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Pregunta 62:

¿Qué ritual debe realizarse cuando alguien muere? (TR)

 

Respuesta: La iglesia no prescribe con precisión ni con una ley específica ad casum cómo debe tratarse a un moribundo o un cadáver. También en este ámbito, la costumbre de los cristianos en diferentes partes del mundo integra lo positivo de las diferentes culturas y ritos. Sin embargo, la iglesia tiene una doctrina global y oficial sobre las cuestiones éticas que se plantean en el contexto de una persona moribunda o que ya ha muerto, especialmente en nuestras sociedades modernas, y que puede encontrarse, por ejemplos, en sus catecismos. El ritual establecido en el correspondiente libro eclesiástico, centrado especialmente en las situaciones pastorales, con sus normas litúrgicas y las pertinentes lecturas de las Sagradas Escrituras, como también las oraciones, determina el modo en que los cristianos deben asistir al moribundo y qué ritos deben realizarse con él o para él. La iglesia también establece los ritos exequiales que deben seguirse.

 

Citamos unos cuantos elementos de estas doctrinas y rituales (seleccionados del Katolischer Erwachsenen Katechismus, vol. II, Leben aus dem Glauben, Friburgo 1995, pp. 302-316, y del Kleines Rituale für die Diözesen des deutschen Sprachbereichs, Friburgo 1980).

 

Dignidad del moribundo y la correspondiente piedad hacia el cuerpo del difunto

 

La enfermedad y la situación de alguien que está muriéndose no sólo constituyen para nosotros, que vivimos, una llamada a que seamos conscientes de la muerte y a poner en práctica lo que como cristianos debemos hacer con un moribundo, sino que también nos confrontan con problemas éticos. Los cristianos saben que tienen la responsabilidad de proteger la vida, promover la salud, el tratamiento y la curación de la enfermedad, así como de acompañar al moribundo ayudándole cuanto sea posible. También es esta la meta de todos los médicos y colaboradores, cuyas acciones están fundamentalmente orientadas a procurar el bienestar general del enfermo. Atender a los enfermos y los moribundos ha sido siempre una obra de misericordia para los cristianos. Es un principio fundamental que la vida humana es sacrosanta y que todos tienen derecho a una muerte humana. En consecuencia, tenemos el deber de asistir a los enfermos y los moribundos en la última fase de su existencia, como también el deber de no poner fin a la vida humana. Asistir y acompañar al moribundo aliviará su estado y le ayudará a que tenga su propia muerte. Por tanto, sería posible hablar de un vivir asistido. No debe existir un derecho a que se de muerte a una persona, pero, teniendo en cuenta sobre todo algunas terapias excesivamente agresivas, debemos exigir también el derecho a una muerte humana.

 

La muerte y las exequias forman parte de la vida. Constituyen el final de nuestra peregrinación terrenal. Desde muy pronto, a partir de la fe en la resurrección de los muertos, fue aumentando en la iglesia la consciencia de que había que recordar a los difuntos y de que era necesario respetar sus cuerpos. Este aspecto de la piedad cristiana hizo que el entierro cristiano se convirtiera en norma social. Dado que en su mayor parte la gente moría en la casa, en ella permanecían hasta la celebración litúrgica exequial. También se posibilitaba así que los dolientes pasaran algún tiempo más con el difunto, dándole su último adiós y compartiendo entre ellos el dolor sentido.

 

En nuestros días son pocos los que mueren en su casa; la mayoría mueren en los hospitales o en las residencias sin la presencia de otras personas. El proceso que conduce a la muerte y la misma muerte, se están desterrando de nuestra sociedad no religiosa y cada vez más se convierten en acontecimiento anónimos.

 

Hasta 1964, el Código de Derecho Canónico prohibía la cremación de los católicos. Esta prohibición no se debía tanto a cuestiones dogmáticas, sino a una reacción contra ciertos grupos que proclamaban que la cremación de los cuerpos equivalía a la negación de la fe en la resurrección del cuerpo. En nuestros días ya no existe esta prohibición, siempre que se demuestre que esta práctica no constituye una negación de la fe cristiana.

 

Los cristianos decoran las tumbas de sus difuntos como expresión de recuerdo y de amor. Al bendecir las tumbas el día de Todos los Fieles Difuntos, las parroquias manifiestan su relación con los difuntos de forma muy especial. La muerte y la lamentación se interpretan a la luz del anuncio de la resurrección realizado por Jesús, con el que las comunidades cristianas proclaman su esperanza.

 

Oraciones por los moribundos

 

El mandamiento del amor al prójimo exige a los cristianos que expresen su cercanía al moribundo orando con él para obtener la gracia de Dios y con una fe confiada en Cristo. En el ritual de la Iglesia encontramos oraciones, letanías, invocaciones, salmos y lecturas bíblicas para la hora de la muerte. El objetivo de estas oraciones es principalmente que el moribundo, si aún es consciente, venza su comprensible temor a la muerte mediante la fe. Se le ayudará a aceptar este temor siguiendo al Cristo sufriente y moribundo, y a vencerlo con la esperanza de una vida en el cielo y con su resurrección que venció nuestra muerte mediante la suya.

 

Si los creyentes deben asistir al moribundo, aun cuando este ya no sea consciente, conseguirán una gran tranquilidad con estas oraciones mediante las que percibirán el significado pascual de la muerte cristiana. Con frecuencia, ayuda bastante a expresar esta convicción la realización de signos visibles, como trazar la señal de la cruz en la frente del moribundo, exactamente igual que se hizo por primera vez el día de su bautismo.

 

En la medida de lo posible, los sacerdotes y los diáconos deben esforzarse por acompañar al moribundo junto con su familia, y pronunciar las oraciones pertinentes. Su presencia significa que los cristianos mueren en el seno de la comunidad eclesial. Si no pueden estar presentes por otras tareas pastorales importantes, deben instruir a los creyentes para que acompañen al moribundo y oren con él.

 

Vigilia, oración en la casa del difunto, exequias

 

Dependiendo de la costumbre local, debe celebrarse una vigilia entre el momento de la muerte y la celebración de las exequias, bien en la casa del difunto o en la iglesia. En general, los laicos son quienes deben responsabilizarse de esta tarea.

 

Donde es costumbre, se realiza un velatorio hasta el momento del entierro. Existen varias opciones a la hora de celebrar las exequias; la más común consta de dos estaciones: la primera tiene lugar en la capilla del cementerio o una sala de velatorios, y la segunda se realiza en lugar de la tumba. En el ritual de exequias se encuentran los ritos apropiados, las lecturas de la Sagrada Escritura y las oraciones pertinentes.

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J. Prof. Dr. T. Specker,
Prof. Dr. Christian W. Troll,

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