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Pregunta 6:

Aun cuando Dios hubiera creado a Satanás y lo hubiera hecho superior a la humanidad (permitiéndole tentar a los seres humanos), Dios habría dado a los seres humanos algunas fuerzas para oponerse a Satanás. ¿De verdad no encontró Dios otro medio de salvar a la humanidad que haciéndose humano? (TR)

 

Respuesta: El poder y la impotencia de los espíritus malignos aparecen de modos diversos en la Biblia, sobre todo en relación con la llegada de Jesús. En particular, el Evangelio de Marcos describe el ministerio de Jesús como una batalla contra Satanás (Mc 1,23-28.32-34.39; 3,22-30). Sin embargo, con Jesús aparece aquel que, siendo más fuerte, vence al mal. Con él amanece el reino de Dios porque expulsa los demonios con el poder de Dios (véase Mt 12,28; Lc 11,18; 10,18-19). Puesto que Cristo vence a las fuerzas y las tiranías malignas de una vez por todas, no es coherente con la fe cristiana el miedo a los demonios. Más bien, según se nos dice en 1Pe: Sed sobrios y velad. Vuestro adversario, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quien devorar. Resistidle firmes en la fe (5,8-9).

 

La doctrina de la Iglesia está en sintonía total con los escritos del Nuevo Testamento. Si el maligno que mantiene cautiva a la humanidad no tiene su origen en un principio maligno independiente de Dios (como sostiene el dualismo), entonces procede solamente de las criaturas que Dios hizo buenas, pero que, por su propia voluntad, se hicieron malas. Por tanto, según la doctrina de la Iglesia, no sólo existe el maligno, sino personas que también son malas. Así pues, en primer lugar, se mantiene la doctrina católica sobre la experiencia que los seres humanos tienen de las profundidades más oscuras del mundo, tal como se nos dice en la Biblia, y, en segundo lugar, se limita la importancia y la influencia de los espíritus malignos: a pesar de todo, sólo son manifestaciones finitas que han sido creadas por Dios y que dependen de él. Su reinado inmundo ha sido destruido por Jesucristo y cada vez se ve más derrotado por la acción del Espíritu Santo. La última palabra la tiene la esperanza.

 

¿Quién enseñó a Dios el modo de salvar a la humanidad pecadora del pecado? El amor de Dios no conoce reglas ni límites. Sólo nos cabe admirar, con fe agradecida, que haya elegido el sendero que él mismo anunció en la palabra de la Biblia. Leamos una vez más 1 Jn 4,7 y Jn 3,16-21. Es evidente que llegamos a darnos cuenta a posteriori de que Dios ama de modo tan divino como nosotros amamos, nosotros que fuimos creados a imagen suya: todo el que ama quiere ser solidario con el amado. Dios, por amor, quiso ser totalmente solidario con la humanidad que había creado. En todo, menos en el pecado.

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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