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Pregunta 57:

En Jn 3,13 se dice que sólo Jesús fue al cielo. En 2 Re 2,11 se dice que Elías fue llevado al cielo. En 2 Cor 12,2-4 se habla de un hombre que fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y en Heb 11,5 se dice que Henoc fue trasladado de esta vida por su fe. En la primera cita se habla solamente de Jesús, y, sin embargo, en la misma Biblia también se menciona a otras personas que tuvieron esa experiencia. ¿Podría explicarlo? (TR)

 

Respuesta: En todas las religiones el cielo o los cielos es el lugar donde habitan Dios o los dioses y las potencias sobrenaturales. Desde el punto de vista hermenéutico podemos distinguir diferentes niveles de sentido. La visión cosmológica del Antiguo Testamento contempla el cielo como un lugar que debemos entender a la luz de la cosmovisión de la época, es decir, que el cielo, en cuanto parte del universo, es el firmamento, el enorme hemisferio que se levanta sobre la tierra plana. Desde el punto de vista teológico, el cielo es la morada de Dios. El firmamento es su trono, desde el cual dirige el destino de la humanidad. Ya el mismo Antiguo Testamento desmitifica esta visión. El cielo y la tierra no pueden contener a Dios; su morada celestial significa que es trascendente y expresa su distancia y lejanía del orden creado (Jr 23,23ss.). Pero, al mismo tiempo, es un Dios muy cercano cuya gloria llena toda la tierra (Is 6,3). Escucha y responde a las peticiones de su pueblo, incluso las de cada individuo. Puesto que el cielo es la morada de Dios, la palabra se usa también como sinónimo del mismo Dios para evitar decir su nombre. Así, la frase desde el cielo significa desde Dios (véase Dn 4,23; Jn 3,27); en el cielo equivale a estar con Dios (Mt 16,19; 18,18; Lc 19,38). En los últimos escritos del Antiguo Testamento aparece la idea antropológica y escatológica de que los justos estarán con Dios (en el cielo) para siempre. La imagen de la ascensión del justo también procede de estos escritos y significa que Dios nos da la gracia que nos permite entrar en su presencia.

 

En el Nuevo Testamento, lógicamente, es la perspectiva cristológica la que tiene mayor importancia. De acuerdo con su naturaleza, Cristo bajó del cielo (Jn 3,13; 6,38.41ss.50ss.) y allí regresará después de resucitar para sentarse a la derecha de Dios (Mc 16,19; Hch 3,21; Ef 1,20; 2,6; Heb 8,1; 1 Pe 3,22). Este regreso se representa mediante la imagen de la ascensión. Así, ascendió a la morada de Dios (Heb 9,11ss.24) para venir de nuevo al final de los tiempos (Heb 9,28). En esta perspectiva, Pablo describe la actitud del cristiano ante la vida como aquel que espera, esperanzadamente, la esperada segunda venida de Cristo desde el cielo (1 Tes 1,10; 4,16; 2 Tes 1,7; Flm 3,20), cuando surgirán un cielo nuevo y una tierra nueva (2 Pe 3,13).

 

Resumiendo, podemos decir que desde el punto de vista cristiano, el cielo es una metáfora teológica que se refiere a la salvación y la redención definitivas de la humanidad que ha sido reconciliada con Dios mediante la muerte y la resurrección de Cristo. El cielo no es, por tanto, un lugar real y atemporal, ni un reino venidero en sentido espacial, sino una realidad personal. Es la unión eterna de la humanidad con Dios, la vida en comunión con él y con los demás (cf. L. Hagemann, art. Himmel 2. Christlich en Adel Th. Khoury [ed.], Lexicon religiöser Grundbegriffe. Judentum, Christentum, Islam, Styria, Graz 1987, pp. 486-488).

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