, más o menos obvio, de una vida después de la muerte. Los filósofos han llegado a la conclusión de que el alma humana, por su carácter espiritual, no puede realmente morir. También es lógico pensar que nuestro anhelo por la plenitud y la justicia sería vano si todo acabara con la muerte.

 

La Biblia nos permite experimentar cómo ha cristalizado la respuesta a esta pregunta fundamental de nuestra existencia a lo largo de los siglos. Pero no fundamenta su perspectiva en nosotros ni en nuestro anhelo, sino en Dios. La idea original de que nos espera una existencia en un mundo de sombras sin esperanza alguna, era algo que una persona de fe no podía imaginar. Al fin y al cabo, Dios es la fuente de la vida. El es fiel. Nunca nos abandonará totalmente. Y así los creyentes fueron convenciéndose cada vez más de que ni siquiera la muerte podía separarnos de su amor, pues somos siempre aceptados y amados por él. El Nuevo Testamento clarifica posteriormente esta idea: Cristo es nuestra vida. Somos inmortales porque nuestra vida procede de él y hacia él se dirige.

 

Nuestra muerte significa que nos presentamos ante Dios, la verdad eterna. Entonces caerán todas nuestras máscaras, todos nuestros propios engaños se terminarán y repentinamente nos daremos cuenta si nuestra vida nos ha conducido hasta Dios o hasta la oscuridad, lejos de él. Así pues, la muerte es el juicio sobre nuestra vida. Sintetizando: nuestros cuerpos fallecen con la muerte. Nuestra alma, nuestro ser, el núcleo de nuestra personalidad, permanece. La iglesia enseña que los santos van directamente al cielo. Sin embargo, quienes aún mantienen restos de pecado sólo pueden llegar hasta Dios después de haberse purificado (en el purgatorio). Puesto que nuestros cuerpos no son componentes secundarios, sino que son parte de nuestra índole personal, también esperamos la resurrección corporal. Cristo ha salvado nuestro cuerpo y nuestra alma. Por esta razón, podemos también esperar la transfiguración de nuestros cuerpos y almas, tal como la Iglesia ya afirma sobre María, la madre de Dios.

 

No es relevante dar vueltas en torno a la naturaleza de la resurrección, por ejemplo, si nuestros cuerpos tendrán la misma materia que en esta vida. El debate gira en torno a aspectos que escapan a nuestro entendimiento. Lo que realmente importa es que Dios desea conducirnos a la perfección. Desea perfeccionar cualquier oportunidad que exista en nosotros – ¡se nos ha prometido la unión con Dios y con el prójimo! Así pues, la esperanza en una vida eterna no es un consuelo vacío. Más bien, nos permite comprender nuestra posición y nuestra dignidad. El que estima tanto a la humanidad, es llamado a luchar por la dignidad, la libertad y los derechos humanos en este mundo. Junto a nosotros, toda la creación llegará a ser parte de la gloria de Dios. Es una idea realmente fascinante que nos para en seco: un momento, ¿toda la creación, es decir, incluso el mal que se ha extendido en ella? ¿No se ha eliminado previamente la dualidad bien/mal en el mundo, de modo que todo cuanto queda es el reino de Dios, sin sombra alguna de mal ni pecado? Esto es precisamente lo que la Iglesia entiende cuando habla del juicio venidero (véase Winfried Henze, Glauben ist schön. Ein katolischer Familien-Katechismus, Harsum 2001, pp. 173ss.).

 

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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