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Pregunta 71:

Si el cristianismo es una fe monoteísta, ¿qué sentido tiene dar a María el título Madre de Dios? (TR)

 

Respuesta: Responderé a estas dos preguntas y otras posiblemente afines, hablando (1) sobre lo que se dice de María en la Biblia, a continuación (2) sobre el sentido del título Madre de Dios en la fe cristiana, y finalmente (3) sobre los nuevos dogmas de la Iglesia sobre María.

 

María en la Biblia

 

El centro del Nuevo Testamento no lo ocupa María, sino Jesucristo. Sin embargo, María es su madre. Por esta razón habla la Biblia de ella, pero no de forma biográfica. Lo que la Biblia dice sobre María rebasa lo biográfico: describe su importancia para la salvación del pueblo de Dios. Se habla de María en el contexto más amplio de la actividad de Dios, que ya se despliega a lo largo del Antiguo Testamento. Queremos decir que en la Biblia nos encontramos con mujeres que salvan al pueblo de Dios. En ocasiones son heroínas (Débora, Judit, Ester), otras veces son madres que dan a luz a un gran personaje (Sara, Rebeca, Ana). María constituye la cima de esta serie bíblica. Da a luz al Mesías, al Hijo de Dios. Cumple la fe de su patriarca (¡Abrahán!). Ella es la hija de Sión, es decir, la personificación del pueblo de Dios. En el Magnificat (Lc 1,46-55) se ubica en la historia de Israel y habla como un profeta, como los grandes profetas de antaño: sólo Dios es digno de la gloria, ni los poderes ni las riquezas del mundo significan nada ante él. María cumplió este principio en su propia vida. Vive solamente para su hijo divino. En los días de sus grandes triunfos, permanece en el trasfondo, pero aparece con él al pie de la cruz. Busca y pregunta, realiza su camino, conserva todos estas cosas meditándolas en su corazón (Lc 2,19), vive en la incertidumbre y la desilusión. Es la madre que experimenta todo el dolor. Todo esto es cuanto la Biblia nos dice sobre ella.

 

El amor total de María pertenece a Dios; sin reserva alguna, consagra toda su vida a esta incomprensible alta vocación a la que ha sido llamada. Por consiguiente, se mantiene virgen, pues sólo quiere ser la sierva del Señor, tal como había prometido a Dios (Lc 1,38).

 

El Catecismo Protestante de Adultos resume lo que la Biblia dice de María en los siguientes términos: Se la describe como la ejemplar oyente de la palabra de Dios, como la sierva del Señor, que dice sí a la voluntad de Dios, como la favorecida que no es nada por sí misma, sino que es todo por el favor de Dios. Así pues, María es la imagen por excelencia de los seres humanos que se abren a Dios y se dejan recibir sus dones, la imagen de la comunidad de los creyentes, de la Iglesia. María forma parte esencial de los Evangelios. Sin ella habría desaparecido algo importante de la obra salvífica de Dios.

 

Así es como se hace comprensible que los cristianos veneren a María. Sólo hay uno que nos ha dado la salvación, Dios mediante Jesús y en él. Pero, ¿no es importante que fuera una mujer la que recibió esta salvación para todos nosotros? María dijo al ángel: Hágase en mí según tu palabra, y así es como se convirtió en la madre de nuestro salvador. Fue el sí de la humanidad a Dios.

 

María, la Madre de Dios

 

El credo afirma: …que nació de Santa María Virgen, resumiendo así cuanto nos dice la Biblia. La historia de la natividad nos cuenta muy gráficamente que María llevó en su seno a su hijo, como cualquier otra madre, y que lo dio a luz para nosotros. Ella es su madre en un sentido mucho más profundo que el normal: Antes de concebir al Hijo de Dios, ella lo aceptó con fe…

 

Al principio María no entendió completamente el mensaje del ángel: ¿Cómo puede ser esto si no conozco varón? Y el ángel le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Estas palabras nos recuerdan al Antiguo Testamento: Dios mismo cubrió a Israel con una nube y se estableció en el sagrado tabernáculo. Con otras palabras, la Biblia nos dice que María es la morada de Dios, que Dios ha venido a nosotros mediante ella.

 

Según el evangelista Mateo (1,20), lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Esta es la doctrina de la Iglesia: María concibió a su hijo como una virgen, sin tener relaciones con un hombre. Algunos ven aquí un gran problema. Ahora bien, ¿por qué no iba a intervenir Dios de un modo no habitual cuando su propio Hijo se hizo hombre? Especialmente el dogma de la concepción virginal explica que el nuevo comienzo que está aconteciendo mediante Jesús es obra exclusiva de Dios.

 

Todo esto ocurrió sólo porque María creyó y lo aceptó. Y así se convierte en la Madre de Dios. En el año 431 d.C., el concilio de Éfeso determinó aplicarle este título, que Lutero y otros reformadores sostuvieron. Es evidente que no dio a luz a Dios en cuanto Dios, pues es creatura como nosotros. Ella dio a luz a Jesús, que Dios y hombre en una persona. Si crees en Cristo como el Hijo de Dios, tienes que venerar a María como la Madre de Dios.

 

María es también nuestra madre, porque los cristianos somos uno con Cristo, somos miembros de su cuerpo. Ella ama al Cristo total, y, por tanto, también a nosotros. Podemos invocarla como abogada nuestra, como madre nuestra, como esperanza nuestra. Podemos contarle nuestros sufrimientos. No es más que lo hacemos unos con otros. Puesto que todos pertenecemos a Cristo y somos uno con él, podemos apoyarnos unos a otros diciendo: ¡Ruega por mí! Con mayor razón podemos pedírselo a la Madre de Dios, que, entre todos nosotros, es la que más cerca está del Señor.

 

Ciertamente, María no debe ser adorada. La adoración sólo se debe a Dios. Pero podemos invocarla sin que ello afecte a la posición exclusiva de Jesucristo, pues el apoyo que de ella recibimos también procede solamente de la salvación que Dios ha realizado a través de Jesús. El que invoca a María y la venera, confiesa de este modo su fe en Jesucristo, el hijo de María y el Hijo de Dios.

 

No deberíamos hablar de María sólo teóricamente. Deberíamos simplemente amarla. Sólo entonces podemos comprender el significado que tiene no sólo para los cristianos, sino para toda la humanidad. Ella es la Madre de Jesucristo y, por tanto, nuestra madre, la madre de toda la humanidad.

 

Los nuevos dogmas sobre María

 

¿Por qué se han creado nuevas doctrinas en nuestro tiempo, casi 2000 años después del nacimiento de Jesús? ¿Por qué anunció el Papa en 1854 la doctrina de la Inmaculada Concepción y en 1950 que María subió al cielo en cuerpo y en alma?

 

Realmente son preguntas pertinentes, pues todo cuanto Dios tiene que decirnos ya lo había dicho. Nada puede decirse ni añadirse al mensaje de Jesús transmitido mediante la doctrina de los apóstoles. Todo esto se extiende ante nosotros, pero se extiende como un territorio inexplorado. Desde sus comienzos, la iglesia ha intentado comprender los misterios de la fe con mayor profundidad, realizar nuevos descubrimientos y encontrar nuevas conexiones.

 

Expliquemos lo que decimos con una comparación. Queremos proyectar una diapositiva y el dibujo aparece en la pantalla. Pero aún es confuso. La imagen principal aparece con claridad, pero hay muchos elementos que no resultan claros. Ahora, lentamente, movemos la lente y aparecen nuevos detalles. Estos detalles ya estaban allí antes, pero sólo ahora podemos percibirlos. La fe se parece a esto. Mediante la fe y la oración de la iglesia la lente de la fe ha sido modulada a lo largo de los siglos. No completaremos el descubrimiento de las riquezas de la fe antes del final de los tiempos. La comparación que he propuesto clarifica algo más, a saber, que los detalles sólo se hacen claros en el contexto de un cuadro general. Por sí mismos no se verían o serían erróneamente interpretados. Lo mismo podemos decir de los dogmas sobre María. Surgen a partir del cuadro general de la fe, no de determinadas frases de la Biblia.

 

María es, por tanto, la imagen por excelencia de un ser humano a quien Dios concedió su favor. Fue elegida por Dios para darnos al Cristo, la luz plena, la vida y la gracia de Dios. En ella llega a su plenitud Israel como pueblo elegido. Por consiguiente, se dice que ella es la llena de gracia (Lc 1,28). El sentido de esta frase fue elevado a una doctrina por la Iglesia en 1854 después de siglos de deliberación: Desde el primer instante de su vida, es decir, desde su concepción, María ha sido liberada de cualquier distancia con respecto a Dios y ha sido liberada de toda oscuridad, ha sido llenada por la luz divina y no tuvo pecado original. Lo que Jesús nos consiguió en la cruz, lo que se nos da en el bautismo, ella ya lo había recibido al comienzo de su vida porque iba a ser su madre.

 

Muchos no encuentran sentido alguno a esta doctrina. Muchos otros confunden la concepción de María con la de Cristo. Deberían estudiar mejor el calendario litúrgico: la Inmaculada Concepción de María se celebra el día 8 de diciembre, exactamente nueve meses antes de la fiesta de la Natividad de María (8 de septiembre). La concepción del Señor se celebra el día de la Anunciación, nueve meses antes de la Natividad de Jesús.

 

La opinión de quienes piensan que la iglesia considera la sexualidad como algo deshonroso es totalmente errónea. No comenzamos nuestra vida deshonrosamente por nuestra concepción humana, sino porque somos parte de la parte oscura del mundo que se ha apartado de Dios. María nunca formó parte de ese mundo. Desde el primer instante de su vida, se encontró bajo la luz de Dios. Que María fuera subida al cielo en cuerpo y en alma, es consecuencia de su cercanía a Cristo. Lo que todos recibiremos al final de los tiempos, la resurrección del cuerpo, ya lo ha experimentado ella, porque es la madre de Cristo. Esta doctrina es especialmente importante en nuestro tiempo en el que el cuerpo está siendo tan terriblemente envilecido, por las guerras, por las drogas, por la pornografía, cuando en realidad está destinado para servir a la gloria de Dios.

 

En María siempre contemplamos nuestra dignidad y esperanza. En ella reconocemos la grandeza que Dios quiere que alcancemos. Una vez que hayas entendido esto, nunca dejarás de venerar a María.

(Con leves modificaciones de la obra de Winfried Henze, Glauben ist schön. Ein katholischer Familienkatechismus, pp. 69-76).

 

Texto del Magnificat (Lc 1,46-49)

Alaba mi alma la grandeza del Señor

y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador

porque ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava,

por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada,

porque ha hecho en mi favor cosas grandes el Poderoso, Santo es su nombre

y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.

Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los de corazón altanero.

Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.

A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos con las manos vacías.

Acogió a Israel, su siervo,

acordándose de la misericordia

-como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abrahán y de su linaje por los siglos.

 

Ave María

Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.

Bendita tú entre todas las mujeres y bendito el fruto de tu vientre Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén

 

Debemos intentar amar a Jesús como su santísima madre lo amó. Ella es la más cercana a Dios. Si acudimos a ella, acudimos al mismo Dios (Maximiliano Kolbe, 1894-1941, franciscano polaco, organizador de la prensa católica en Polonia y en Japón, sacrificó su vida en Auschwitz por un joven con familia que tenía que ser ejecutado como rehén)

 

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