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Pregunta 87:

Jesús dijo: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 15,24). ¿Rechaza o no Jesús a todos los que no son de procedencia judía? (TR)

 

Respuesta: En primer lugar, veamos el texto completo de esta perícopa del Evangelio de Mateo, 15,21-28:

 

Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada. Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: Dale lo que quiere, que viene gritando detrás de nosotros. Respondió él: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: ¡Señor, socórreme! Él respondió: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Sí, Señor -repuso ella-, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces Jesús le respondió: Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas. Y desde aquel momento quedó curada su hija.

 

Observamos esta escena del Evangelio, llena de vida y espontaneidad. Mateo la describe con un dinamismo admirable.

 

De vez en cuando, Jesús salía de las fronteras de Palestina y se adentraba en territorio pagano. En esta ocasión se dirige a la región donde se encontraban las ciudades de Tiro y Sidón, al norte de Tierra Santa. Él y sus apóstoles se encuentran con una cananea que procede de esta región. Ella comienza a gritar: ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada.

 

Es un grito de ayuda en una situación desesperada, la desesperación del corazón dolorido de una madre. La hija sufre terriblemente y por eso la mujer se dirige a Jesús. Probablemente había oído hablar de él, de su bondad hacia los enfermos, de los milagros que realizaba con ellos. Y, así, se dirige a él con una súplica y con intensa fe.

 

Pero en esta ocasión nos sorprende la respuesta de Jesús: No atiende la intensidad de la súplica. Ni siquiera dice una palabra a la mujer. Muestra claramente que no quiere intervenir, que no quiere usar su poder de hacer milagros para servir siquiera a una mujer que tan severamente lo intentaba.

 

Los apóstoles se vuelven hacia él y le piden que hiciera algo por ella; le dicen: Dale lo que quiere, que viene gritando detrás de nosotros. Sin embargo, la causa de que los apóstoles hablen a favor de la mujer no es tanto la compasión que sienten con la madre, sino el malestar que sienten por el estrepitoso grito de ayuda. Porque es mucha la gente que la está oyendo y hace que todos centren su atención en este grupo de judíos extranjeros. Así pues, los apóstoles intervienen por miedo y por cierta sensación desagradable.

 

En esta situación, Jesús explica por qué no quiere intervenir. No forma parte de su misión. Afirma: No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Jesús, el Hijo de Dios, sabe que durante su tiempo en la tierra su misión se limita al pueblo de Israel. Jesús, afable y humilde, no quiere excederse más allá de los límites que se le han impuesto, no quiere tomar la iniciativa que no forma parte de su misión. Es una manifestación de una gran humildad, de una gran obediencia a Dios su Padre. A pesar de la pena que siente, Jesús no desea intervenir aquí con un milagro.

 

Pero la mujer no pierde la esperanza, sino todo lo contrario. Se acerca a Jesús, se echa por tierra ante él y dice: Señor, ¡socórreme!. Jesús da una respuesta similar a la anterior: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos. Son duras palabras las de Jesús: se compara a la mujer cananea con un perro.

 

La mujer podría haberse ido, insultada por ese vocabulario, y podría simplemente haber dejado a Jesús sin decirle nada más después de su rechazo. Pero en lugar de sentirse insultada, sigue con su petición y encuentra un camino para pedir insistentemente de un modo que se corresponda con las duras palabras de Jesús. Y, así, dice: Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.

 

La mujer muestra de este modo una gran humildad; acepta que se le compare con un perro. Pero usa con éxito la comparación para insistir en su súplica: si los perros no tienen derecho a comer el pan de los hijos, no obstante pueden alimentarse de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Es realmente admirable toda la energía que la mujer emplea para salvar a su hija.

 

Jesús le responde entonces: Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas. Jesús admira la fe de esta mujer, admira su súplica insistente. Y, por tanto, acepta traspasar los límites de su misión. Dice a la mujer: Que te suceda como deseas, y desde ese instante quedó curada la hija.

 

Aunque la misión de Jesús ha sido limitada por el Padre, creyó que podía pasarla por alto porque la fe de la mujer estaba seguramente inspirada por el Padre celestial. Por tanto, se sintió impulsado por el Padre a mostrarle piedad. Así pues, esta perícopa del Evangelio nos habla de la apertura universal de Jesús a todas las personas que creen en su poder y en su misión.

 

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Prof. Dr. Christian W. Troll,

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