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Pregunta 60:

Si el cristianismo de nuestro tiempo es verdadero, ¿por qué existen cuatro evangelios? (TR)

 

Respuesta: El primer libro de la iglesia fue el Antiguo Testamento. Pero pronto se hizo evidente la necesidad de unas escrituras que contaran lo que había sucedido entre nosotros, y, por ello, se escribieron los cuatro evangelios.

 

Es verdad que no conocemos la vida de Jesús a partir de una sola obra, sino de cuatro escritos paralelos, algo que ciertamente es singular en la historia de la literatura. Cada uno de estos escritos contiene la buena noticia completa. Se les llama por el nombre de sus autores: Mateo, el publicano que se convirtió en discípulo; Marcos, un joven discípulo de Jerusalén. Según Hch 12,12 la congregación de discípulos se reunía en la casa de su madre (que, posiblemente, fue donde se celebró la última cena); Lucas, nuestro querido amigo médico (Col 4,14), que era amigo de Pablo; y, finalmente, Juan, el discípulo a quien Jesús quería, que vivió hasta una avanzada edad.

 

Desde muy pronto se dijo que Mateo fue el primero que escribió un Evangelio, posiblemente en torno al año 50 en Palestina o en Siria. Este Evangelio se publicó posteriormente en la forma que ha llegado hasta nosotros. Se supone que las versiones definitivas de Mateo y Lucas, que se redactó en Grecia, fueron escritas entre los años 70 y 80. El Evangelio de Juan se escribió probablemente en torno al año 100 en Asia Menor. Los tres primeros evangelios, también denominados sinópticos, son a menudo idénticos, palabra por palabra, lo que prueba que, de un modo u otro, están relacionados entre sí.

 

Los cuatro evangelios ponen de manifiesto que la iglesia tenía un gran interés en conservar la buena noticia. También muestran cómo fue proclamada teniendo en cuenta los diferentes modos de pensar y los diferentes contextos sociales. Cada uno de los Evangelios destaca algún rasgo particular de la fe que la comunidad consideraba importante. Mateo, que escribe para los judíos, compila las palabras de Jesús en cinco grandes discursos en correspondencia con los cinco libros de Moisés para presentarlo como el nuevo legislador. A Marcos le interesa especialmente presentar la revelación de Jesús como el Mesías y el Hijo de Dios. Lucas escribe a sus condiscípulos griegos que poseían una buena formación. Expone su Evangelio mediante una progresión histórica (razón por la que también escribe el libro de los Hechos) y subraya el amor que Jesús tenía a los marginados: los pobres, los pecadores y las mujeres. También dedica un gran interés a los temas del Espíritu Santo y la oración.

 

Se analiza el uso de las palabras para determinar en qué comunidad se predicó el evangelio antes de ponerlo por escrito. Puesto que los discípulos intentaron retener las palabras exactamente tal como Jesús las había dicho y dado que el modo que tal hazaña mental era posible por el modo rítmico y metafórico de hablar de Jesús, podemos estar seguros de que se transmitieron fielmente mediante la tradición oral. Ahora bien, esto también significa que en ocasiones se añadieron libremente ciertas clarificaciones y adaptaciones. Ya hemos visto cómo Mateo cambió la frase el reino de Dios por el reino de los cielos. Tales modificaciones se hacen mucho más evidentes en el Evangelio de Juan. Las palabras de Jesús parecen reflejar el vocabulario usado en Asia Menor, donde Juan predicó. Por ejemplo, raramente usa la frase el reino de Dios porque no significaría nada para sus destinatarios. En cambio, sí que encontraban sentido a los términos luz y vida, por lo cual aparecen con frecuencia en labios de Jesús. El discípulo se dio cuenta de que eran las mejores palabras para traducir a sus destinatarios lo que Jesús quería decir cuando hablaba del reino de Dios.

 

Esto no significa que los escritores fantasearan y se inventaran a un Cristo según su gusto. Sin embargo, el objetivo de los evangelistas no era escribir un informe exhaustivo progresivo, es decir, una especie de diario. Su objetivo era escribir un Evangelio, es decir, proclamar la buena noticia. Para ello tenía una enorme importancia las cosas que realmente habían pasado y las palabras que realmente se habían dicho. De no haber acontecido nada de esto, entonces no hubiera habido ninguna buena noticia que proclamar. Resulta interesante percibir que, en ocasiones, el cuarto evangelio es más preciso en lo que nos dice sobre lo que realmente ocurrió. Este fue uno de los argumentos que se utilizó posteriormente para atribuírselo al anciano discípulo Juan.

 

No sólo importan las cosas que realmente habían acontecido, sino también algo más, a saber, la verdad sobre el Jesús histórico. La investigación bíblica moderna descubrió que este tema preocupaba a los escritores de los Evangelios. En un tiempo en que ya habían muerto los testigos oculares, cuando las ideas legalistas y románticas amenazaban con introducirse en la tradición oral, la Iglesia intentó asegurar la pureza de esta tradición, es decir, cómo había sido realmente Jesús. Aquí se encuentra el origen de los Evangelios. La preocupación de la comunidad por conservar la imagen pura de Jesús, la fe verdadera, es dirigida por el Espíritu Santo que vive en la iglesia. El Espíritu no interviene independientemente de la autoría humana, sino contando con ella. En última instancia, las escrituras llegaron a existir gracias al Espíritu Santo que usa la creatividad de los seres humanos de diferentes temperamentos y con diferentes talentos. En su inconfundible autenticidad puede verse hasta qué punto los diversos Evangelios describen al mismo Señor. Remiten con toda claridad a una sola fuente: la persona de Jesús de Nazaret.

 

Los cuatro evangelios no son la única fuente de información que poseemos sobre Jesús. En la iglesia primitiva, Lucas no sólo escribió su Evangelio, sino que también lo continuó en los Hechos de los Apóstoles. También se escribieron cartas. Proceden de las plumas (o de las esferas de influencia) de Pablo (catorce), Santiago el Menor (una), Pedro (dos), Juan (tres) y Judas Tadeo (una). Finalmente, encontramos un escrito profético atribuido a Juan, el libro de la Revelación secreta, también conocido como el Apocalipsis (véase lo que dice al respecto El Catecismo holandés).

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