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Pregunta 81:

¿Qué diferencias existen entre los ortodoxos, los católicos y los protestantes, y que creencias son las que comparten? (TR)

 

Respuesta: (1) El cristianismo ortodoxo y la Iglesia Católica

 

Se aplica el término ortodoxo a las iglesias que viven el cristianismo en la forma en que se desarrolló en los tiempos de Bizancio. Esta forma se desarrolló en la parte oriental del Imperio Romano y traspasó sus límites, llegando, especialmente, a la zona oriental de los países eslavos. Muchas iglesias ortodoxas orientales también reclaman el nombre de iglesias ortodoxas para sí mismas. Difieren de las Iglesias Ortodoxas en su liturgia y sus doctrinas (aunque en 1980 llegaron a acercarse dogmáticamente, sobre todo en cuestiones cristológicas). Las Iglesias Católicas orientales se diferencian por su comunión canónica con el obispo de Roma. El término ortodoxo, que a menudo se traduce por de fe recta, realmente significa alabar (a Dios) de forma correcta, indicando, así, la central importancia que la dimensión litúrgica tiene en la vida de las iglesias ortodoxas.

 

El primado del obispo de Roma (véase nuestro libro, capítulo 6, III, 1.2) sigue siendo la razón principal por la que se mantiene la separación entre las Iglesias Ortodoxas y la Iglesia Católica, que tuvo su origen en 1054 d.C. Sin embargo, la extensión del primado en el occidente no se debió tanto al deseo de Roma por el poder, cuanto a la responsabilidad con respecto a la libertad y la unidad de la Iglesia. Más que algo exigido por Roma, fueron los demás los que demandaron su primacía. Para legitimar la escisión se dieron una serie de razones teológicas que aún se mantienen, como, por ejemplo, el rechazo de las costumbres latinas del pan sin levadura en la celebración de la eucaristía, del celibato de los sacerdotes y de la formulación ligeramente diferente del credo, que se conoce como la oración del filioque.

 

Junto a estas razones determinantes que justifican la escisión entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Católica de Roma, también entran en juego estilos diferentes de liturgia y de espiritualidad, por lo que bien podemos decir que no son las diferencias doctrinales, sino, más bien, el modo de ser cristiano, lo que siempre ha constituido la más importante diferencia entre el oriente y el occidente, y aún sigue siéndolo en la actualidad.

 

La prolongada existencia del Imperio Romano en el oriente significó la continuidad de la Iglesia del imperio, que fue fundada por Constantino (306-337). El emperador era venerado como el representante de Dios en la tierra. Era un vice-Cristo, un emperador-sacerdote occidental, que poseía todos los derechos e incluso estaba por encima de las leyes de la Iglesia (la ley canónica). Su poder en la Iglesia, en cuanto al desarrollo de sus doctrinas, leyes y administración, estaba limitado solamente por la ley de Dios. En este sistema, que no siempre correctamente ha sido denominado como cesaropapismo, el pueblo y la Iglesia, como también la Iglesia y el Estado, estaban estrechamente unidos. Los patriarcas estaban en un rango inferior al rey y con frecuencia actuaban según sus dictámenes. Esta estructura eclesial se mantuvo después de la caída del Imperio Romano oriental, que fue reemplazado por los gobernantes de cada nación, como los zares en Rusia o los gobernantes serbios y rumanos. En todos estos casos se produjo el nacimiento de patriarcados independientes. La práctica religiosa se limitaba en su mayor parte a la liturgia y en ella se mantuvo inalterable durante siglos. No se produjeron innovaciones relevantes, ni en la teología ni en la filosofía cristiana, ni en las ciencias políticas ni en el arte. La Iglesia siguió existiendo como si el tiempo no hubiera pasado.

 

En el occidente las cosas se desarrollaron de forma muy diferente. Tras la caída del Imperio Romano occidental, el Papa se vio fortalecido y, finalmente, como el representante de la única institución de gobierno que había quedado intacta. Posteriormente, se constituyó en el líder espiritual de Europa central y occidental, y, de este modo, se convirtió en una especie de vínculo supranacional entre las provincias de la Iglesia, a quien los gobernantes locales y regionales solicitaban que los legitimara en su poder. Mientras que en Europa oriental el rey estaba por encima del patriarca y lo protegía, la balanza del poder en el occidente parecía ser exactamente la contraria.

 

Debido a la controversia sobre las investiduras y su solución, en el sistema occidental se produjo finalmente la separación entre los ámbitos político y religioso. Nunca ponderaremos lo suficiente la importancia que este proceso tuvo para el desarrollo de la filosofía occidental. Ni Europa oriental ni el mundo islámico han desarrollado nada que pueda compararse y por ello se mantienen, en este aspecto, en el mismo nivel que habían alcanzado al comienzo de la época medieval. Sólo Europa occidental avanzó más y se atrevió a entrar en una nueva era, siguiendo adelante por la continua contienda por la supremacía entre los dos bloques diferentes de poder, el de la Iglesia y el del rey (estos cinco párrafos proceden en su mayor parte de la obra de Peter Antes, Machs wie Gott, werde Mensch. Das Christentum, Patmos, Düsseldorf 1999, pp. 110-112).

 

(2) La Reforma Protestante y la Iglesia Católica

 

El deplorable estado en que se encontraba Roma en tiempos del Renacimiento, la vida en los palacios episcopales y la falta de formación del clero (desde el siglo XIV), constituía para muchos miembros de la Iglesia occidental una llamada a una reforma total. A causa de las guerras, que a menudo servían a los intereses de los príncipes eclesiásticos, la peste y los períodos de terrible hambruna, como también las constantes amenazas con el fuego del infierno, la población vivía sumida en el terror. Eran muchos los que hacían peregrinaciones, veneraban las reliquias y pagaban las indulgencias, que, con frecuencia, estaban vinculadas con una creencia en la magia, de lo que se aprovechaban los vendedores de las indulgencias.

 

Preparada por los intentos de reforma de J. Wyclif (que murió en 1384) y J. Hus (que murió en 1415), la crítica de Martín Lutero (murió en 1546) de la situación dominante, que oscurecía la doctrina de la justificación por la fe, encontró un suelo fértil; se vio promovida por la puesta en circulación de sus obras y su traducción de los textos originales de la Biblia gracias a la imprenta. Intensificados por las ambiciones políticas de los príncipes eclesiásticos y por la falta de una verdadera comprensión por parte de Roma, los intentos de reforma de la Iglesia por Lutero condujeron, en cambio, a un segundo gran cisma, que desembocó en la separación de la rama reformada bajo U. Zwinglio (muerto en 1531) y J. Calvino (1564), y, un poco después, en la secesión de la Iglesia Anglicana.

 

Como reacción a la indiferencia previa con respecto a la Biblia, como también a una sobrevaloración de la importancia de las buenas obras, estas iglesias intentaron inspirarse solamente en el Espíritu de la Sagrada Escritura (sola scriptura), confiando en la gracia de Dios (sola gratia) para dar gloria sólo a Dios (solus Deus). A pesar de su crítica a la Iglesia de Roma, los reformadores seguían muy unidos a las tradiciones de la iglesia (por ejemplo, aún fundamentaban sus doctrinas en los antiguos concilios), pero este panorama cambió en las siguientes décadas. La ortodoxia protestante (siglo XVII) sólo admitía la Biblia como orientación para la vida cristiana, considerándola totalmente inspirada por Dios, incluso la última coma. El término protestantes fue acuñado inicialmente por estas mismas iglesias hacia mediados del siglo XVI en Inglaterra.

 

Los católicos, que habían mantenido su lealtad a Roma, asumieron las llamadas a la renovación mediante la contrarreforma (especialmente, el concilio de Trento, 1545-1563) e intentaron por todos los medios poner fin a los defectos y renovar la vida cristiana mediante la instrucción de los sacerdotes, las visitas episcopales, la veneración adecuada de los santos, intensificando la piedad eucarística, etc. Sin embargo, al igual que la aplicación de la Reforma, la Contrarreforma se vio salpicada frecuentemente por la violencia. En conexión con la Contrarreforma, que encuentra su reflejo en los edificios, las pinturas y los escritos del barroco, el descubrimiento de nuevos continentes desembocó en un importante impulso misionero, que también condujo a un encuentro más intenso con otras religiones.

 

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